Milei, un believer del dogma que pisa la Constitución

Por: Nicolás Bevilacqua

El abogado Nicolás Bevilacqua, especialista en IA, explica que "un país que renuncia" a proteger los datos de sus ciudadanos "también renuncia a una parte de su capacidad de desarrollo futuro".

En su reciente columna publicada en Financial Times, Javier Milei defendió la idea de que la inteligencia artificial debe desarrollarse con la menor intervención estatal posible. Fiel a su credo libertario, presentó a la regulación como una amenaza para la innovación. El planteo resulta atractivo por su simplicidad. También es profundamente equivocado.

La inteligencia artificial no es una aplicación más ni una innovación comparable a cualquier avance tecnológico del pasado. Es una herramienta con -cada vez más- capacidad para intervenir en decisiones que afectan el empleo, el crédito, la salud, la educación, la seguridad y el acceso a derechos fundamentales. Por eso, la pregunta central ya no es cuánto Estado debe retirarse, sino cuánto Estado necesita una democracia para evitar que tecnologías cada vez más poderosas operen sin controles, sin transparencia y sin responsabilidades.

La revolución tecnológica más importante de nuestro tiempo obliga a gobiernos, empresas y sociedades a responder una pregunta fundamental: ¿quién controla la inteligencia artificial y los datos que la alimentan?

Innovación y regulación no son enemigos

La hipótesis libertaria del Gobierno se apoya en una premisa discutible: que cuanto menor sea la intervención estatal, mayor será el desarrollo tecnológico. Sin embargo, la experiencia demuestra exactamente lo contrario. Ningún proceso de transformación tecnológica de alcance masivo se consolidó en ausencia de reglas, a veces más claras, otras tantas más difusas.

La revolución industrial necesitó progresivamente legislación laboral, normas de responsabilidad civil y regulaciones de seguridad. El desarrollo de los sistemas financieros modernos exigió organismos de supervisión, mecanismos de transparencia y herramientas de protección para usuarios y consumidores. Las telecomunicaciones tampoco se expandieron en un vacío jurídico.

Cuando el Estado renuncia a establecer estándares mínimos de control, lo que aparece es una creciente incertidumbre respecto de los derechos, las obligaciones y las responsabilidades de cada actor. En materia de inteligencia artificial, esa incertidumbre resulta especialmente grave por el impacto potencial que estas tecnologías pueden tener sobre derechos personalísimos y garantías constitucionales.

La soberanía de los datos

La cuestión de los datos personales ocupa un lugar central en este debate. Durante décadas fueron considerados simplemente un insumo comercial, aunque discutible su no consentimiento o contratos de cláusulas predispuestas de imposible conocimiento para el público general sobre sus efectos y su alcance. Los famosos Términos y Condiciones. La letra chica de los contratos de adhesión. Los que aceptas cuando hacés una cuenta en Instagram, por ejemplo.

Hoy, los datos personales, constituyen uno de los activos estratégicos más importantes de cualquier país.

La Unión Europea, China y Brasil desarrollaron marcos regulatorios destinados a garantizar la protección, gobernanza y utilización responsable de la información generada por ciudadanos, empresas e instituciones. La discursión gira en torno a la privacidad individual como a la soberanía digital y a la capacidad de los Estados de proteger recursos estratégicos.

Los datos son los commodities del siglo XXI

En la economía actual, los datos dejaron de ser información abstracta. Se convirtieron en el combustible que alimenta los sistemas de inteligencia artificial. Son la materia prima indispensable para entrenar algoritmos, desarrollar productos, identificar patrones de comportamiento y construir ventajas competitivas. 

Un país que renuncia a proteger la información producida por sus ciudadanos también renuncia a una parte de su capacidad de desarrollo futuro. La extracción irrestricta de datos por parte de actores privados globales puede generar beneficios económicos inmediatos, pero también consolidar relaciones de dependencia tecnológica difíciles de revertir. Por eso, discutir sobre datos ya no significa únicamente discutir sobre privacidad. Significa discutir sobre soberanía.

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