Junto a su hija Ludmila, Verónica cuenta cómo fue el intento de femicidio que sufrió hace siete años. Cómo recuperarse y volver a creer.

-¿Cuándo recordás que comenzaste a sufrir violencia de género?
-Estuve tres años con él. El primer año estaba todo bien pero ya el tercer año empezó con su violencia. Un día se levantó mal y empezó a tomar desde muy temprano, me acuerdo que me revoleó todas mis plantas en la calle. Ese fue el día que casi me mató.
Por la tarde fuimos en camioneta a un terreno que teníamos en González Catán. Mientras estábamos ahí me dijo un montón de veces “si te mato acá nadie te va a reclamar”. Se enojó porque había un vecino del terreno que salía de bañarse y él decía que se había bañado por mí. Yo ni lo conocía. Entonces se subió a la camioneta y nos volvimos hacia la casa donde vivíamos, en el terreno de su mamá. Discutimos porque a él le molestaba mi hija, que en ese momento tenía 14 años, le dije que si ella le molestaba yo agarraba mis casas y me iba. “Vos no me vas a dejar, después de todo lo que yo hice por vos. Te voy a matar antes de que me dejes”, me dijo mientras manejaba. Yo trataba de calmarlo porque iba a mucha velocidad. Le decía que me deje manejar, que se calme. Y empezó a insultarme y gritarme hasta que chocó la camioneta de mi lado contra un poste de fierro. En el primer choque se reventó el vidrio, yo estaba muy golpeada y pedía ayuda. Se acercó una señora pero él arrancó de nuevo la camioneta y volvió a chocar otra vez del mismo. Los vecinos le decían que me lleve al hospital o que me deje salir de la camioneta. “No la toquen, es mi mujer”, les decía él.
Hasta que salió un hombre diciendo que era policía, que me lleve al hospital y que él nos seguía. Yo gritaba de dolor porque en el primer choque se me salió la cadera de lugar. Él me iba pegando en la pierna, me decía que me calle, que me calme porque lo ponía más nervioso. Antes de llegar al hospital me hacía repetir, mientras me pegaba, que habíamos chocado porque se cruzó un perro. Cuando llegamos al hospital del kilómetro 32 chocó la barrera para ingresar y no quería que nadie me toque. No dejaba que los enfermeros me saquen de su lado porque de mi lado había quedado destruida la puerta.
Al ingresar en la camilla, noto que tenía el celular así que llegué a llamar a mi hermano. A él no le dije que me había intentado matar, le dije que habíamos chocado. Hacía dos años que yo no me hablaba con mi mamá pero ella justo estaba en Cañuelas cuando se enteró del choque y llegó primero. “Acordate bien lo que tenés que decir, acordate que ahí está tu hija” me dijo al saber que venía mi mamá. La vi entrar y se me vino el alma al cuerpo, le pedí que se la lleve inmediatamente a mi hija. Ella me tranquilizó y me dijo que yo tenía que decir la verdad.
-¿Qué pasó cuando te dieron el alta del hospital?
-Después de la operación estuve todo un mes internada. Me quedé sin nada porque su fno nos dejó sacar nada. Mi hija y yo nos quedamos solo con la ropa que teníamos puesta. Cuando salí fuimos a vivir a Fiorito a la casa de mi abuela, porque era el único lugar donde había una pieza para que nos quedemos. Estuve tres meses en cama, no me podía mover. Hasta que pasó esto, nosotros trabajábamos juntos, vendíamos en la calle, vendíamos verduras, huevos. Yo había vendido mi terreno para comprar la camioneta. La familia no nos dejó sacar nada a pesar de que todas las cosas que estaban ahí eran mías. Finalmente mi hermano me cedió un terreno en el kilómetro 35 y nos fuimos a vivir allí. Para entonces ya usaba muletas. Algunas cosas eran de mi hermano pero me quedé sin nada, sin garrafa, cocina, cama ni ropa. Los vecinos nos ayudaron.
-¿Hubo una denuncia entonces en ese momento?
–Quedó detenido en el hospital y estuvo tres años y seis meses. Ahora está libre. Cuando salió hace un poco más de un año, fue a mi domicilio, pasó por el frente con un revólver, lo reconoció mi hija. Hizo como que me iba a tirar y no llegó a hacerlo porque yo estaba con una vecina. Los mismos vecinos lo echaron, después de eso no supe más nada de él. Volví a denunciarlo porque estando preso él me llamaba desde cualquier número. A veces hablaba y otras sólo ponía música. Fue muy feo. Para él yo seguía siendo su mujer, o sea, seguía siendo de su propiedad
He quedado con secuelas en el cuerpo. Camino, gracias a Dios, pero la pierna no quedó bien. Además, tengo dolores y no puedo hacer fuerza. Cuando comencé a venir al centro me costaba un montón. Me asustaba el ruido de los autos, escuchaba uno y me daba miedo, quería volver rápido a mi casa.
¿Vos venías advirtiendo el maltrato que sufría tu mamá?
Ludmila: –Escuchaba cuando él peleaba con ella y siempre era yo el problema. A él le molestaba que viva con ellos. Una vez estaban peleando y me echó. Le contesté mal porque él no paraba de insultarla y él amenazó con pegarme. Esa vez ella decidió irse. Pasaba seguido que nos echaba y nos iba a buscar. Y teníamos que volver porque él la amenazaba.
En una ocasión nos fuimos a lo de mi tía, pero ella tuvo que volverse por las amenazas. Yo me quedé un poco más con mi tía pero volví también porque temía que le pasara algo a mi mamá. Vivía con miedo de que le hiciera algo. Cuando a mi mamá le pasó esto yo no estaba.
-¿Te acordás de ese día?
-Sí. Me levanté y escuché que se peleaban, y yo tenía el presentimiento de que iba a pasar algo malo. Ese domingo me quedé a comer con la exsuegra de mi mamá y estaba con ella cuando avisaron del accidente. Apenas me enteré les dije a la madre y a sus hermanos que él lo había hecho a propósito, que él la había intentado matar.
-¿Cuándo empezó a agravarse la violencia?
Ludmila: –Empezó todo cuando nos fuimos a vivir a la casa de él. Ella vendió la casa que teníamos y se mudó a vivir con él. Se empoderó porque no teníamos a donde ir, nos podía echar y eso hacía.
Verónica: –Yo ya le había dicho a ella que tenga su bolsito preparado, entonces tenía una mochilita con su documento, la partida de nacimiento y algunas cosas importantes. Cuando salíamos rápido sabíamos que teníamos que agarrar ese bolso. Porque en el momento que él nos echaba no nos dejaba sacar nada. Decía que era todo de él.
-¿Te dabas cuenta que vivías con tanto miedo?
-Él me psicopateaba. Yo iba a lo de mi tía o a lo de mi hermana en la camioneta y él amenazaba con ir a buscarme a los tiros. Me decía, “mirá que están tus sobrinos, tus primos, hasta que lleguen a defenderlas yo ya los maté a todos”. Y a mí me daba miedo y me decía por qué voy a hacer que ellos pasen esas cosas, entonces me volvía. Siempre me hacía lo mismo, yo volvía, él cambiaba un tiempo y volvía a lo mismo. Me agarraba del cuello, de los pelos o me amenazaba con hacerle algo a ella.
-¿En esa época vos podías hablar con alguien de lo que te pasaba?
–No. Solamente con la mamá de él. Pero ella le tenía más miedo que yo y me decía que lo entendiera, que ya le iba a pasar. Es más, me empecé a alejar de todo el mundo.
-Cómo fue ese proceso de acomodar tu vida, con quiénes contaste para ir reconstruyéndote?
–Con mi hija que siempre estuvo a la par mía y nunca me dejó. Pasó de ser una adolescente a ser una enfermera para mí, era como mi pilar. Tampoco mi mamá, mi padrastro ni mis hermanos me dejaron. Y el centro me ayudó mucho. Entré a casos críticos, primero estuve en Lomas y luego me vine para La Matanza, me ayudaron muchísimo esos espacios.
-¿Qué hacías en el centro?
-Mucho trabajo grupal, donde te encontrás con un montón de mujeres que pasaron lo mismo o peores cosas que yo. Nos contenemos unas a otras. Una vez que logré rearmarme, puse un kiosco, armé una feria en mi casa y luego un merendero. Hace seis años hago la fiesta del Día del Niño en el barrio.
-¿Pudiste tener otra pareja?
–Si, estoy en pareja y me casé hace un año. Él me conoció en muletas, apareció en mi vida y estuvo mucho tiempo detrás mío. Me costó mucho volver a formar una pareja, pero él es totalmente diferente. O sea, él no es violento. Lo adoro, pero me costó un montón. Te cuesta porque hay cosas que una no las olvida. La pasé muy feo y por eso me costó confiar en un hombre, dejar de tener miedo o dejar de estar a la defensiva.
-¿Cómo fue para vos Ludmila tu proceso después de haber vivido esto?
Ludmila: –Y todavía me cuesta, me duele todo lo que pasé más por ella por cómo la veía. Me cuesta olvidar o sanar todo esto. Hablaba con mis amigas, les contaba algunas cosas pero no todo. Siento que todavía no me desahogué, y a veces me duele cuando recuerdo todo.
-¿Sentías miedo por vos?
Ludmila: – No, por mi mamá. Nunca temí que me hiciera algo a mí. O sí, tenía miedo pero lo enfrentaba igual. A veces me acostaba llorando porque decía “¿por qué mi mamá está aguantando todo esto?” Ella siempre fue de carácter fuerte pero aguantaba todo esto.
¿Hablás con otras mujeres que sufren esta violencia?
Vero:- Les hablo, les aconsejo, les digo lo que pasé en su momento, cómo me encerré y no busqué ayuda. Trato que entiendan que siempre hay alguien que te puede ayudar, que podés salir, que no estás sola como ellos te hacen creer. Porque veo que él me hacía creer que yo no tenía nada, y yo tengo todo. Mi familia estuvo siempre conmigo. A las mujeres que se acercan con este problema les digo que no es como ellos dicen. Porque todos dicen lo mismo, te psicopatean con lo mismo y te aislan de tu entorno familiar para que te sientas sola. Eso hizo él conmigo.
¿Cómo fue el papel del Estado y de la justicia en tu experiencia?
–Cuando me citaron para el tema del juicio fui con mi marido y vecinos pero no los dejaron entrar y tuve que entrar sola. Nunca había vivido esa circunstancia y ahí me empezaron a contar cómo iba a ser un juicio oral, hicieron como un simulacro y terminé firmando por un juicio abreviado. Sentí que me intimidaron para que firme. Me dijeron que iba a terminar siendo mi palabra contra la de él que no había testigos. Cuando salí lloré mucho. El caso quedó en tentativa de femicidio agravado por el vínculo. A mí me jodió la vida. Hoy yo no puedo trabajar ni en una casa porque no puedo hacer fuerza, no puedo agarrar un secador de piso, no puedo baldear. Y él apenas salió volvió a ir a mi casa.
El centro sí hace todo para acompañar, yo la llamo Nancy (Méndez) a su número personal a cualquier hora y ella me atiende. Lo mismo con Ceci (Vergara). Pero lo que es justicia y el Estado pienso que falta.
En tu caso Ludmila, ¿se habla entre los chicos y chicas de tu edad sobre la violencia de género o vinculos violentos?
Ludmila: Sí. A una amiga le pasó esa violencia hace poco. Me llamó llorando porque el marido le había pegado, y la ayudamos con mi mamá, la trajimos a vivir a mi casa. Ella no volvió más con él, pero quedó con mucho miedo. Alrededor mío pasa pero a mí no porque lo tomé como experiencia para nunca permitir tener una pareja así.
-¿Qué opinan de las marchas y de los movimientos feministas?
–Sirven porque las mujeres se sienten contenidas, sienten que no están solas. Sobre todo porque los agresores te hacen creer que estás sola, que nadie te va a apoyar. A nosotras nos hizo creer eso en ese momento y realmente nos sentíamos muy solas y fue muy feo.
Hay políticos, como por ejemplo, el presidente de la nación, que niegan que existen los femicidios y la violencia de género, ¿por qué te parece que dicen eso?
Vero: Cuando escucho eso me da impotencia, más en mi caso, porque yo lo viví. No tenía a donde ir o si había algún lugar donde me podían llevar, no conocía este centro. Me da mucha impotencia que no sepan que existe porque realmente hay mucha, mucha violencia.
Ludmila: –Dicen eso porque no lo viven o no conocen los casos de todas las mujeres que sufren eso. A mí también me da impotencia que piensen así.
-¿Qué sentí cuando te enterás de un femicidio?
–Que podría haber sido yo. Lloro por cada una de las chicas como si las conociera de toda la vida. A todas les digo que no están solas, que sí se puede salir. Yo pude y estaba casi inmovilizada, me salí, hice un montón de cosas y quiero seguir haciendo más.
De acuerdo a la última información proporcionada por el Observatorio Adriana Zambrano de la Casa del Encuentro, se produjeron 278 intentos de femicidios en la Argentina.
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