Una riquísima historia en celeste y blanco: seis finales y tres estrella: ¿se viene la cuarta?

Por: Ricardo Gotta

Los títulos fueron logrados por equipos de categoría y juego sumamente vistoso, liderados por cracks: Kempes, Maradona y Messi. Nunca hubo un bicampeón: la Selección tiene la oportunidad.

La Argentina jugó 19 de las 23 ediciones de los Mundiales. Del primero en Uruguay 1930 hasta este de EE UU-México-Canadá 2026. Será la de hoy su séptima final. Tres estrellas (Argentina 1978, México 1986 y Qatar 2022) con un par de características coincidentes: en todos los casos fueron logrados por equipos sobresalientes que quedaron en la historia y que fueron coronadas por celebraciones multitudinarias, siempre por el pueblo en las calles.

Pero, mejor, vayamos a un recorrido cronológico:

La prehistoria

La primera final de la primera Copa del Mundo: los antecedentes sólo refieren a Juegos Olímpicos. El Vapor de la Carrera unía las dos márgenes del Plata, pero en julio de 1930, decenas de embarcaciones de toda índole unieron ambas costas. Más de 10 mil argentinos cruzaron el charco para desbordar el puerto de Montevideo. Una ola deambuló por  la antigua 18 de Julio, con vastos sectores empedrados. Desde la colonial ciudad Vieja hasta el ingreso al parque Battle y Ordonez: en su corazón erigieron el emblemático Estadio, construido para la Copa. El Centenario (por el aniversario de de la primera Constitución de Uruguay), hoy monumento histórico.

Trece equipos de tres confederaciones para ese proto torneo. Algunas trifulcas en las tribunas: la leyenda asegura que, irracionalmente, gritaban la consigna “victoria o muerte”: los 93 mil asistentes llenaron las graderías seis horas antes del comienzo de ese juego recio, intenso, disputado con una pelota, ante la falta de acuerdo entre las delegaciones (era usual en la época), debió ser suministrada por la FIFA, que había sido fundada sólo 16 años antes.

El zaguero argentino Luis Monti jugó para Argentina (en 1934 lo haría para Italia), pese las amenazas recibidas. Fue un choque de estilos: la garra y la mayor destreza. El uruguayo Dorado marcó la diferencia, pero la Argentina lo dio vuelta en 8′. Luego los charrúas dominaron con temple, arrinconaron al rival contra la que luego sería la Tribuna Colombes y rápido acertó dos veces para lograr una nueva ventaja. Héctor Castro selló el 4-2. El presidente de la FIFA, Jules Rimet entregó el trofeo que luego recibiría su nombre. Al día siguiente fue feriado nacional en Uruguay, mientras en Buenos Aires, el consulado uruguayo era agredido con una intensa pedrada.

El equipo de la gente

César Luis Menotti llegó para marcar un cambio rotundo en el fútbol argentino. Asumió la Selección tras armar su revolucionario Huracán del ’73 y encabezó un proceso que coronó a un extraordinario equipo, en una de las finales mejor jugadas y más vibrantes. La Dictadura más terrorífica de las sufridas en Argentina siempre le puso un injusto velo a esa consagración. Nunca se puede soslayar que a 500 metros del Monumental –entre otros se jugaron la inauguración y la final-, estaba uno de los más terribles chupaderos, la ESMA: allí se mezclaban los quejidos por la torturas y los gritos de los goles. De todos modos, tras cada triunfo, una multitud se lanzaba a la calle desafiando el estado de sitio.

El juego de ese equipo, con una columna vertebral que sostenían Fillol, Passarella, Ardiles, Kempes y Luque redondeó un juego de alto vuelo que jugó la final contra la Holanda del fútbol total. Partidazo con estilos y estrategias muy diferentes, con dominio argentino que se plasmó en el primero de Mario Kempes. Un error en la defensa permitió el empate muy cerca del final. Toda el país se paralizó cuando una pelota dio en el palo de Fillol en tiempo de descuento. La Selección reaccionó en el suplementario, bajo la batuta del Matador: un golazo suyo, pura potencia, desniveló. Otro de Bertoni selló el triunfo. La alegría volvió a desbordas las calles de un país anhelante y muy futbolero. También el país de los 30 mil desaparecidos.

Diegoooo, Diegoooo

Otro equipo extraordinario, otra vuelta olímpica, ocho años después. Conducido en la cancha por el mejor Maradona, y con Carlos Bilardo en el banco. Venían de triunfar en El Partido: los ingleses, la mano de Diego, el gol más extraordinario de la historia de los mundiales. Y si ese encuentro marcó un antes y un después, la semi ante Bélgica significó uno de los más grandes encuentros de Maradona: marcó dos goles, ambos impresionantes.

Llegaría la final ante Alemania, en lo que empezaba a ser un clásico de la época que se prolongó en el tiempo. Con el Azteca de la capital mexicana como marco, a los pocos minutos marcó de cabeza uno de los baluartes, el Tata Brown, que luego se lesionó una mano, pero siguió jugando. La Selección mantuvo la preeminencia: no extrañó que Jorge Valdano elevara la diferencia. Claro que, para desesperación del DT argentino, en dos jugadas de pelota detenida, en 5′, los alemanes llegaron al 2-2: Karl-Heinz Rummenigge y Rudi Völler, de cabeza. Sólo restaban 9′. Lo que parecía un claro triunfo se volvió la posibilidad de ir a un alargue. Pero poco después, una extraordinaria cesión de Maradona (en una de las pocas ocasiones en que pudo escapar a la marcación de Lothar Matthäus) para una gran corrida de Jorge Burruchaga que decretó la victoria, el delirio de todo un país, la definitiva consagración del fútbol argentino y la puesta en el mejor podio, el más merecido, de su estrella sublime, Diego Armando Maradona.

Otra vez las calles de toda la Argentina desbordaron de júbilo. Incluso cuando, a las pocas horas, el plantel campeón se exhibió en el célebre balcón de Perón, en la Casa Rosada.

El karma alemán

Cuatro años después, un equipo argentino que defendía su segunda estrella, pero que transitó Italia 90 a puro tropiezo: el debut con derrota ante Camerún,  la impresionante lesión de Pumpido, el tobillo averiado de Maradona, el juego deslucido, la necesidad de definir en los penales. Pero había eliminado al local, Italia, en la casa de Diego, en Nápoles y creció la ilusión del «bi». El mejor socio del 10, Claudio Caniggia no pudo jugar la definición ante Alemania, en el Olímpico de Roma: el árbitro Edgardo Codesal cobró fama por no cobrar un claro penal sobre el argentino Gabriel Calderón (restaban 11) y sí lo hizo con uno muy discutido para los germanos, que Andreas Brehme tradujo en el 1-0. La imagen final: el llanto de Maradona, su furia ante la reprobación de los hinchas italianos, la derrota.

Debieron pasar 24 años para que ambas selecciones se volvieran a enfrentar en una final. Brasil 2014. Los germanos venía de superar con estrépito a los locales: 7-1. El equipo dirigido por Alejandro Sabella superaba una historia de reiteradas frustraciones y tenía a un Leonel Messi, de 27 años, que fue elegido el mejor jugador del torneo. Pero una la pifia de Gonzalo Higuaín, un gol anulado por offside del Pipa, un zurdazo de Messi apenas desviado, la mala definición de Rodrigo Palacio (“Era por abajo”). Se habían jugado 112′ y 22» y nada. Pero marcó Mario Götze y Alemania resultó campeón por cuarta vez en la historia.

Muchachos…

La exótica Qatar. El soberbio estadio icónico de Lusail. La Francia de Mbappé, dirigda por Didier Deschamps, contra la Argentina de Messi, conducida por Lionel Scaloni. Dos supercracks dirigidos por dos ex mundialistas. El campeón vigente y el que no lo era hacía 36 años. Un andar sólido y contundente de los europeos, contra la mejoría sostenida de los sudamericanos tras el debut con derrota ante Arabia Saudita.

Fue por mucho la mejor definición de la historia, entre dos equipos sensacionales, que quedarán en la historia. La sorpresa de Di María jugando por izquierda: le cometieron el penal que Messi hizo gol y al rato, Fideo concluyó una jugada maestra para decretar un muy merecido parcial. Argentina bailó a los franceses en ese primer tiempo y antes de finalizar la etapa, el técnico metió dos cambios. Restaban 10: todo parecía definido, pero en 95 segundos, un penal y una tremenda definición de Mbappé para el 2-2.

El suplementario fue de novela. Messi desniveló, el goleador galo empató de penal. El Dibu Martínez, increíble tapada, en el último suspiro le quitó el grito a Kolo Muani. Lautaro Martínez se lo perdió de cabeza. Una película: la angustia, el suspenso, la tensión, el fútbol. Penales: Mbappé y Messi convierten; Dibu se lo saca a Coman; lo hace Dybala, pero Tchouméni la desvía. Paredes y Muani aciertan.

El país es un puño apretado. Todos somos Montiel. Derechazo cruzado, el tiempo se detiene. Se cumplió el presagio: la tercera estrella. Lo gritaba la tribuna: «Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar / quiero ganar la tercera, quiero ser campeón mundial…».

Se hizo. Hoy se renueva la ilusión. La séptima final. ¿Será la cuarta estrella?

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