Nadie discute su trayectoria, pero gobernar un país es otra cosa: exige comprender instituciones, leyes, políticas públicas, conflicto social, territorio, desigualdad.

No hay que caer en el golpe bajo ni en la caricatura. Nadie discute la trayectoria comunicacional de Gebel: sabe hablar, sabe emocionar y sabe llenar estadios. Pero gobernar un país es otra cosa. Gobernar exige comprender instituciones, leyes, políticas públicas, conflicto social, territorio, desigualdad. Exige rodearse de equipos y sostener decisiones que no siempre dan likes ni arrancan lágrimas. Exige, sobre todo, asumir que el Estado no es un púlpito ni un espectáculo.
Resulta inquietante -triste, incluso- que un sector significativo de la sociedad encuentre atractivo un mensaje tan delgado, tan poco pegado a la realidad y tan complaciente con esa idea peligrosa de que “la política tradicional falló, entonces cualquier outsider puede hacerlo mejor”. Esa lógica no es inocua: es la misma que, una y otra vez, nos empuja hacia experiencias institucionalmente precarias, decisiones improvisadas y liderazgos cuya única consistencia es su capacidad de autopromoción. Y es justamente esa lógica la que hoy tiene a la Argentina gobernada por quienes hicieron del furcio, la provocación y la furia un proyecto político, aunque en los hechos el proyecto haya brillado por su ausencia.
Porque el problema no son los outsiders en abstracto: el problema es la ingenuidad social de creer que quienes no entienden las instituciones son quienes van a salvarlas. Si algo nos enseña el presente nacional es que la política convertida en fábula épica termina desnudando, demasiado rápido, su propia incapacidad para gestionar la vida real. Después llegan los golpes a los jubilados, a los trabajadores, a las provincias, a los docentes, a los que comen caliente o frío según el humor del mercado. Llegan los “no sabía”, los “nadie me avisó”, los “estamos aprendiendo”, como si gobernar un país fuera un internship mal pago.
Lo obsceno no es que Gebel se presente; cualquiera puede presentarse. Lo obsceno es la facilidad con la que algunos sectores celebran esta candidatura como si fuera una epifanía cívica, cuando es apenas otra operación de prestigio asentada sobre la necesidad emocional de mucha gente de creer en alguien que prometa “sanar al país” sin decir cómo ni con qué. Ya vimos este mecanismo: es el mismo que hoy nos tiene pagando el costo de haber confundido rebeldía con lucidez, improvisación con valentía y destrucción con cambio.
Hace tiempo venimos barajando la ilusión de que la experiencia personal, el carisma mediático o la supuesta “bendición” de una figura pública son equivalentes a un proyecto político. Esa ilusión infantiliza el debate democrático, lo vacía de contenido y lo entrega al terreno de la fe mal entendida, esa fe utilizada como herramienta de seducción más que como compromiso ético con el otro. Y lo más paradójico es que son esos mismos votantes, los entusiastas del milagro rápido, quienes luego se convierten en las primeras víctimas -y a veces en los últimos defensores- de sus propios verdugos.
Es llamativo ver cómo quienes deberían preocuparnos -los invisibles, los que quedan siempre fuera del reparto, los que necesitan políticas públicas reales- quedan una vez más borrados del mapa. En su lugar, se instala el show. Un show que promete ser luminoso pero que, en el fondo, es profundamente triste: triste porque intenta reemplazar la discusión política por la emotividad; triste porque convierte las urgencias sociales en escenografía; triste porque degrada la esperanza, rebajándola al nivel de una frase de autoayuda con pretensión de profecía.
Mientras tanto, lejos de los flashes, hay provincias que intentan sostener la institucionalidad, la escuela pública, el empleo, la obra, la salud. Con sus errores y sus tensiones, claro. Pero sostienen. Y eso, en un país donde se glorifica el berrinche y el eslogan antes que la gestión, tiene un valor cívico enorme. En una Argentina donde se castiga a los gobernadores que no aplauden, que una provincia decida proteger a su gente antes que complacer al poderoso de turno es, en sí mismo, un acto de dignidad política.
Sería injusto exigirle a Gebel lo que jamás prometió: densidad política, conocimiento del Estado, comprensión de la complejidad social argentina. Lo que sí puede exigirse es honestidad intelectual. Y la honestidad empieza por reconocer que gobernar no es inspirar, no es conmover, no es reunir multitudes. Gobernar es hacerse cargo de la realidad con los pies en el barro y la cabeza en la ley, no en el espectáculo.
Ojalá esta candidatura sirva para pensar -de una vez- que el país necesita menos iluminadores de estadios y más constructores de instituciones. Que la política se trata de transformar la vida de la gente, no de amplificar una marca personal. Y que, si no exigimos rigor, trayectoria y conocimiento a quienes aspiran a conducirnos, terminaremos celebrando cada vez con más entusiasmo aquello que, en el fondo, nos debería provocar vergüenza ajena.
Porque hay algo profundamente triste en apoyar proyectos tan livianos. Y es esa tristeza -no la épica de un escenario lleno- la que, si no hacemos algo, terminará marcando nuestro destino común. Ya sabemos cómo termina: con los mismos que votan al salvador pidiendo, demasiado tarde, que venga alguien a salvarlos de él.
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