Apuntes sobre "La nación de los sueños diurnos", novela editada por Caja Negra en su colección Efectos Colaterales. Los simulacros y locuras de la era posdigital en un laberinto polifónico que dialoga con los fantasmas y desiertos de la literatura nacional.

Casi un siglo después de la profecía borgeana, el sistema de verdad de nuestra civilización no cruje bajo enciclopedias de papel, sino bajo el flujo descontrolado de las inteligencias artificiales generativas y las refulgentes pantallas que producen a destajo opacos simulacros. En ese quiebre ontológico se planta La nación de los sueños diurnos, la nueva novela de Juan Mattio publicada por Caja Negra Editora dentro de su colección Efectos Colaterales. No lo soñé: el algoritmo se vuelve carne, virus, pánico y locura. El futuro ya llegó, pero con forma de pesadilla.
El punto de partida de la novela es un dilema de época que muta en catástrofe metafísica: un fotógrafo de pueblo le entrega su archivo analógico -la obra de una vida, un museo extraño de retratos familiares y miles de fotos genéricas reunidas durante décadas— a un programador perturbado para alimentar una IA generativa. Las animaciones resultantes, una serie de videos sexuales elaborados sin consentimiento, tendrán consecuencias que desbordan los evidentes dilemas morales implicados en la circulación clandestina. El cruce de fuerzas tecnológicas y esotéricas perfora la membrana de la realidad, y hace ingresar al mundo entidades extrañas de “materia hipersticional” -la teoría aceleracionista que define a las ficciones capaces de autorrealizarse, ideas tan densas que saltan de la pantalla para hackear el presente-. Son, no lo duden, los nuevos hrönir de la era posdigital.
Con esta entrega, Mattio construye un díptico con su libro anterior, Materiales para una pesadilla, potente novela fragmentaria y polifónica ganadora del Premio Filba. Si en su obra preliminar Mattio seguía las huellas de una máquina diseñada en la dictadura militar capaz de detectar disidentes en conversaciones telefónicas, revelando cómo las estrategias de vigilancia mutaron en el escenario digital de las sociedades de control, en La nación de los sueños diurnos la «Vieja Realidad» ha muerto hace cien ciclos y la civilización se ha replegado al desierto para escapar de la multiplicación caótica de las imágenes y los anhelos materiales.
Aquel ciberpunk de matriz pigliana, cruzado por la violencia de Bolaño y la prosa herida por ecos de Burroughs, madura hacia un laberinto polifónico dividido en once partes. Conviven fragmentos de expedientes judiciales, códigos de error informáticos, partes médicos y pandémicos, despachos de guerra, análisis de xenomateria, registros de trastornos del sueño y arcanos del tarot. Una autopsia a gran escala de una civilización que oscila entre el delirio clínico y el colapso del software. Weird fiction con dosis desparejas de magia y ciencia.
En el apartado “El matadero”, Mattio introduce la crudeza de este nuevo orden social donde la palabra “realidad” es un cadáver. Doce familias del desierto sobreviven bajo el amparo de jueces psíquicos entrenados por «La Ley», una entidad mística cuya tarea es la guerra contra la incoherencia: cazar y extinguir en el fuego a las «aberraciones», simulacros de carne inestables que brotan del deseo o del miedo de los hombres. La prosa de Mattio alcanza una perturbadora belleza clínica al narrar el «vértigo ontológico» que provoca una criatura hecha de materia hipersticional muerta que muta iridiscentemente de color, pero conserva intacto un perfume de menta, jabón y atardecer en septiembre porque es el olor exacto con el que sus creadores la recordaban. El simulacro es perfecto, pero en su perfección anida el veneno.
Dice Roberto Chuit Roganovich, en la contratapa del grueso volumen, que la literatura de Mattio se hamaca entre dos fuerzas gravitatorias feroces. Por un lado, la tradición y las obsesiones de la literatura nacional: el desierto lleno de nada, las tolderías, el malón, la cautiva y el fantasma borgeano de los espejos y la cópula multiplicando a los hombres. Por el otro, una literatura en estado embrionario que empuja hacia el futuro y que se atreve a pintar el colapso civilizatorio de la era posdigital.
Como en los versos de Joy Division grabados en el acápite, el libro de Mattio advierte que ya viajamos demasiado lejos en el tiempo solo para contemplar cómo todo el conocimiento es destruido. El sueño húmedo de la razón tecnológica devenido pesadilla a secas.
4:52
El aeropuerto de Ezeiza está frío y vacío como una morgue. Pasillos apilados, iguales, quietos. Una patrulla de dos policías aeroportuarios y un pastor belga adiestrado caminan entre las simetrías de la nada. El animal está nervioso, el agente tiene que mantener firme la correa para retenerlo. Le habla, como si en su voz estuviera la confianza que el perro necesita. Los departamentos de cinotecnia son laboratorios también para los humanos. Los agentes se encariñan, construyen un lazo con los animales, los convierten en pares. Al mismo tiempo que los adiestran para lanzarse contra un niño de diez años en una manifestación o contra una inmigrante ilegal en la frontera, el animal se vuelve una pieza clave en la vida afectiva de su entrenador. Y ahora los nervios, la inquietud, emergen del cuerpo del animal e ingresan a la percepción del agente, lo desestabilizan porque no los entiende. No hay nadie, dice. Estamos solos. Pero el animal gruñe y huele y mantiene las orejas alertas.
5:21
El oficial de migración está tenso, sabe que no es un pasajero cualquiera, que tiene que ser exhaustivo y, al mismo tiempo, no ofenderlo. La valija diplomática descansa debajo de la mesa. Pero él leyó los manuales y es capaz de despachar más de trescientas personas por turno. Conoce los formularios, los protocolos, las reglas no escritas de la cordialidad social. Hace un mes, desde que se decretó el cierre de fronteras, el aeropuerto no recibe pasajeros. Sólo excepciones. Como esta. Revisa una vez más el pasaporte. Stephen Breen, ciudadano irlandés, radicado en Venice, estado de California, 41 años. Piensa en el número, en sus propiedades, es un primo pitagórico, suma de cuadrados perfectos: 402 + 92 = 412, también primo de Enseinstein porque sus únicos divisores son asociados o las unidades de anillos de. ¿Va a devolverle el pasaporte? Sí, claro, disculpe. Razón de ingreso. Confidencial. Espera que la embajada haya hecho los arreglos necesarios. El oficial mueve la pierna izquierda bajo el escritorio. No se da cuenta, pero ese movimiento repetitivo lo ayuda a sostenerse en la escena. ¿Ocupación? Análisis de computación no convencional. El oficial sonríe de forma automática. Ese hombre le cae bien. Sabe que no debería tener ninguna inclinación, ni favorable ni de rechazo, actitud neutra, dice el manual. Pero se siente cómodo con alguien que, supone, podría hablar en su misma lengua abstracta. ¿Tiempo de permanencia en el país? No lo puede precisar. No todavía, dice en un acento que al oficial de migración le suena british. Aunque espera volver a casa pronto.
6:12
La Toyota 4Runner de la embajada contiene dos figuras. Una, el chofer, baja pronto a buscar la valija y hace un gesto de aprobación que también puede interpretarse como un saludo. La otra, en el asiento trasero, está fumando con la ventanilla cerrada. El chofer abre la puerta y deja salir las volutas de humo y el olor a tabaco quemándose y el perfume cítrico que el agregado militar no olvidó rociar en su cuello antes de la salida de emergencia. Estira la mano. Se presenta. Llama la atención su palidez. Hace pensar que su piel no ha estado en contacto con el sol desde hace mucho tiempo. Niveles bajos de vitamina D. Esa blancura resplandece en la oscuridad de la Toyota y remarca el verde de sus ojos casi hasta la fluorescencia. Estamos apurados, dice. Este auto nos va a llevar a Isidoro Laprida, sin tiempo para escalas. Son órdenes. La tercera figura asiente y sube.
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