Esta Selección que ganó todo lo que jugó no tenía, sin embargo, una historia de épica. No había tenido una hazaña así: verse abajo, derrotada, volver de una eliminación. La Selección vio la luz de la salida en Atlanta, llegó a entrar en ese túnel y volvió.

Las pantallas muestran a un hombre llorando. Es Lionel Messi, que camina por la cancha abrazándose a sus compañeros. La música tapa el griterío, un desborde de otras lágrimas. “Borracho, yo voy cantando -se escucha- con mis amigos voy festejando un triunfo más”. El ritmo no parece acompañar a la imagen, pero está bien porque el de Messi y el de todos es un llanto festivo. También un llanto de liberación. Messi está soltando la tensión acumulada, los dolores, el estrés de un partido que endureció los músculos de un país.
Hasta hacía un rato, tal vez unos veinte minutos atrás, no se sabía si Messi quizá estaba jugando su último partido en un Mundial, acaso el último partido oficial con la Argentina, nadie lo sabía. Con Egipto, en todo caso, se terminaba algo que iba más allá de esta estadía. Era el final de un tiempo, una época, eso que miraremos hacia atrás con nostalgia. Algo nuestro, algo de lo que nos fuimos llenando en cada función de Messi, se apagaba mientras Egipto ganaba 2-0.
Pero Messi está dispuesto a luchar contra el paso del tiempo. A los 78 minutos, poco más de media hora del segundo tiempo, sacó un centro a la cabeza de Cuti Romero, que se había ido a jugar al área contraria y definió como un centrodelantero. Fue un grito de gol apurado, un agite para volver a jugar rápido, para darle forma a la esperanza.
Esa zona del partido fue la del sufrimiento propio en Qatar, los golpes en contra. A los 77 minutos, en octavos de final, Australia achicó la diferencia y llenó de angustia a la Argentina. Si no empató fue por Dibu Martínez. En cuartos de final, a los 83 minutos, Países Bajos inició el camino hacia la igualdad y llevó el cruce al tiempo extra, lo que luego se definiría en los penales. Y a los 80 minutos de la final, Kilyan Mbappé salió al rescate de su equipo.
Ahora fue Messi el que salió al rescate del suyo. Incluso a su propio rescate. Le habían atajado un penal en el primer tiempo -y ya eran dos en este Mundial-, le costaba sacarse rivales de encima, perdía pelotas, estaba impreciso, en una especie de trance. No podía y no podía. Hasta que pudo.
El tema con Messi es que ante la frustración, insiste. La frustración no lo domina, no lo detiene. Cualquier otro jugador apretaría el botón para que el partido se terminara rápido. Messi vuelve a recorrer el mismo camino para corregir lo que antes hizo mal. Es un obcecado. Por eso también ahora revirtió la zona del padecimiento. Argentina activó ese momento. A los 83 minutos, decidió que la historia no iba a terminar así, que no se iba a ir a la casa, y fue a buscar lo suyo.
¿Qué era hasta ahí? ¿Un monstruo dormido? ¿Un depredador al acecho? ¿Una fuerza de la naturaleza contenida? Había recibido los golpes. Él, el equipo, los hinchas. El cabezazo de Yasser Ibrahim primero y después el gol de Mostafá Zico que pareció letal. Porque Zico había marcado antes después de una jugada messianica de Haissem Hassan, pero el VAR anuló el tanto por una falta a Lisandro Martínez en el inicio de la jugada. Al rato vino el otro y ya parecía demasiado.
Además porque la Argentina no había jugado mal. El ingreso de Leandro Paredes mejoró al equipo, le dio circulación de pelota, buena salida. Lo soltó a Alexis Mac Allister, más cómodo moviéndose en la zona de gestación. El equipo generó situaciones, pudo convertir, tuvo el control del partido. Pero le hicieron un gol por arriba y otro en un contragolpe. Fue un sufrimiento, pero fue distinto a lo que había ocurrido con Cabo Verde, un partido que había marcado una clasificación pero había dejado algo de preocupación. Este martes, en Atlanta, el equipo estaba, el juego estaba, y en un momento apareció Messi.
Esta selección que ganó todo lo que jugó no tenía, sin embargo, una historia de épica. No porque fuera sencillo lo que le tocó jugar, pero no había tenido una hazaña, verse abajo, derrotada, volver de una eliminación. La selección vio la luz de la salida en Atlanta, llegó a entrar en ese túnel y volvió. Construir hazañas no es para cualquier equipo. Uno que está acostumbrado a ganar, como lo está este, quizá no pueda vivir en desventaja. Este puede, demostró que lo supera.
Que sea el campeón del mundo complejiza el asunto. Porque muestra que tiene más hambre, que siempre va por más. Esa voracidad la declara su técnico cuando dice que a los futbolistas se les da dos o tres datos y salen a jugar. Lionel Scaloni cree en sus jugadores. No es que sólo arma un equipo junto a su cuerpo técnico. Cree en ellos, en lo que esos jugadores puedan hacer.
Un partido más para Messi decretó dos récords. Se convirtió en el máximo asistidor de la Copa del Mundo. Y también en el futbolista que más penales erró en la competición. No debe ni siquiera pensar en eso mientras llora en Atlanta, mientras se abraza a sus amigos, con La cumbia de los trapos de fondo, mientras ve que su historia se estira, que sigue adelante. Se encargó él mismo de llevarla hasta ahí. De tensar la cuerda. Para Messi siempre hay algo más.
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