Donald Trump no pudo disimular que Xi Jinping le marcó la cancha

Por: Alberto López Girondo

El presidente de EE UU dejó en "la nación del medio" la imagen que más aborrece, la de un perdedor. La guerra contra Irán terminó de minar el poderío militar y sobre todo moral de Washington. Debates infructuosos en los BRICS y una oferta de intermediación de Brasil.

La imagen de Donald Trump rindiendo pleitesía a Xi Jinping es la postal más clara del estado del mundo cuando se cumplen 78 días del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. Y las palabras del presidente chino sonaron a un epitafio para la tumba del imperio. Pero la interpretación del mandatario estadounidense también ilustra sobre la endeble habilidad para el disimulo que se tiene en la Casa Blanca. Xi necesitó alertar sobre la Trampa de Tucídides para marcar la cancha a no solo un gobernante un tanto díscolo sino a un occidente que insiste en no ver que las cosas cambiaron. Es que guerras como las de Peloponeso de hace 2480 años se desatan cuando una potencia en decadencia no acepta al surgimiento de un rival que le hace sombra.  China, en este juego, es a todas luces el emergente que no quiere una guerra pero ya no le esquivaría al desafío. Por eso, también, plantó bandera: el límite es Taiwán.

Es bueno recordar que cuando atenienses y espartanos se trenzaban en una contienda que duró casi tres décadas China ya tenía 4500 años de historia y estaba en el tenebroso periodo de los Reinos Combatientes. Por otro lado, el nombre oficial de ese extenso país es Zhongguo, que se traduce como “reino o país del medio, o centro”. ¿Centro del mundo? Algo así, que en 2026 regresa con toda su fuerza. Veamos: la visita de Trump mostró quién lleva las riendas y con qué precisión Xi desplegó el supremo refinamiento que caracteriza a esa milenaria civilización. Si hasta el propio Trump reconoció en un posteo en Truth la “gran elegancia” de su par, aunque prefirió creer que cuando le hablaba de declive se estaba refiriendo a su antecesor Joe Biden.

Otra muestra de la centralidad de Beijing como capital internacional lo da el hecho de que desde este martes Vladimir Putin estará por dos días en la capital china para mantener sus propios encuentros con Xi. Esa suerte de “besamanos” ya la habían ensayado oportunamente los jefes de estado de España, Italia, Francia y Gran Bretaña, con suerte dispar.

La decadencia de occidente y en particular de Estados Unidos, que oficia de líder de esa tropa abatida, no comenzó con la desastrosa guerra contra Irán, pero ese sería el punto de quiebre. A esta altura negar que en Ormuz hubo una derrota estrepitosa sería una necedad y la prueba más evidente de eso lo dan los análisis de gente dentro de EE UU a los que no se puede tildar de antiimperialistas, pero que no se engañan. Uno de ellos es Robert Kagan, alguna vez tildado de sucesor de Henry Kissinger. El hombre fue uno de los fundadores del  Proyecto del Nuevo Siglo Americano, un thinh tank que en 1997 desarrolló un plan para que la centuria que estaba por comenzar fuera de la consolidación de la supremacía de EE UU. Su esposa, Victoria Nuland, siendo subsecretaria de Estado fomentó el golpe en Ucrania de 2014 que fue el punto de partida para la guerra con Rusia que comenzaría en 2022. En un artículo en la revista The Atlantic, Kagan escribió la semana pasada que la derrota en Irán es absoluta e irreversible. “Las derrotas en Vietnam y Afganistán fueron costosas, pero no causaron un daño duradero a la posición general de Estados Unidos en el mundo. La derrota con Irán será de una naturaleza completamente diferente”, lamentó el halcón del imperio.

Otro que habló fue el general Mike Flynn, de efímero paso como asesor de seguridad en el primer gobierno de Trump, en 2017, renunciado bajo la acusación mediática de haber tenido reuniones con el embajador ruso en Washington. Lo que Xi quiso decir es que “cualquier fracaso en acomodar el ascenso de China arriesga un conflicto mayor que Estados Unidos no puede permitirse (y actualmente hay prácticamente cero apoyo del pueblo estadounidense para más guerra y Xi lo sabe)”, publicó el militar en X. El senador demócrata Tim Kaine, por su parte, pretende urdir fuerzas en el Congreso para ponerle fin a una guerra que por ahora parece en suspenso ante un cese el fuego sine die. “Familias en Virginia estan pagando casi 10,8 millones de dólares más al día en gasolina de lo que pagaban hace dos meses. ¿La razón? La guerra ilegal e imprudente del presidente Trump en contra de Irán”, publicó en X.

Mientras tanto, este viernes en Nueva Delhi concluyó una cumbre de ministros de Relaciones Exteriores de los países BRICS para encontrar una postura común en relación con la guerra en Irán. Si bien se dijo desde el primer día que la ofensiva del 28-F para EE UU tenía a China como destinatario final, estaba en la mira el grupo de países que ya representan más del 40% del PBI mundial y le pisa los talones el G7. Contra lo que podría pensarse, no hubo un acuerdo para un documento final que expresara el rechazo que pretendía el canciller iraní. Abbas Araghchi los arengó sobre los riesgos del momento y advirtió: “La historia ha demostrado que los imperios en declive no se detendrán ante nada para frenar sus destinos inevitables. Un animal herido arañará y rugirá desesperadamente en su camino hacia abajo”.

Uno de los integrantes de ese grupo, Emiratos Árabes Unidos, tiene tanta cercanía con Israel y EE UU que hubiese sido ilusorio esperar que firmaran un documento de condena a los ataques del 28 de febrero. Brasil, miembro fundador de ese club, a su vez, volvió ofrecerse como mediador para una negociación entre Teherán y la administración Trump. El titular de Exteriores brasileño, Mauro Vieira, se lo transmitió a Aragchchi y luego mantuvo encuentros con sus homólogos Sergei Lavrov, de Rusia, y Subrahmanyam Jaishankar, de India. Brasil ya en 2014 había promovido un acuerdo nuclear con Irán junto con el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan a pedido de Barack Obama que fue desechado por la secretaria de Estado Hillary Clinton. Pero esa es otra historia.

Un «Lubio» en jogging

Donald Trump encaró el viaje a China con su estilo de hacer pata ancha sobre lo maravilloso de su gobierno y los triunfos de su gestión que no cesan. Por eso publicó en Truth un mapa de Venezuela pintado con la bandera de las barras y las estrellas y alardeando que el país caribeño sería el Estado 51. Su canciller, Marco Rubio, otro que derrocha petulancia, se hizo fotografiar en el Air Force One con un jogging de Nike Tech como el que vestía Nicolás Maduro cuando fue secuestrado, el 3 de enero pasado. Es cierto que el golpe sobre Venezuela complicó la prohibición de petróleo a China, no era por ahí que podría haber generado alguna respuesta más fuerte.

Rubio, de ascendencia cubana, pudo ingresar a China por la gracia de la presidencia de Xi Jinping. Siendo senador, el actual secretario de Estado lanzaba críticas feroces contra la política de derechos humanos de China entorno a Hong Kong y la población uigur. Hasta que, en 2020, en respuesta a sanciones de Estados Unidos a dirigentes chinos, Beijing aplicó medidas similares contra estadounidenses, entre ellos Rubio.

En teoría, no podría haber viajado junto con su presidente, pero cuando asumió el cargo, en enero de 2025, las autoridades aplicaron un subterfugio que le permitió sortear el control aduanero sin problemas, aunque la causa en su contra sigue vigente. En la visa cambiaron un carácter de su apellido en la transliteración al chino para que pasara sin problemas. Algo así como pasar de “Rubio” a “Lubio”. Pero la sanción sigue vigente y cuando se termine su influencia volverá a ser persona no grata.

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