Lucas Santa Ana abrió el FIDIG con «#300 cartas», una historia de amor, intensidad y traiciones

Por: Adrián Melo

Jero y Tom parecían la pareja perfecta, hasta que se revelan secretos explosivos. Pasión, celos y deseo se cruzan con redes y desencantos.

“#300 cartas”, el sexto largometraje del director Lucas Santa Ana, fue el elegido de este año para abrir la nueva y segunda edición del FIDIG (Festival Internacional sobre Diversidades y Género de Buenos Aires). En esta producción, las cámaras de Santa Ana se centran en Jero (Cristian Mariani) y Tom (Gastón Frías), dos jóvenes bellos de veinticinco años que parecen ser la pareja feliz que muchas personas sueñan como ideal de vida. O, al menos, es lo que los muchachos suelen mostrar en las redes sociales, principalmente en el Instagram que tienen en común y que lleva sus nombres.

Pero, como suele ocurrir en las existencias humanas, frecuentemente los sueños y las cosas bellas —ahora se podrían agregar las ilusiones y alucinaciones que vende la virtualidad— se desvanecen al primer contacto con la realidad. Eso ocurre más pronto que tarde y, en este caso, en el primer aniversario de la pareja —que, por añadidura, es el Día de San Valentín—, cuando, imprevistamente, Tom abandona a Jero, dejándole una caja a modo de performance que contiene las misteriosas trescientas cartas que dan título a la película. Según Tom le revela en la primera, en las 299 restantes se descifra el secreto del estrepitoso fracaso de la relación amorosa —en sus palabras, la crónica de una muerte anunciada desde el principio— que desmorona la vida de Jero.

A partir de entonces, la tensión de la película —no exenta de una gran dosis de comedia— se centra en la lectura compulsiva de las epístolas por parte de Jero. Epístolas que, llevadas al lenguaje cinematográfico, se resuelven en recuerdos audiovisuales desde que los muchachos se conocen a través de Grindr, pasando por audaces y ardientes encuentros concupiscentes entre las sábanas, la convivencia, las diferencias, los besos y las ausencias, y la naturaleza de aquello que aparentemente destruyó —¿de manera definitiva?— el vínculo entre los dos hasta la separación.

Que Jero sea una especie de estereotipo de belleza hegemónica —músculos, pecho velludo, poca cultura, bastante dinero ganado a base de criptomonedas y mucha masculinidad—, ideal que puebla la fantasía de ciertos universos de la comunidad gay, y que, por el contrario, Tom sea una loca afeminada, flaca, lampiña, poeta e intelectualoide, no va en desmedro de la construcción de personajes que no resultan para nada estereotípicos, sino que, por el contrario, son complejos y para nada maniqueos. Es decir, como en las redes sociales, en la película no todo es lo que parece y tampoco, como es clásico en las narraciones de ficciones gays, la loca siempre es la buena y el machito es el malo. En este sentido, Santa Ana juega inteligentemente con los prejuicios y las ideas preconcebidas de las y los espectadores.

#300 cartas es una historia de amor frustrada y, por lo tanto, tiene un sabor triste. Una historia de desencuentro entre dos seres que no supieron verse y que, por ello, dan cuenta de los tiempos que corren; es decir, los de la virtualidad, los de la imagen, que generalmente implica la cosificación del otro, los de las fantasías que generan las pantallas del celular. Y también de los prejuicios que pueden existir entre dos mundos aparentemente inconciliables: los de la loca y el gay masculino, los de la intelectualidad y de la cultura del gimnasio, entre tantos otros. La escritura de Santa Ana y Gustavo Cabañas es jugada porque critica un mundo que no suele ser puesto en tela de juicio: el de las locas afeminadas y el de la intelectualidad. A su vez, #300 cartas es un documento realista de la época actual porque revela las dificultades para el establecimiento de vínculos más o menos estables o perdurables, que son también los tiempos psicopáticos de Milei.

De paso, la película da cuenta también del valor de la amistad (la amistad como forma de vida, diría Foucault, o como bien describiera Didier Eribon en “Reflexiones sobre la cuestión gay”) en las vidas de las diversidades sexuales. Con pocos trazos, resultan entrañables los personajes secundarios de amigos de cada uno de los miembros de la pareja, interpretados y construidos por Jorge Tefs (una identidad no binaria llamada Q) y Bruno Giganti (Esteban).

Como suele suceder en la filmografía de Lucas Santa Ana, siempre hay una cierta reconstrucción de la historia de la comunidad LGTBIQ+, de sus luchas y de sus resistencias, y por eso cobra particular protagonismo un ámbito que ya es un clásico para las diversidades sexuales: Casa Brandon. Finalmente, #300 cartas supone un viaje al pasado de Jero, un mirarse en el espejo de lo que fue para luego poder pensar nuevos proyectos y nuevas formas de amar, pensar y sentir. Es de destacar que la película llega a las salas locales después de un amplio recorrido por diversos festivales: Rozefilmdagen (Ámsterdam), Lovers LGBT Film Festival (Turín), Frameline (San Francisco), FIRE!! (Barcelona), Mix México —donde obtuvo el Audience Award—, FilmOut San Diego y DIGO LGBT Film Festival (Brasil).






#300 cartas

De Lucas Santa Ana. Guion: Lucas Santa Ana y Gustavo Cabañas. Con Cristian Mariani, Gastón Frías, Jorge Tefs, Bruno Giganti y Franco Mosqueiras fue la película de apertura del FIDIG. Estreno Miércoles 25 de febrero a las 20: 30 hs en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini. Sala Raúl González Tuñón. Corrientes 1543 (CABA). Vuelve a la misma sala y a otros cines del país a partir del 12 de marzo.

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