Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas

Por: Delfina Rossi

El FMI no viene sólo a ajustar el presupuesto: entra sin pedir permiso hasta el comedor de cada casa. Hay una línea invisible que conecta los despachos de Washington con la tarjeta con la que una familia paga la comida de la semana.

El lunes se concretará una visita que difícilmente entendamos como protocolo diplomático, sino más bien como una supervisión de tareas. Así como un terrateniente viaja a ver cómo avanzan las obras en su campo, la llegada de Kristalina Georgieva a la Argentina obliga a la pregunta de fondo: ¿qué significa que la máxima autoridad del Fondo Monetario Internacional pise nuestro suelo, y qué buscan Milei y Caputo con esta visita?

Para entender la foto hay que mirar la película completa. Después de que los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner cancelaran la totalidad de la deuda con el FMI, Mauricio Macri lo trajo de vuelta en 2018, pidiendo que «todo el país se enamore de Christine Lagarde». La relación tóxica la propuso el propio Fondo: con un Trump obsesionado con el experimento neoliberal argentino, otorgó el préstamo más grande de su historia —U$S 57.000 millones acordados, más de trece veces la cuota del país—, de los que se desembolsaron unos U$S 44.500 millones. Alrededor de U$S 24.000 millones se fueron por la canaleta de la fuga de capitales.

Esa herida no dejó de sangrar. Alberto Fernández consiguió una tibia refinanciación, pero al costo de legalizar un préstamo que había sido otorgado de forma irregular y sin pasar por el Congreso. Esa regularización le abrió la puerta a Javier Milei, que en abril de 2025 firmó un nuevo acuerdo por U$S 20.000 millones y consolidó a la Argentina como el mayor deudor del organismo, mientras profundiza un modelo de saqueo y ajuste como no se vio en más de 40 años de democracia.

La excusa es siempre el «equilibrio fiscal». Pero los verdaderos problemas del subdesarrollo argentino no pasan por ahí, sino a casi tres años del gobierno de Milei, no estaríamos viviendo la crisis de ingresos, empleo y endeudamiento familiar en la que estamos sumergidos. El FMI no viene sólo a ajustar el presupuesto: entra sin pedir permiso hasta el comedor de cada casa. Hay una línea invisible que conecta los despachos de Washington con la tarjeta con la que una familia paga la comida de la semana. Hoy siete de cada diez hogares están endeudados, y la mayoría usa la tarjeta o el fiado para cubrir gastos básicos: comer, remedios, servicios. La morosidad de las familias trepó al 10,6%, su nivel más alto en dos décadas, casi cuadruplicándose en un año. Uno de cada tres pesos que entran a un hogar se va en pagar deudas.

El mecanismo es perfecto: mientras el Estado se desangra pagando intereses a costa de la salud, la educación y la infraestructura, las familias se endeudan para sobrevivir. La deuda externa se tradujo en deuda doméstica; la pérdida de soberanía del país es la pérdida de libertad de cada trabajador que arranca el mes debiendo su propio sueldo.

Acá, nuevamente, en nuestra historia, hay dos modelos. Uno que tiene al FMI como socio garante y otro que defiende la autonomía. El modelo actual de Caputo y Milei necesita que la señora Georgieva se muestre en nuestro país para atraer inversiones que no llegan y continuar intentando bajar el riesgo país para seguir emitiendo deuda. Pero el modelo alternativo es el del desendeudamiento para recuperar grados de libertad de un Estado nacional que planifique y haga realidad una prosperidad compartida. Hoy las penas son argentinas y las vaquitas son ajenas, garantizadas por el FMI, pero ese futuro no está escrito en piedra.

A su vez, la gira que lleva a Georgieva a Neuquén trae un mensaje claro: la deuda ya no se paga solo con esfuerzo fiscal o con privatizaciones, se paga con territorio. No es casualidad que la visita ocurra a días de la avanzada parlamentaria para voltear la Ley de Tierras el 6 de agosto. Mientras muestran Vaca Muerta como enclave extractivo para llevarse el gas y el petróleo sin valor agregado, en el Congreso quieren abrir la extranjerización de nuestro suelo, nuestra agua y nuestros minerales estratégicos. Hoy hay 13 millones de hectáreas en manos extranjeras; buscan que no haya ningún límite. La idea es devolvernos al lugar del que —según ellos— nunca debimos salir: colonia exportadora de materia prima, con un pueblo empobrecido y sin control sobre su tierra.

Tarde o temprano la realidad se impone sobre el dogma: los próximos gobiernos peronistas tendrán que renegociar esta deuda implacable. Pero esa discusión debe partir de una premisa irrenunciable, como nos enseñó Néstor Kirchner cuando liquidó la tutela del organismo: los muertos no pagan. No hay pago posible sobre la tumba de la industria nacional ni sobre la miseria de nuestro pueblo. Primero hay que crecer, encender las fábricas, garantizar el pan y la dignidad de las familias. Sólo desde el desarrollo se discute de pie.

Así como gracias a la Selección logramos instalar en el mundo que las Malvinas son argentinas, con esa misma firmeza tenemos que rechazar la presencia del FMI. No hay término medio: la tutela económica es otra forma de ocupación sobre nuestro territorio. La soberanía no se negocia, se defiende.

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