Entre alfombras rojas y gestos de autoridad impostada, la cumbre en Beijing marcó el fin de una era: Donald Trump regresó a China para asegurar negocios, pero se encontró con un Xi Jinping que ya no habla desde la defensiva.

La escena ocurrió frente a las columnas del Gran Salón del Pueblo, bajo una coreografía de guardia de honor, niños con banderitas y desfile del Ejército Popular de Liberación. Beijing quiso mostrar solemnidad imperial y Trump aceptó el decorado. Era la primera visita de un presidente estadounidense en casi nueve años y la segunda realizada por el republicano desde 2017, un dato que China aprovechó para reforzar el peso simbólico del encuentro.
Pero el verdadero mensaje de la cumbre apareció horas después, cuando ambos mandatarios dejaron en claro que la disputa entre China y EE UU excede los aranceles, las tierras raras o la tecnología. Lo que estuvo en discusión fue quién fija las reglas en esta nueva etapa en la que Beijing acaba de iniciar su XV Plan Quinquenal (2026-2030), y Washington se prepara para celebrar los 250 años de su independencia.
La primera reunión de los mandatarios se extendió durante aproximadamente dos horas y 15 minutos. El dueño de casa habló primero. “Transformaciones nunca vistas en un siglo se están acelerando en todo el mundo y la situación internacional es tan cambiante como turbulenta”, diagnosticó Xi. Y enseguida lanzó una pregunta que sobrevoló todo el encuentro: “¿Pueden China y EE UU superar la Trampa de Tucídides y crear un nuevo paradigma de relación entre grandes países?”.
La referencia no fue casual. La llamada Trampa de Tucídides es la teoría popularizada por el politólogo estadounidense Graham Allison, según la cual una potencia dominante suele terminar en conflicto con otra emergente. Xi viene rescatando esa idea desde hace años, pero esta vez la colocó en el centro de la cumbre, para dejar en claro que la rivalidad existe, aunque todavía hay espacio para evitar males mayores.
«Cuando el presidente Xi se refirió con tanta elegancia a EE UU como una nación en decadencia, aludía al tremendo daño que sufrimos durante los cuatro años del adormilado Joe Biden, y en ese sentido, tenía toda la razón», respondió Trump desde su cuenta de Truth Social. En el mismo posteo aclaró que el líder chino no hacía mención del «increíble ascenso» durante «los 16 espectaculares meses de la administración Trump». Un autoelogio en tercera persona.
En ese contexto, ambos líderes acordaron el impulso de una nueva relación “constructiva de estabilidad estratégica”, una fórmula quizás burocrática, aunque políticamente trascendente. “No es un eslogan, significa impulsar acciones concretas en la misma dirección”, aclaró el presidente chino.
Traducido al lenguaje de la geopolítica, Xi parece aceptar que China y EE UU competirán por poder, influencia y tecnología, pero evitando que esa carrera derive en una nueva guerra de aranceles o en una confrontación militar abierta.
“La clave es ver si somos capaces de mantener el respeto mutuo, la coexistencia pacífica y una cooperación beneficiosa para ambas partes. No debemos arruinarlo. China y EE UU tienen mucho que ganar con la cooperación y mucho que perder con la confrontación”, planteó. En respuesta, Trump calificó las conversaciones como “sumamente productivas”, invitó a Xi y a su esposa a visitar la Casa Blanca el 24 de septiembre y estableció paralelismos sobre la colaboración bilateral en diferentes momentos de la historia contemporánea.
“El presidente Xi es un líder tremendo, muy poderoso, y China es un gran país”, fue uno de los recurrentes elogios de un dirigente que, valga la paradoja, durante años construyó parte de su capital político denunciando a Beijing por comercio desleal, robo tecnológico y pérdida de empleos estadounidenses.
Analistas atribuyeron semejante cambio a los intereses de los 16 CEOs que acompañaron al líder republicano, entre ellos Larry Fink (BlackRock), Tim Cook (Apple) y Elon Musk (Tesla/Space X). Los hombres de negocios no pasaron desapercibidos, al punto que en las redes sociales los calificaron como “los CEO que viajaron a Beijing para darle instrucciones a su gerente Trump”.
“China abrirá más su puerta. Las empresas estadounidenses están profundamente involucradas en el proceso de reforma y apertura de China. Y tendrán mejores perspectivas”, fue el comentario que recibieron de parte de Xi, tras ser presentados, uno por uno, en el Gran Salón del Pueblo.
Pero el clima de negocios encontró un límite con Taiwán. “La cuestión de Taiwán es lo más importante en el vínculo China-EE UU. Si se aborda adecuadamente, la relación bilateral disfrutará de estabilidad general. Si ocurre lo contrario, los dos países tendrán choques e incluso conflictos, poniendo en peligro toda la relación sino-estadounidense”, fue la contundente afirmación de Xi. “‘La independencia de Taiwán’ – agregó – y la paz en el Estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua”.
Ahí apareció el verdadero núcleo de tensión de la cumbre. Porque detrás de las fórmulas diplomáticas y de las apelaciones a la cooperación económica, Taiwán sigue siendo el lugar donde la disputa entre China y EE UU podría volverse algo mucho más peligroso.
En Beijing, el secretario de Estado, Marco Rubio, respondió que la postura de Washington “no ha cambiado”, al tiempo que destacó que “cualquier modificación forzada en el status quo sería perjudicial para ambos países”. “Ya les hemos vendido armas (a Taiwán) en el pasado, incluso en diciembre, lo cual molestó a China. Es una decisión que le corresponde al presidente y según lo que el Congreso decida, responderemos en consecuencia”, reveló a la cadena NBC News.
China viene incrementando la presión militar sobre la isla y considera cualquier apoyo estadounidense a Taipei como una amenaza directa a su soberanía. Xi dejó implícito que la estabilidad global que propone tiene una condición previa: que EE UU no cruce determinadas líneas.
En ese momento quedó más clara la verdadera estructura de la cumbre. Cooperación económica, sí. Diálogo político, también. Pero dentro de un marco donde China exige reconocimiento explícito de sus intereses estratégicos sobre Taiwán.
Trump evitó confrontar públicamente sobre ese punto. Lo que sí hizo fue revelar -a la cadena Fox News- que “Xi prometió no proporcionar equipamiento militar a Irán”, que se ofreció a “ayudar” para resolver el conflicto, que está interesado en comprar soja y petróleo a EE UU, y que se comprometió a “encargar 200 aviones” a la compañía Boeing.
“Juntos podemos hacer muchas cosas grandes y buenas para los dos países y para el mundo”, sostuvo el republicano. Es una frase típicamente trumpista, aunque pronunciada en un escenario que reveló algo distinto: EE UU ya no se mueve en Beijing con la misma autoridad de otras épocas. Un día antes de la llegada de Trump a Beijing, The New York Times publicó una columna con un título difícil de ignorar: “China ve al EE UU de Trump como un imperio en decadencia”.
Ese cambio pudo advertirse en detalles mínimos. Durante décadas, las visitas oficiales de EE UU a Beijing solían interpretarse en términos de apertura económica china hacia Occidente. Esta vez la imagen de Trump fue la de un mandatario concentrado en asegurar negocios y bajar tensiones, mientras Xi se movió como quien representa a una potencia que ya se considera un par de Washington.
Los tres días del presidente estadounidense en China concluyeron con una reunión de ambos mandatarios, a puertas cerradas, en el complejo de Zhongnanhai. “Mientras el presidente Trump espera hacer a EE UU grande de nuevo, yo estoy dedicado a guiar al pueblo chino hacia la revitalización nacional”, resumió Xi.
Sobre el final, hubo anuncios de “una serie de entendimientos comunes”, entre ellos en materia económica y comercial. El tiempo dirá su alcance. Aun así, la cumbre dejó una señal política difícil de ignorar. China ya no habla con EE UU desde una posición defensiva. Y Taiwán aparece, cada vez más, como el límite que puede definir hasta dónde puede sostenerse cualquier diálogo.
Cuando terminó la visita y ambos presidentes se despidieron, Trump apoyó la mano sobre el brazo de Xi. La escena parecía conocida. El equilibrio detrás de ella, no tanto.
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