Ante más de 40 mil personas, pogo constante y un mensaje siempre filoso, el cuarteto de origen armenio volvió a Buenos Aires para confirmar que su magia sigue intacta. Una noche para fieles, sobrevivientes y recién iniciados.

A pesar de la novela interna —que incluyó un abrazo entre Serj y Daron— y la falta de nuevo material, la banda demostró por qué sigue siendo un plato fuerte para el aguante recitalero argentino. Cada canción, cada estrofa, cada riff y cada golpe en los tachos fue recibido con fervor por un público que había esperado años para verlos nuevamente en vivo.
Sin discos nuevos ni promesas de futuro, pero con un repertorio imbatible y un mensaje tan vigente como incendiario, la banda de ascendencia armenia confirmó que sigue más viva que nunca. En 2020 sorprendieron con dos nuevas canciones, “Protect the Land” y “Genocidal Humanoidz”.
No fue una carrera de velocidad, aunque empezó como si lo fuera. Fue una prueba de resistencia, de esas que te dejan los oídos zumbando y el esternón debilitado. System of a Down salió a matar y, por momentos, a curar. Repleto de peregrinos fieles, viejos creyentes y nuevos iniciados, el estadio fue un ritual colectivo. No hubo prólogo ni matices: arrancaron salvajes, sin anestesia. No es una metáfora: su primer tema fue “Arto”, uno de los más viscerales de su repertorio. Desde ahí, el show fue una avalancha de gritos, riffs y banderas.
“Attack”, “Suite-Pee”, “Prison Song” y “Violent Pornography” siguieron en el set, una seguidilla variopinta para hacer saltar, cabecear, bailar y quedar sin aire por igual. Jamás podría decirse que la reacción fue moderada: canción tras canción, la marea humana del campo iba y venía. Un dato curioso para quien lo advirtiera in situ: en casi todos los shows de Vélez, el ticket de campo permite acceder a la popular del fondo, de frente al escenario. Sin embargo, pese al acceso deficitario, nunca se vieron más de dos mil personas allí. Toda la gente estaba en el campo, al frente, como una reja negra.
La troupe de SOAD avanzó a paso firme, con pequeñas pausas estratégicas para arengar y recuperar el aliento. Pasaron “Soldier”, “Hypnotize”, “Psycho”, “Chop Suey!” y otras canciones arrolladoras del cuarteto, que no parecía dispuesto a sacar el pie del acelerador.
Pero también hubo pausa. Hubo aire. Una extraña dulzura entre tanto blast beat. Después del inesperado cover de “Careless Whisper” (sí, el hit de George Michael), el clima cambió. La banda se permitió un respiro, y nosotros también. Parecían decirnos: no somos tan duros como aparentamos. Tipos sensibles detrás del caos. Sensibles, sí, pero también lúcidos: denunciaron la guerra, el autoritarismo y la desinformación, como lo vienen haciendo desde los 90.
El tramo final —el show comenzó a las 21 y terminó exactamente a las 23 h— incluyó “Protect the Land”, “Cigaro”, “Roulette”, el clásico que les valió parte de su leyenda, “Toxicity”, y el cierre explosivo con “Sugar”.
Fue un show sin fundamentalismos. Un show para sobrevivientes. Y también para quienes recién empiezan a entender que, en la música pesada, a veces el golpe más fuerte no lo da la distorsión, sino la claridad.
Dicen que Shavo sigue grabando bases con auriculares Beats pintados a mano. Que Serj aún colecciona rarezas de música tradicional armenia. Que Daron, además de tocar, se obsesiona con los vinilos de King Crimson. En el fondo, siguen siendo lo que siempre fueron: cuatro tipos raros, intensos y honestos. Buenos Aires los volvió a recibir como si fuera la última vez. Porque Buenos Aires, y Argentina, saben recibir ídolos.
Lo del sábado en la cancha de Vélez fue un necesario reencuentro con la distorsión, la política y la historia.
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