De poetas y el placer

Por: Ariel Prat

Y el deseo, como la poesía, solo llegan cuando se le da tiempo al placer, ese remolino que mezcla y construye.

Vida de poetas

La vida de los poetas excede a la vida misma, porque los poetas viven condenados a escribir con el alma puesta en donde el cuerpo de la realidad no llega. Y a veces deben abandonar y ser sombra del cuerpo mismo…

Un poeta puede ver la lluvia antes de caer, o simplemente mojarse hasta que lo rescaten enamorado de lo que ve detrás en esa lluvia. Un poeta puede dar poesía sin escribir; la música o la pintura la tienen y el músico o el pintor de todos modos lo son a su modo también. Y así se construye aquel gran secreto de lo que sobrepasa al rigor de una obra definida en otra versión del arte. A menudo el poeta está herido, y como no suele razonar, solo sentir, hombre o mujer, destilan ardientes unos buenos pedazos de verdades criminales que no tienen mal ni bien: sólo apuntan en abrazos quemantes de aquelarres eternos, que se repiten sin fecha, paganos y bestiales.

Poeta que se equivoca pero anticipa, aunque le erre en el tiempo y escriba antes todo lo que va a acontecer: la necesidad misma como certeza en el misterio de vivir, pero sin saber adónde se está escribiendo, como en estado de ebriedad. No sólo por gusto al vino en sí, pues cuerpo y sabor del morapio son apenas un vehículo más en este trayecto.

Una poeta, Tere Difalco, declama:

…Sí, hoy beberé vino,

no pensaré en vos cuando la noche

me grite tu nombre,

sólo beberé vino, como si no la oyera,

y ese, será mi brindis…

(Fragmento de “Tanta luz”)

Y a propósito de luminosidad y vino, nos relata el Bebe Ponti:

Vuelve con la noche

la que se ha ido,

vuelve penosamente

y yo no estoy

sino en la ebriedad de la luna,

donde hay una carta

quemándose con su nombre.

(Fragmento de “Carta de la luna”)

De la luna no hay que olvidarse si se trata de poesía, ¿no? Que la inolvidable Nira Etchenique, incluye en sus versos, por supuesto:

…ahora ya me callo, este es el tiempo

de mendigar rodillas a la luna

o acaso no es el tiempo

o simplemente

la luna está sembrada de mendigos…

(Fragmento de “Diez y punto”)

Acorralado por lunas, en estado de Malbec o no, otro poeta, Rodrigo Daskal, parece escribir alucinado bajo varias:

A las cuatro de la tarde

lunas llenas cratereanas contaminantes

si tuviera un obús -que nunca tuve-

las derribaría una por una hasta que el cosmos

sea un gran silencio oscuro

entonces dejarían de acecharme

las lunas como fieros inspectores.

(Fragmento de “Nueve lunas me acorralan hoy domingo de verano”)

A menudo, ser poeta le importa un carajo a nadie, que las lunas, que los soles, que el vino y los abrazos imposibles… Pero ellos y ellas insisten igual, no se tiene idea del placer que existe en anticipar las palabras que no se aprenden ni leyendo toda una vida, viendo tic toc, televisión o estudiando datos en las redes para un certificado académico que a la hora de mirar a los ojos para reconocer un corazón no sirven para nada.

Poetas, quienes al decir del alemán Goethe: “Pueden soportar de todo en la vida, con excepción de muchos días de continua felicidad”. Pessoa: dicen que detestaba la música y uno encuentra mucho de ella en su obra. Por acá cerquita, el poeta Pancho Muñoz, consuela y advierte, que en esta vida jodida y parida: uno mete el cuerpo por ahí, según su poema: “Vidurria”.

El placer de poetas

Poetas le ofrendan mucho tiempo al placer. Tiempo y espacio, más allá de pretensiones de certezas y obligaciones del arreamiento cotidiano al que son y somos sometidos por las reglas de un mundo construido, paradójicamente, para que el placer de cada uno, el popular; sea prácticamente una especie de lujo, una nube de cristal en un vuelo piloteado desde un globo agitado y a merced de los vientos que sopla el mundo burgués. Sobre un campo plantado de sometimientos a las reglas del mercado y de construcciones imaginarias, aunque supuestamente efectivas más que afectivas, se arreglan para vivir a fondo el tiempo que toque. Por comprender esto, primero con la piel o la intuición que a veces son hermanas, le ofrendan, poetas al fin; mucho tiempo al placer. Sin torturas a veces, y sin jactancias, que al decir de Paco Urondo, era, es y será la vida, permitidme la duda; “lo mejor que conozco”, también un poema puede delatar sin rubor cierto estado de felicidad. Un poema de Sergio Marelli:

El día escribe

su escritura de clavos en la carne,

pero yo, prófugo,

estoy feliz y quiero

sentar a la alegría en su silla preferida…

(fragmento de “Feliz”)

Y les cuesta ser felices o disfrutar en el placer, por tantas batallas incontables a los diversos sentimientos de culpa, por entregarse a ese estado, o por el que sea; el puro placer, que es en realidad, una brújula con la cual navegar como si lo fuera en ese río descripto maravillosamente por Conrad en El corazón de las tinieblas, e imagino ahora ya que lo cito, si el placer de escribir para ese polaco, bastante poeta por cierto; habrá estado proporcional al entorno de un mundo que le pediría resultados inmediatos.

Esa animalidad que les hace a veces, impenetrables, ridículos, obscenos de intimidad y con altos reflejos de esquivar hambres y finales de mes, con la intuición deseada acribillada para rodearse de sentido, pero no puede jamás intuir al deseo cuando llega y desparrama todo bajo un viento de carretera en un auto sin techo. Y el deseo, como la poesía, solo llegan cuando se le da tiempo al placer, ese remolino que mezcla y construye. Un río tan insondable de navegar, como de justificar a todo aquello construido en siglos de poesía sobre el lomo de esta especie de león que ronca acechante y aparentemente dormido…

¡Besos de esquina y abrazos de cancha!

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