Dejó huella en cine, teatro y televisión con interpretaciones memorables, al tiempo que construyó un recorrido público atravesado por giros ideológicos, militancia, enfrentamientos y polémicas.

Pero también una figura política pública que, en las últimas décadas, parecía haberse alejado de las convicciones que lo asociaban a la redención de los sectores populares en su juventud a apoyar de manera manifiesta y rabiosa al neoliberalismo y que, en su virulento antiperonismo, confundió a la dictadura -a la que supo enfrentarse de manera valiente en los años más oscuros de la historia argentina- con el kirchnerismo en su madurez y senectud.
El actor nacido en Dock Sud a principios de la década del cuarenta y que tempranamente descubrió su vocación artística descolló a lo largo de su existencia en los ámbitos del cine, el teatro y la televisión. Debutó profesionalmente en la comedia musical Novio en el Teatro Coliseo en 1962 y la muerte lo encontró aún en las tablas de su ámbito artístico preferido con la obra ¿Quién es quién? junto a “Solita” Silveyra en el Liceo.
En el interregno, que fue el tiempo de una vida, se destacó en más de sesenta títulos, entre los que cabe nombrar La pucha, Stéfano, La Fiaca (genial obra sobre la alienación marxista en el trabajo), Chúmbale, Segundo tiempo, Made in Lanús, Arturo Illia y la exitosísima Parque Lezama, dirigida por Juan José Campanella.
Cabe señalar que, así como 1977 encontró a Brandoni interpretando El pan de la locura, obra clásica de Carlos Gorostiza que en ese contexto se volvió un icono de resistencia contra el autoritarismo militar, en 1981 lo halló en el mismo sentido como impulsor de Teatro Abierto y actuando en Gris de ausencia, de Roberto Cossa.
En el cine, su primer gran acierto artístico fue Paño verde e inolvidable su interpretación en La Patagonia Rebelde (Olivera, 1974) como el líder obrero anarquista Antonio Soto, aquel gallego que encabezó las huelgas de trabajadores rurales durante los años veinte en los episodios que terminaron en el ominoso fusilamiento de obreros que empaña la presidencia de Hipólito Yrigoyen. Todo un manifiesto ideológico. El mismo año actuó en La tregua (Renán, 1974) y en pleno gobierno militar estrenó la extraordinaria y sensible Juan que reía (Galettini, 1976).
Más allá de decenas de títulos, su momento de mayor gloria cinematográfica fue también el de su cúspide política como funcionario ad honorem en cultura del gobierno de Raúl Alfonsín. En efecto, en los esperanzadores años ochenta, actúo en papeles de películas paradigmáticas de la transición democrática: el médico idealista que salva la vida de un joven paciente desahuciado en Darse cuenta (Doria, 1984), el cínico político corrupto de Esperando la carroza (Doria, 1985) que inmortaliza la frase “tres empanadas”, el exiliado melancólico que vuelve al país tras el terrorismo de Estado en Made in Argentina (Jusid, 1987).
A su vez, ya en los noventa, de la mano también de Doria interpretó al padre furioso de una joven Andrea del Boca embarazada en esa otra radiografía de la sociedad argentina -a veces soslayada y olvidada- que es la brillante Cien veces no debo (Doria, 1990). En los últimos años, concretó el sueño de llevar a la pantalla grande, la olvidable Parque Lezama donde deviene un comunista versero, sanatero y mentiroso. Todo un manifiesto político.
También son destacables sus incursiones televisivas, siendo las que más hicieron época: Buscavidas (1984-1986), La bonita página (1989), las que le permitieron desplegar sus dotes de histriónico comediante como el sufrido personaje a costas de las barrabasadas de Ricardo Darín en Mi cuñado (1993-1996). También se destacó como mafioso en Un gallo para Esculapio (2017). Hasta que llegó su canto de cisne en el streaming con Nada (2023), con Robert De Niro.
Más allá de que su trayectoria artística en sí misma particularmente política, Brandoni desarrolló tempranamente una comprometida militancia que se tradujo en su desempeño como secretario general de la Asociación Argentina de Actores, cargo que ocupó entre 1974 y 1983. Desde ese puesto coqueteó con el peronismo y se atribuye que participó del grupo de artistas que se reunió con Perón y le pidió expresamente al General que expropiara los medios para luchar contra la explotación clasista. Ese acontecimiento, sumado a su manifiesto alineamiento ideológico le valieron en 1974 ser amenazado de muerte por la Triple A y conminado a exiliarse del país.
Quizás también este hecho explique su radical antiperonismo posterior. A su vez, sus desafíos a la dictadura militar tuvieron como consecuencia ser secuestrado y torturado en julio de 1976 -junto a su entonces compañera de vida Martha Bianchi- en el Centro clandestino de detención Automotores Orletti por orden de Aníbal Gordon y Raúl Guglielminetti. Tras ser liberado, se exilió poco tiempo y regresó al país desde donde siguió resistiendo valerosamente contra la dictadura.
A fines de los noventa, fue elegido diputado y luego fue varias veces fallido candidato político por la UCR (incluso a vicegobernador de la provincia de Buenos Aires junto a Ricardo Alfonsín al que más tarde despreció), Siempre se definió como militante radical y en ese sentido, siguió el camino político de la propia UCR que va de adalid de defensa de los valores democráticos a apoyar gobiernos neoliberales y la candidatura de la serial ajustadora y golpeadora de obreros y jubilados llamada Patricia Bulrich.
Así como se manifestó en oposición al neoliberalismo de Menem, apoyó explícitamente el de Macri y ligeramente la motosierra de Milei. Desde comienzos del siglo XXI, Brandoni desplegó su ferviente oposición al kirchnerismo en penosas performances donde daba rienda suelta a su furia en programas autodenominados políticos de baja estofa estilo Intratables y llevó a la cúspide su antiperonismo cuando encabezó manifestaciones contra las políticas sanitarias de Alberto Fernández.
Se puede decir, que, en política, como en la vida, nadie tiene la verdad absoluta. Lo reprochable en Brandoni es quizás, las maneras en las cuales no dudó en descalificar al opositor político y transformarlo en enemigo y desde diversos espacios alimentar la mentada grieta social y política argentina.
Hay tantos y variados Brandoni en la vida pública política como en los centenares de inolvidables personajes que encarnó. Cada uno elegirá al suyo. La imagen del épico líder anarquista Antonio Soto que se enfrenta al ejército fusilador de obreros en La Patagonia rebelde o el charlatán comunista de feria de Parque Lezama. El Brandoni munido de los “flota flota” de 2020 o el que en las calles y en los escenarios luchó contra la dictadura poniendo en riesgo su cuerpo. En todo caso, tanto en la vida como en el arte, en la interpretación artística como política, siempre fue un apasionado y quizás en esa cualidad radique su vigencia y su valor.
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