Del meme en las redes sociales a las reflexiones de Borges, Baudelaire y Schopenhauer, una aproximación al misterio de los felinos domésticos y a esa fascinación cotidiana que nos despiertan los gatos. Entre el juego de la singularidad y la resistencia sutil a los mandatos humanos, los hilos invisibles de un vínculo que no para de crecer.

No debería aclarar por qué cuando vi exhibido hace unos años en una librería el libro El tigre en la casa. Una historia cultural del gato pensé que el autor lo había escrito pensando en mí como lector, aunque hay también un motivo extra: el gato en gran medida responsable de todo esto (y cuya tenencia compartimos con mi pareja) se llama Tigris. El estadounidense Carl Van Vechten lo publicó en 1920, más de cincuenta años antes de que yo naciera. Es un libro hermoso, con un epígrafe que lo es más: “Dios creó al gato para concedernos el placer de acariciar a un tigre”.
“Cada gato difiere en tantas formas como sea posible de cualquier otro gato en particular. El observador imparcial lo habrá descubierto por sí mismo si se ha familiarizado con varios a la vez”, señala con razón Vechten, impugnando desde el comienzo la vieja consideración humana de encontrar en cada animal singular un puro ejemplar repetido de su especie. ¿No sería la “singularización” el primer criterio para fomentar la empatía con cualquier ser vivo de otra especie? ¿Por qué nos resulta natural hacerlo respecto de aquellos a quienes vemos como “nuestras mascotas” y no en otros casos? En La vida secreta de las vacas, Rosamund Young, una granjera y escritora inglesa, describe la diversidad de modales propios de los animales de su granja. Para percibir la individualidad de sus comportamientos solamente habría que tomarse el tiempo necesario para observarlos. En el ensayo “El ruiseñor de Keats”, Borges recopila algunas interpretaciones sobre la Oda a un ruiseñor de John Keats basadas todas en la oposición que se postula “entre el efímero ruiseñor de esa noche y el ruiseñor genérico”. Para discutirlas, cita un fragmento de Schopenhauer: “Quien me oiga asegurar que ese gato que está jugando ahí es el mismo que brincaba y que traveseaba en ese lugar hace trescientos años pensará de mí lo que quiera, pero locura más extraña es imaginar que fundamentalmente es otro”.
Como resulta tan familiar en las ficciones de Borges, el individuo es de algún modo la especie: un hombre es todos los hombres; un gato es todos los gatos. Pero existe un texto casi anecdótico de Borges (cuyo gato se llamaba Beppo) en dirección casi diametralmente opuesta. Surgió luego de una visita del escritor al zoológico del controvertido Jorge Cuttini, en el que sería su último encuentro con un tigre: “Este último tigre es de carne y hueso. Con evidente y aterrada felicidad llegué a ese tigre, cuya lengua lamió mi cara, cuya garra indiferente o cariñosa se demoró en mi cabeza, y que, a diferencia de sus precursores, olía y pesaba”.
Debe haber, por otra parte, millones de poemas sobre gatos. Baudelaire los llamó «orgullo de la casa». En las últimas películas de Agnès Varda (que son poesía) siempre aparece algún gato. Uno de mis poemas favoritos sobre ellos es “Trabajo nocturno” del poeta santafesino Juan Manuel Inchauspe. Alguien podrá decir que el poema está hablando de otra cosa (lo cual dicho de un poema siempre es cierto) pero básicamente es un poema sobre un gato, sobre la fascinación y el misterio que hay en esos seres que pueden ser los más tiernos entre los animales domésticos pero que sin embargo no pierden jamás su instinto y a los que sentimos que no los atraviesa ninguna moral. ¿O sí? “La filósofa Vicki Hearne cuenta que ha escuchado a experimentadores experimentados aconsejarles a los jóvenes científicos que no trabajen con gatos: si en ciertas circunstancias le dan a un gato un problema por resolver o una tarea a realizar para encontrar alimento, lo hará bastante rápidamente, y el gráfico que da la medida de su inteligencia en los estudios comparativos conocerá una curva muy pronunciada -escribe Vinciane Desprets en ¿Qué dirían los animales si les hiciéramos las preguntas correctas?-. Pero el problema es que tan pronto como comprendieron que el investigador quiere que empujen la palanca, los gatos dejan de hacerlo, y algunos de ellos se dejarán morir de hambre antes que seguir con el experimento”. Me pregunto si será por eso mismo por lo que los queremos tanto.
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También cayeron las ventas de los súper y de comercios de electrodomésticos.
El conjunto nórdico venció al combinado africano con un tanto agónico de Erling Haaland.