Ante Brasil, en el Maracaná, se cortó la racha de 28 años sin títulos. Es la primera vez que el 10 puede levantar una copa con la camiseta de la Selección. Una imagen que se hizo esperar, que le llegó recién a los 34 años, como el gran líder de este equipo.

La Argentina le ganó una final a Brasil, un equipo que con Tite como entrenador no había perdido en su propio país, el mismo equipo que la había eliminado en 2019. El partido fue desde el inicio un músculo tensionado. Un nervio. Se empezó a jugar en ese límite donde todo parece el final. Alguien en algún momento tenía que enfríar la situación. O, lo que parece lo contrario, romper el hielo. Era la gambeta o el pase largo. Fue el pase el largo. Un lanzamiento pornográfico de Rodrigo De Paul. La pelota recorrió el Maracaná como si hubiera estado atada a una telaraña. Que haya caído en Ángel Di María pudo haber sido un error de Renan Lodi, pero cayó a sus pies. Di María definió como si las cosas se manejaran por joystick. Apretó el comando para el pique hacia arriba. Era lo único que necesitaba.Lo que siguió fue ese pacto con el límite, el sufrimiento de un equipo cuando no tiene la pelota. Era lógico, casi esperable para un partido como este. Pero lo que se impuso fue un equipo. De Paul se convirtió en gigantografía, ayudó en la recuperación, se ocupó también de la salida, el pase a Di María. Fue la bandera de una resistencia que sería inevitable.
¿Y quién no quería esto para Messi? Para Messi, que sabemos que es para la Argentina pero que es un poco más. Porque también es la justicia para el que mejor juega este deporte. Hubo grandes sin títulos con sus selecciones, Messi pudo ser uno de ellos. Pero nadie -supongamos que nadie- quería ese desierto para él. Ahora no hace falta acordarse de lo que soportó, pero está ahí, queda todo ahí, en la memoria . Y es evidente que también Messi estaba decidido a terminar con la maldición. Un flashback sobre esta Copa América entrega las imágenes de esa especie de juramento personal -y colectivo- que apareció en los finales de cada partido, donde Messi era Messi, su talento y corazón. Entregado a una misión. Definido por su tobillo con sangre, pero también por su tiro libre de autor, una mixtura del jugador de 34 años, formalmente sin club, un veterano al que seguimos diciéndole nene y que hizo foco en lo que buscaba. Se le escapó ese gol en la final después del pase de De Paul.
Esto es de Messi y también de un equipo. No es que no haya habido equipo en años anteriores, los hubo, llegaron a una final de Mundial, a dos finales de Copa América, y todo eso también lo construyó Messi. Ninguna de esas finales hubieran sido posibles sin él. Pero en el fútbol ese camino se convierte en algo parecido a juntar agua con las manos. Este equipo fue el contexto de Messi. El equipo que apareció en la final. Y el contexto que esta vez permitió llegar allá arriba. Messi ejerció el liderazgo entre futbolistas terrenales que lo acompañaron como debían, que le dieron sustento a la magia, todo lo que entra en el terreno de lo público, lo que vemos en la cancha. Habría que agregarle al balance lo que se vivía en la burbuja, la intimidad del comando central de Ezeiza.
Y si hubo un equipo, lo que hubo es un trabajo de Lionel Scaloni -de sus compañeros Walter Samuel, Roberto Ayala, Pablo Aimar- que no empezó en esta Copa América. Hace dos años, en 2019, también en Brasil, hubo señales de que se cocinaba algo. Fue un tercer puesto, nombres parecidos, una idea que ahora se expandió, y un Messi contestatario. Si no se vio fue porque todavía se discutía si Scaloni debía ser el técnico de la selección, su llegada, el proyyyyecccto. Eso es tarea -y mérito cuando se consigue- del entrenador.
Aparece al final, como inevitable, el espectro de Diego Maradona. Pensar en el fútbol argentino, en la selección argentina, sin pensar en su figura resulta imposible. Pensar en su ausencia resulta imposible. Diego fue el hombre que más deseaba ver a Messi campeón. Ahí está. Ahí levantó la copa. Ahí nos hizo llorar.
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