En medio de las fracturas internas entre el cristinismo y el armado de Axel Kicillof, las diferentes tribus peronistas confluyeron en Parque Lezama bajo la advertencia de que la libertad de Cristina Fernández no es solo un acto de soberanía contra el arbitrio judicial, sino una condición innegociable para la propia supervivencia del movimiento nacional.

La liberación de CFK debe ser un objetivo innegociable para el movimiento nacional. Incluso -si se quiere- desde una perspectiva egoísta. No es sólo para que Cristina viva con la libertad y los derechos políticos y patrimoniales que le corresponden, por ser una expresidenta víctima de un poder judicial manejado por grupos económicos locales y la embajada de Estados Unidos. Es por la propia supervivencia del movimiento nacional. Si la derecha logra su objetivo, que Cristina termine su vida presa, el peronismo sufrirá un golpe que lo debilitará mucho más que la victoria electoral de Javier Milei o la de Mauricio Macri en 2015. Una elección es un hecho coyuntural que dos o cuatro años después se puede revertir. Una líder histórica que termina su vida presa con una tobillera es algo que queda grabado en la piedra. La forma en que terminan los grandes líderes marca la historia por décadas. Pregúntenle a los colombianos qué pasó luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Se desató una guerra interna que lleva décadas.
El cristinismo puro ha mostrado poblemas de conducción. Cuando en una cena de 20 personas hay 18 traidores, cabe preguntarse si el problema son los supuestos traidores o un tema de conducción. La estrategia de La Cámpora, tratar de suplantar a buena parte de los liderazgos peronistas distritales atándose a la locomotora de CFK, un plan que empezó a desplegarse hace muchos años, no salió del todo bien. Esos liderazgos locales no tendrán la relevancia histórica de Cristina o Néstor, pero tenían y tienen peso en sus terruños. Y la idea de que las opciones que se les brindaban eran someterse o ser desterrados sembró a lo largo del tiempo una extensa lista de supuestos traidores.
Puede entenderse el ímpetu de la orga juvenil y el objetivo de que los nuevos reemplacen a los viejos. Pero se sembraron un exceso de enconos entre decenas de dirigentes que vieron en el liderazgo emergente de Axel Kicillof un escudo.
La complejidad shakesperiana de la interna peronista incluye un interrogante sobre Kicillof. El gobernador llegó a la conclusión de que Cristina y Máximo Kirchner iban a hacer lo posible para que él no fuera candidato presidencial o, en caso de que lo fuera, para que estuviera absolutamente condicionado. Una persona que quiere liderar no puede someter esa vocación a la voluntad de otro, incluso si ese otro es un líder histórico, incluso si es su mentor. Para decirlo fácil: quien somete su vocación de liderar a la voluntad de otra persona no es un líder. En ese sentido, la posición de Kicillof es clara: quiere liderar y va a someter eso a la decisión del pueblo argentino.
Siempre que hay una de cal hay otra de arena. El interrogante es: ¿entiende el kicillofismo el peso histórico de la liberación de CFK? ¿Tiene claro que su propia capacidad de acción en caso de llegar al gobierno depende de torcer esa huella histórica? Cristina está presa, entre otras cosas, por presón de Washington. El secretario de Estado de Donald Trump, Marco Rubio, le quitó la visa para ingresar a Estados Unidos el 21 de marzo de 2025 y dos meses y medio después la Corte Suprema que obedece las órdenes de la embajada dejó firme la condena contra la expresidenta. Liberar a Cristina es una decisión de política exterior. Es un acto de soberanía.
El destino del movimiento nacional no está escirto. Depende de que lo que hagan y entiendan sus protagonistas. «
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