
El presidente de EE UU protestó la censura sobre dos posteos. En uno, Twitter adosó un cartelito alegando que podía ser “información engañosa” un mensaje de Trump que ponía en dudas el voto por correo. En el otro caso, caratuló como “glorificación de la violencia” un texto donde amenazaba con una respuesta feroz a las protestas en Minneapolis.
Trump, indignado, se quejó de que la red tiene “poder sin chequeo para censurar, restringir, amoldar, esconder, alterar virtualmente cualquier forma de comunicación” y firmó un decreto que propone revocar la sección 230 de la Ley de Decencia en Comunicaciones, que establece que las plataformas no son responsables sobre lo que publican los usuarios.
Si Twitter edita un mensaje deja de ser neutral, argumentó, entonces tiene responsabilidad en lo que se publica.
Twitter es una red social donde el odio, la mentira y la mala leche afloran en millones de usuarios de todo el mundo. También, el principal medio donde Trump expresa esos mismos sentimientos primarios al público.
Sucede que gran parte de la información disponible para ciudadanos inadvertidos corre por ese puñado de caracteres a veces explosivo. No estaría mal alguna forma de control sobre lo que se publica. No de gobiernos, pero tampoco de editores ignotos de una empresa privada, precisamente.
En resumen: Trump tiene razón, pero no con estas mismas razones.
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