Una vez más el escritor cubano estuvo en Buenos Aires. Participó de la Feria del Libro, donde presentó Morir en la arena, una novela que habla de la situación actual de su país, marcada por la decepción por la caída de los ideales revolucionarios.

La novela mezcla lo personal y lo histórico y está basada en un hecho real, un parricidio que se produjo en una familia conocida por el autor que él modificó desde la ficción. Una marca distintiva es, sin duda, la intensidad que irrumpe desde el principio cuando su ex mujer, Nora, y el hermano del parricida, Rodolfo, reciben la noticia de que Geni saldrá anticipadamente de la cárcel a la que lo llevó su crimen porque padece una grave enfermedad.
Padura, autor de diversas novelas policiales protagonizadas por el famoso Mario Conde, demuestra una vez más que es capaz de mantener la tensión narrativa y consecuente, la atención del lector, aunque no haya que descubrir al autor de un crimen.
–Morir en la arena, creo que una de sus novelas más logradas, por momentos es controversial, desafiante. ¿Cómo la siente usted?
-Como una novela triste, dramática, dolorosa porque se refiere a una realidad triste, dramática y dolorosa. Al escribirla mi pretensión era hablar del fin de una generación cubana, mi generación, que llega a los 70 años y encuentra que es más pobre y vulnerable que nunca, que recibe una jubilación con la que no puede vivir, que depende de la ayuda de los que están fuera, de estrategias de supervivencia muy disímiles o de otros trabajos. No le alcanza el dinero, le faltan recursos materiales de todo tipo para poder organizar su vida y no tiene esperanza. Eso hace que la novela tenga ese tono triste y desesperado.
–La novela apunta tanto a las instituciones, al gobierno, como al propio cubano. ¿Cuál es la responsabilidad de cada uno, si es que puede diferenciarse?
-Creo que hay una responsabilidad institucional muy grande en un país con una estructura completamente vertical en la que todas las decisiones se toman arriba y los espacios de decisión de los individuos son elementales, como si pueden casarse o no, si tienen dinero o no tienen dinero, si tienen casa o no tienen casa, lo que depende de muchas cosas que tienen que ver con esa verticalidad. Es una estructura social en la que el espacio de decisión ciudadana es mínimo. Se habla de un poder popular en el que se toman las decisiones y se eligen los dirigentes, pero eso es una pura formalidad y todo el mundo lo sabe. Por ejemplo, es muy raro y si es que ha ocurrido, yo no lo recuerdo, que se haya planteado alguna vez una ley, una disposición, una medida en la Asamblea Nacional y haya habido votaciones en contra. La unanimidad es un órgano como la Asamblea, que es el Congreso de la Nación, lo que demuestra que todas las decisiones que se toman ya estaban tomadas. ¿Qué puede hacer el ciudadano ante esa realidad?
–Morir en la arena plantea el fracaso de los ideales revolucionarios. Pero en muchos países en que no hemos tenido una revolución como la cubana, existen los mismos problemas, y la Argentina es un ejemplo. Lo que cuenta de los jubilados en Cuba es lo mismo que pasa aquí. Quizá la desilusión ante el fracaso de los ideales revolucionarios sea acorde con la ilusión que alguna vez generó Cuba.
-En Argentina, en México, en Brasil, en Chile hay grandes dificultades económicas. Existen enormes sectores empobrecidos sin posibilidad de alcanzar una vida plena. Pero en Cuba se hizo una revolución para que eso no pasara. Y al cabo de casi 70 años, se está llenando de bolsones de pobreza, de desigualdad, de falta de perspectiva y una de las respuestas a esa situación ha sido, por ejemplo, el éxodo masivo que se ha producido en los últimos años que ha sido de 1.500.000 y 2.000.000 de personas. Estamos hablando de entre el 12 y el 20 por ciento de la población del país e incluso más, porque hay muchos cubanos que no aparecen como exiliados, pero que ya viven fuera de Cuba, estudiantes que van con becas y no regresan y muchas otras alternativas. Todo ese futuro que se nos prometió no llegó. Se perdió por el camino por muchas razones como la desaparición de la Unión Soviética, el bloqueo norteamericano, pero también la ineficiencia del sistema productivo cubano, la verticalidad de la sociedad en la que los ciudadanos no han tenido la posibilidad de participar y decidir y los espacios de libertad son limitados. En Cuba todo el mundo tiene libertad de pensamiento, pero libertad de expresión, realmente, no hay. Eso ha hecho que todo aquel proyecto haya derivado en estas condiciones que se parecen mucho a las del resto de América Latina, pero hoy en Cuba se está viviendo una situación límite. El ciudadano es una pieza del sistema vertical. Hace poco estuve en un pequeño pueblo de España, pedí algo de comer y lo que trajeron tenía mariscos, yo no puedo comer mariscos y pedí que lo cambiaran y a los cinco minutos lo estaban cambiando. Le dije al alcalde del pueblo que estaba con nosotros, «mira, esto funciona así porque el señor que cambia el plato es el dueño del restaurante .¿Tú te imaginas qué pasaría si en este pueblo, en Sevilla o en toda España todos los restaurantes fueran del Estado?». Me contestó que eso sería una locura, un disparate. Pues eso es lo que pasa en Cuba. ¿Qué hace el ciudadano ante esta situación? Intenta sobrevivir en el espacio que le deja el Estado, robándose lo que se puede robar, si la preparación de un café debe llevar estos tres gramos, le pone dos para llevarse uno. Hoy hay comercios privados, hay pequeñas y medianas empresas privadas que son las que están garantizando por ejemplo, la alimentación en Cuba. Son las que importan pollo, huevo y otros productos que el Estado no puede comprar. Aquella igualdad de una alimentación básica que garantizaba la libreta de abastecimiento desapareció.
–Volvamos a la novela. En Morir en la arena se aclaraque está basada en un hecho real. Ese hecho es un parricidio. ¿Cómo se le ocurrió mezclar un tópico literario tan antiguo con la realidad de Cuba? La relación entre lo íntimo y lo histórico la explicita uno de los personajes, Rodolfo, que dice que se ha pasado la vida entre la “mierda existencial” y la “mierda histórica”.
-Como dije, quería contar la historia de una generación que al llegar a una determinada edad se encuentra muy desprotegida, muy empobrecida. Pero me faltaba un motor dramático para mover aquello e incorporé ese hecho real que es un parricidio que ocurrió en una familia cercana a la mía. Insistí mucho con mis editores que no dijeran que la novela estaba basada en hechos reales, sino que estaba inspirada en hechos reales, que es distinto porque el parricidio de la novela está muy transformado respecto del real, hay grandes transformaciones como la época y la forma en que se produjo. La parte más novelesca es la historia real, la vida de Nora, de Rodolfo, de Raimundo Fumero… Y el parricidio es un elemento dramático que tiene muchas lecturas, que tiene además una vieja prosapia literaria: Edipo, Abraham e Isaac, Caín y Abel, esas historias terribles que vienen de la literatura antigua y clásica me han sugerido muchas posibles conexiones para contar esa historia real que es el destino de mi generación.
-Además, hay ciertos detalles, precisiones que contribuyen a darle verosimilitud a ese parricidio como, por ejemplo, que Geni mató a su padre de ocho martillazos.
-Esos son recursos literarios, formas de comprometer al lector con la historia que narra el autor. A veces esa información es útil, a veces queda como una interrogación: ¿Por qué ocho martillazos? Eso nunca se sabe. ¿Qué pasó con ese martillo? Nunca se sabe. Porque creo que la ambigüedad también es un recurso literario.
-En otras novelas suyas también está presente esa ambigüedad.
-Sí, en Como polvo en el viento hay un personaje que cae y nunca se sabe bien qué fue lo que pasó. En Adiós, Hemingway aparece un cadáver y nunca se sabe quién fue el que disparó porque ya esa verdad se ha perdido. Esto ocurre mucho en la realidad. No todo lo que conocemos y vivimos lo podemos explicar.
-Anoté tres palabras de la novela que creo que apuntan a tres hechos centrales: muro, miedo y mierda.
-La mierda tiene que ver con el contexto y con la subjetividad de los personajes. El contexto está lleno de mierda y los personajes viven una vida de mierda. El miedo es una sensación que persigue prácticamente a todos estos personajes, excepto a Geni, el parricida. El miedo no tiene que ver sólo con las características psicológicas de los personajes sino también con la sociedad y los miedos que la sociedad provoca. El miedo que sufre Rodolfo lo lleva a ir a la Guerra de Angola. Él es un cobarde que va a la guerra por miedo. El muro se relaciona con esa división que existe entre las personas, entre las familias, entre las sociedades, entre los sistemas y todos estos son elementos que pueden tener varias lecturas. Y esto es muy importante porque a la literatura en la que todo queda claro, definido, preciso, le falta la participación del lector que complete esa historia. Y hay otros dos elementos muy importantes con los que juego, que son la redención y la posibilidad del perdón, el perdón del que perdona y el perdón del perdonado. Son elementos de carácter simbólico y polisémico que complejizan la anécdota de la novela.
-¿Es muy exigente con su escritura?
– Sí, escribo, reescribo, reviso, vuelvo a revisar, le doy a leer los originales en distintas versiones a algunas personas en cuyo juicio confío mucho. La primera de ellas es mi mujer. Quiero que me revelen mis debilidades. Cada 10 o 12 días siento que lo que estoy escribiendo es una porquería. Creo que hay que mantener activo lo que Hemingway llamó el detector de mierda.
-¿Está escribiendo en este momento?
-Sí estoy muy en el principio de una novela en la que recupero a mi personaje de Mario Conde en un presente más cercano y que aún puede tomar muchos caminos. Es la historia de la búsqueda de una persona. En Cuba no hay desaparecidos, no hemos tenido esa experiencia tan terrible que hubo en Argentina. El que no aparece en Cuba es porque no quiere aparecer. No digo más porque todavía le falta mucho. Tiene que ver eso con el exilio y con otras cosas pero aún no lo lo sé bien.
¿Sigue doliendo el final de la de la escritura, la entrega de un libro a una editorial?
-Es un momento complicado porque sientes que te liberas de algo, pero también que sales de un mundo en el que has vivido durante mucho tiempo. Esa situación muy contradictoria a mí me afecta bastante. Por eso, cuando termino una novela intento hacer otro trabajo durante un tiempo. Terminé Morir en la arena y he estado trabajando durante seis o siete meses en una serie de conferencias sobre cómo se escribe una novela para un libro de ensayo.
-¿Por qué sintió la necesidad de poner en Morir en la arena un escritor, Fumero, que ya aclaró en diversas entrevistas que no es su alter ego?
-No, no es mi alter ego. Fumero es un escritor de una generación anterior a la mía y sus condiciones fueron también diferentes de la mía. Pero necesitaba que hubiera alguien capaz de escribir una historia de la que no le revelamos nada más al lector hasta el final. Trato de no utilizar personajes de escritores porque a veces me parece que es un recurso demasiado utilizado y que puede ser fácil, pero aquí era indispensable En la novela Como polvo en el viento, por ejemplo, hay como diez personajes y ninguno es escritor. Hay un médico, un ingeniero, un físico, un diseñador, un cibernético pero ningún escritor. De esta manera quise evitar la tentación de convertir al escritor en personaje.
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