Con sus rulos encanecidos, que conjugaba con un estilo desalineado como las chatarras con las que trabajaba, alguna vez se definió como "un prepotente de la cultura". Lo cierto es que era un provocador, un excéntrico y un atípico dentro del mundo del arte que para él era la única forma de salvación frente al sistema.

Si bien creaba sus esculturas con desechos industriales, como cadenas, válvulas, tambores y trépanos y reciclaba objetos, los fines de Regazzoni no sólo eran estéticos sino también ecológicos y sociales, porque a través de esa producción construía una crítica al sistema y fomentaba la recuperación de materiales reutilizables.
En la industria del ferrocarril encontró un lenguaje capaz de trascender: de hecho, su admiración por ese transporte lo llevó a instalar su atelier en unos galpones ubicados a metros de la Estación de Retiro, donde también vivía. Allí también montó el restaurante, «El Gato Viejo», envuelto entre esculturas gigantes. Las hormigas que se pueden ver desde la porteña avenida Del Libertador ya son parte de la identidad urbana de la ciudad de Buenos Aires.
Sus obras también se exhiben en parques del barrio porteño de Palermo y una de las más monumentales está instalada en Pico Truncado: un Bridasaurio de 17 metros, que realizó con desechos de la industria petrolera.
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