El rotundo fracaso reciente de Gran Bretaña es el Brexit. Más allá de si madura el regreso al seno europeo, el flamante primer ministro arribó al 10 de Downing Street con un abultado paquete de medidas sociales.

A juzgar por su primera medida –algo non sancto en la vieja Europa, en Estados Unidos, las bolsas y la periferia occidental y cristiana– y por lo que propuso cuando habló ante los 379 diputados que lo pusieron en el 10 de Downing Street, el mundo pasa a tener un gobernante dispuesto a hacer justicia. Es defensor de una fiscalidad más progresiva y del fortalecimiento del Estado de bienestar que en algún tiempo fue el sello distintivo de su Partido Laborista. Aboga, aunque sabe que las arcas públicas no dan para mucho, por la renacionalización de los servicios, una política militar no intervencionista, la reversión de los recortes en el área de bienestar y la descentralización, que no es un simple slogan. Ya la hizo en Manchester, donde recuperó el control del transporte de pasajeros.
Al anunciar la reducción de la carga impositiva que castiga a la electricidad, Burnham dijo que la quita del IVA (20%) “es una medida que pone más dinero en el bolsillo de la gente y restaura la esperanza”. En los últimos años, la década de ruptura con la UE, el llamado “Brexit”, las facturas energéticas han sido un factor inflacionario clave. El precio de la electricidad se disparó, además, tras el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania (febrero de 2022). El entonces gobierno del Partido Conservador gastó miles de millones de libras para proteger a los usuarios mediante una garantía sobre los precios en origen de la energía. La quita del IVA permitirá a los hogares ahorrar unos 61 dólares /año que el gobierno financiará con los recursos obtenidos con la cancelación de un programa de identificación digital valorado en 2400 millones de dólares.
Burnham no sólo mencionó una medida. Presentó un plan de diez puntos destinados a enderezar el rumbo de Gran Bretaña. Entre ellos, una reforma del sistema educativo, la reindustrialización, la construcción de viviendas sociales y el compromiso de acabar con el drama de los sin techo, no ocultándolos sino reinsertándolos en el mercado laboral y la vida comunitaria. Entre los 24 diputados que no lo votaron o se abstuvieron imperó el silencio. Sólo lo criticaron Nigel Farage, el fascista que lidera el partido de ultraderecha Reform UK, y Donald Trump. El presidente norteamericano admitió que “no sé nada sobre esa persona, creo que era el alcalde de una ciudad, oí que es extremadamente liberal, extremadamente, lo que significa que no retomará la explotación petrolera en el Mar del Norte”, la obsesión de Trump, aún después de usurpar el petróleo de Venezuela y codiciar el de Irán.
Burnham llega al gobierno después de una década nefasta, la del Brexit, que significó el aislamiento de Gran Bretaña, pero justo cuando a raíz del fracaso de la experiencia solitaria reaparece un fuerte sentimiento integracionista. Él mismo, de ser moderadamente afín al Brexit en la campaña del referéndum de 2016, pasó a ser ahora moderadamente afín al regreso a la estructura de la UE. Pero eso sí, sin incluirlo en su discurso. El Brexit no significó ningún beneficio y aquello de “recuperar el control” con el que sus impulsores hacían campaña para referirse a recuperar la soberanía (deshacerse de la obligación de respetar y someterse a las decisiones comunitarias) se ve ahora en los números de las encuestas. Hoy, el 63% de los británicos votaría por el regreso a la UE.
Desde ahora, Burnham deberá dar la pelea en dos frentes. Por un lado contra el fascismo de Farage. Por otro contra la realidad. Con acciones como la reducción de las tarifas eléctricas se hace de necesarios aliados. Falta ahora que pueda revertir los daños y prepararse para un eventual retorno a la UE. La vida fuera de la comunidad supuso más burocracia, menos mano de obra originaria del espacio europeo (una forma delicada de referirse a los migrantes), alimentos más caros. Durante la década la economía perdió entre el 6% y el 8% de su PBI, el empleo cayó tres puntos, al igual que la productividad. La inversión está entre un 12% y un 18% por debajo de lo esperado, la inflación se disparó y los nuevos acuerdos con países extra UE no compensaron la pérdida de negocios con sus antiguos pares.
Más allá de si madura o no la idea de volver al seno europeo, tras diez años de soledad queda claro que el país está ante un gran fracaso –el Brexit aumentó las desigualdades– que, sea como sea, debe revertir para mantener algo de su histórico poder. Además de todos los indicadores críticos, Gran Bretaña enfrenta el fin del mito electoral de “recuperar la soberanía y cerrar las fronteras”. Los jóvenes europeos se dicen “desilusionados” y ya no sueñan con las selectas universidades británicas: en los diez años de Brexit se redujeron en casi el 100 por ciento. Y, oh ironía, el fin de la libre circulación de personas no clausuró las puertas del Reino, apenas cambió el origen de los flujos. La caída de ciudadanos comunitarios fue reemplazada por la llegada récord de trabajadores de India, Nigeria, Pakistán y otros países mayoritariamente musulmanes.
Parecería que Andy Burnham hablara con dos voces. El lunes hizo los más promisorios anuncios, mieles para los oídos del pueblo económicamente ahogado. El viernes, volvió a meter a Gran Bretaña en el brete de una guerra, aliándose efectivamente a EE UU y a Trump, su detractor. Y los iraníes, que hasta ahora mostraron que tienen con qué respaldar sus bravuconadas, respondieron con todo por haber entregado las bases británicas del océano Índico para que el Pentágono bombardee sus ciudades y provincias de todos los confines. Así, la misma familia real pasó a ser objetivo de guerra. Y advirtió que podría atacar una base militar en suelo británico.
Los Guardianes de la Revolución responsabilizaron a la monarquía y la culparon de todos los males por su “oscuro historial” que incluye la división de países islámicos, masacres, ocupación de Palestina y destrucción y matanza de poblaciones en lo que se conoce como la Nakba, además de su participación en agresiones de EE UU e Israel contra Teherán. El mensaje de los Guardianes señala a la Corona como “principal causante de las desgracias de los pueblos de nuestra región” y la insta a no agravar su situación, al tiempo que declara como objetivo legítimo la base de Fairford, una instalación nominalmente británica pero operada por el Pentágono.
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