El clásico de Martin Scorsese nació de una depresión personal, un diario de un potencial asesino y la Nueva York más oscura de los '70. Medio siglo después, sigue siendo una de las películas más inquietantes del cine.

La historia es conocida. Travis Bickle, interpretado por Robert De Niro en uno de los papeles más recordados de su carrera, es un veterano de guerra que no puede dormir y consigue trabajo como taxista nocturno. Recorre una ciudad que percibe como un pantano moral -“un día vendrá una lluvia que limpiará toda esta escoria de las calles”, dice en uno de sus monólogos-, mientras su mente se va cerrando sobre una idea de redención violenta.
Pero Taxi Driver no es solo el retrato de un hombre en crisis. También es una película profundamente ligada a su tiempo. La Nueva York de mediados de los años setenta era una ciudad golpeada por la recesión, el aumento del crimen y una sensación generalizada de decadencia urbana. Scorsese la filma como un paisaje febril: neones reflejados en el asfalto mojado, humo saliendo de las alcantarillas, salas porno y bares abiertos toda la noche. La cámara parece flotar entre esa mugre luminosa mientras la música melancólica de Bernard Herrmann -su última banda sonora antes de morir- envuelve la ciudad en un clima hipnótico.
El origen del guion tiene tanto de autobiográfico como de documental emocional. Paul Schrader lo escribió en 1972, en un momento particularmente oscuro de su vida. Recién divorciado, sin dinero y atravesando una depresión profunda, pasaba largas noches manejando sin rumbo por Los Ángeles. Esa experiencia de aislamiento extremo se transformó en el núcleo del personaje de Travis. A eso se sumó la lectura del diario de Arthur Bremer, el hombre que en 1972 intentó asesinar al candidato presidencial George Wallace. Las anotaciones de Bremer, llenas de resentimiento y necesidad de reconocimiento, ayudaron a Schrader a imaginar la voz interior del protagonista.
El resultado fue un personaje inquietante porque no responde al molde clásico del villano. Travis no es un criminal sofisticado ni un psicópata caricaturesco. Es, más bien, alguien que parece haber quedado afuera del mundo. Su lenguaje es torpe, su mirada está siempre perdida en algo que los demás no ven, y su idea de justicia nace de una mezcla confusa de moralismo, paranoia y desesperación.
Scorsese entendió que la película debía seguir ese estado mental antes que una lógica narrativa tradicional. Por eso Taxi Driver avanza como un diario íntimo filmado. Los monólogos de Travis, las noches interminables de taxi, los encuentros incómodos con Betsy -la trabajadora de campaña interpretada por Cybill Shepherd- o la relación ambigua con la adolescente Iris (Jodie Foster) construyen un retrato de alienación que crece lentamente hasta desembocar en el estallido final.
Una de las escenas más famosas del cine moderno aparece en ese tramo: Travis frente al espejo, ensayando amenazas imaginarias. “You talkin’ to me?”, dice, en una improvisación que De Niro inventó durante el rodaje. Ese momento resume algo esencial del personaje: su violencia todavía es una fantasía, pero una fantasía que ya necesita ser actuada.
El desenlace de la película sigue siendo objeto de debate medio siglo después. Travis termina protagonizando una masacre en el prostíbulo donde trabaja Iris y, contra toda expectativa, la prensa lo presenta como un héroe que salvó a una menor de edad. La película concluye con Travis aparentemente recuperado, manejando su taxi y reencontrándose con Betsy. Pero el tono irónico de esa resolución -y un inquietante gesto final frente al espejo retrovisor- deja abierta la posibilidad de que esa redención sea frágil o incluso imaginaria.
Taxi Driver fue recibida con entusiasmo por la crítica y ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1976. Con el tiempo se convirtió en una de las películas clave del llamado Nuevo Hollywood, ese período en el que directores como Francis Ford Coppola, William Friedkin o Brian De Palma exploraron las grietas de la sociedad estadounidense con una libertad formal inédita.
Su influencia cultural también fue enorme, a veces de manera incómoda. En 1981, John Hinckley Jr. intentó asesinar al presidente Ronald Reagan después de obsesionarse con la película y con Jodie Foster. El episodio volvió a poner en discusión el retrato de violencia y alienación que proponía el film, aunque también confirmó su capacidad para tocar zonas sensibles del imaginario estadounidense.
Hoy, a cincuenta años de su estreno, Taxi Driver sigue siendo una experiencia inquietante. No solo por la intensidad de la actuación de De Niro o por la puesta en escena febril de Scorsese, sino porque su retrato de la soledad urbana y del resentimiento que puede crecer en sus márgenes sigue resultando reconocible.
Como ocurre con las grandes películas, Taxi Driver no se limita a contar una historia: crea un estado mental. Durante dos horas, el espectador entra en la cabeza de Travis Bickle y observa el mundo a través de sus ojos cansados. Cuando la película termina, la sensación que queda no es de alivio sino de inquietud. Porque Travis parece haber sobrevivido. Y porque, de algún modo, su mirada todavía sigue recorriendo las calles.
Dirección: Martin Scorsese. Guion: Paul Schrader. Elenco principal: Robert De Niro, Jodie Foster, Cybill Shepherd, Harvey Keitel, Peter Boyle. Disponible en HBO Max.
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