Dos historias de víctimas de intento de femicidio en primera persona. La hija de una de ellas relata su experiencia también como testigo. La vida en comunidad, y la necesidad de tejer redes con otras.

Vive en Barrio Garrote en el Municipio de Tigre. Tuvo cinco hijos (entre 21 y siete años) en los 20 años que estuvo con su ahora expareja. Se juntaron a los 13 de ella y a los 14 de él. El año pasado, cuando las situaciones violencia que comenzó a sufrir Juliana fueron escalando, se separaron y viven a 20 cuadras de distancia dentro del mismo barrio. Cuando habla, Juliana llora y de a ratos, parece disculparse por sentir miedo. Repite una y otra vez que no puede ser que él haya cambiado tanto, que ahora la acuse de estar con otros hombres, que la golpee, que haya intentado abusar sexualmente de ella y que incluso la quiera ver muerta.
En los últimos seis meses, de acuerdo a la última información proporcionada por el Observatorio Adriana Zambrano de la Casa del Encuentro, se produjeron 278 intentos de femicidios en la Argentina. De ellos, 130 fueron en manos de parejas y 137 de exparejas. En casi el 30% de los casos estaban presentes lxs hijxs, en su mayoría niñxs y adolescentxs.
En Argentina en 6 meses 121 víctimas fatales de violencia de género.
— La Casa del Encuentro (@Casadelencuentr) July 1, 2026
Del 1°/1 al 30/6/2026, hubo 105 femicidios y vinculados de mujeres y niñas, 5 transfemicidios y 11 femicidios vinculados de varones adultos y niños, según el Observatorio de Femicidios “Adriana Marisel Zambrano” pic.twitter.com/55fVwld5jt
El gobierno de Javier Milei transita su tercer año sin hacer absolutamente nada para prevenir y erradicar la violencia por motivos de género. Todo lo contrario. Desde el mismo Poder Ejecutivo se intentó instalar que los femicidios no existen y que, de existir, fueron ellos quienes lograron que la cifra descendiera. De ninguna manera eso podría haber pasado cuando el mismo Estado desarticuló los programas existentes, vació todas las políticas y propagó el odio hacia mujeres (feministas sobre todo).
“Cuando escucho decir que no existe la violencia de género me da impotencia. Más en mi caso, porque yo lo viví y en ese momento yo no sabía que existía un centro. No tenía a dónde ir y no sabía si había algún lugar donde te pueden acompañar. Pero sobre todo me da mucha impotencia que no sepan que sí, realmente hay mucha, mucha violencia”, dice Verónica sentada en una de las salas de un centro comunitario de Virrey del Pino, La Matanza. A su lado, su hija Ludmila agrega: “es porque ellos no lo viven o no conocen los casos de todas las mujeres que la sufren, pero da mucha bronca e impotencia que piensen así”.
Verónica es sobreviviente de tentativa de femicidio. En 2019 quien entonces era su pareja intentó matarla chocando la camioneta donde iban juntos contra un poste. Chocó dos veces. Llevaban tres años juntos y ella siente que fue “en el último tiempo” que él se puso violento. Ludmila, su hija, quien entonces tenía 14 años recuerda otra cosa. “Yo escuchaba cuando él peleaba con ella. A él le molestaba que yo viva con ello. Una vez estaban peleando y él me echó. Yo le contesté mal porque él no paraba de insultarla. Cuando decidimos irnos las dos, nos siguió con la camioneta. Nos echaba y nos iba a buscar. Y teníamos que volver porque él la amenazaba”. Para ese entonces, Ludmila se fue a vivir con su tía pero decidió regresar a la casa con su mamá porque tenía miedo que él la mate.
Juliana dice que su agresor era un excelente papá y un excelente esposo, pero que el consumo lo perdió. Trabajó muchos años instalando pistas de hielos en eventos, en el país y afuera pero “de golpe y porrazo” dejó ese empleo. Ella comprendió que estaba cansado de estar afuera y de perderse momentos de su familia. Pero notó que él comenzó a consumir, primero los fines de semana y luego todos los días. Dejó de trabajar y empezó a robar cosas de su propia casa para seguir consumiendo.
“Cuando se le acababa la plata venía a la madrugada a pedirme plata para seguir tomando. Yo tenía apenas para que coman los chicos y no le daba. Se iba re enojado pero después empezó a llevarse las cosas de su casa”, recuerda Juliana. En esa época ella trabajaba en un shopping, en el sector de limpieza, pero tuvo que dejar el trabajo para cuidar a sus hijos.
Después de eso, Juliana decidió perdonarlo segura de que él podía cambiar. “Una dice no lo va a hacer más, es el papá de mis hijos, llevamos una vida juntos. Pero volvió a hacerlo de vuelta y esta vez comenzó a pegarme”, relata. Esa primera vez, la buscó de la casa de la mamá de Juliana donde ella, cansada de esperarlo toda la noche se había ido con una de sus hijas a compartir unos mates. “Me cazó de los pelos, me dio una piña y me gritó ‘Puta de mierda, no dormiste en casa’”. La segunda vez, recuerda Juliana, fue en plena calle. Se le vino encima y empezó a sacarle la ropa buscando plata en el corpiño. La tercera vez se metió en la casa en plena madrugada armado con un cuchillo y quiso tener relaciones sexuales con ella. Ahí fue cuando decidieron irse a lo de su mamá, cansados de padecer los ataques. “Cuando volvimos, se había robado toda la instalación de cable, me sacó ollas, acolchados. Me sacó todo: ropa de los chicos, calzado, platos, cubiertos”.
Para ese momento, Juliana ya trabajaba en la ludoteca de una ONG. Las profesionales del espacio advirtieron que estaba pasando un mal momento y le brindaron el acompañamiento para que pudiera denunciar.
A Verónica recomponerse del choque le llevó un mes internada, pasó seis meses en cama hasta que pudo volver a caminar. Su hermano le cedió un terreno para que viviera allí junto a su hija.
“Me quedé sin nada porque la familia de él no me quiso dar nada. Mi hija y yo nos quedamos con la ropa que teníamos puesta y nada más”, explica. Pudo rearmar su vida y se casó, pero cuenta que quedó con miedo durante bastante tiempo. “Me costó porque no me gustaba el ruido de autos, escuchaba un auto y me daba miedo, quería volver rápido a mi casa”.
Al salir del hospital, Verónica recibió contención en el Centro Popular de la Mujeres, un centro de atención y prevención a la violencia de género cuya referente es Cecilia Vergara. Ella y Nancy Méndez, referente de otro centro, aparecen en el relato de Verónica constantemente.
Su agresor estuvo preso un poco más de tres años después del ataque. Desde la cárcel la llamó muchísimas veces. “Él decía que yo seguía siendo de él”, expresa. No se acuerda de la fecha pero sí que la citaron a la Justicia para una audiencia en donde tuvo que ingresar sola. Allí la desalentaron para ir a un juicio oral, que es lo que ella quería. Terminó firmando, mientras lloraba, por un juicio abreviado y finalmente su expareja salió en libertad.
“Cuando salió fue a mi domicilio, pasó con un revólver. Mi hija lo vio, lo reconoció e hizo como que me iba a tirar. No me llegó a tirar porque yo estaba con una vecina. Ahí los mismos vecinos lo corrieron. Y después de eso ya no supe más nada de él”.
En su nueva casa, Verónica puso un comedor que ahora no funciona y asiste al centro de la mujer de Virrey del Pino, “a las mujeres que me hablan y me dicen sus problemas les digo que no están solas”. Juliana también acompaña a otras mujeres. Durante la charla contó angustiada que una de las chicas que trabaja con ella está embarazada y su pareja además de agredirla le robó todo lo que tenía preparado para el bebé. “Le digo que denuncie pero sé que es difícil hacer todo ese proceso”. «
Juliana lamenta no haber podido participar de la última marcha de Ni Una Menos en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
«Cuando me entero de los femicidios me duelen un montón ,siento que yo podría estar ahí. Pienso que a él le di los mejores años de mi vida y él tiró todo. Pero me parece importante ir porque te encontrás con otras mujeres, y aparte sentí que debía hacerlo por Agostina (Vega) y para no estar solas».
Verónica también insiste en la idea de no estar solas. «En las marchas las mujeres se sienten contenidas, que no están solas, más que nada. Los agresores te hacen creer que sí estás sola, que nadie te va a apoyar. A nosotras nos hizo creer eso en ese momento y realmente nos sentíamos muy solas y feo. Y que sí se puede salir, porque yo pude y estaba casi inmovilizada y me salí, hice un montón de cosas y quiero seguir haciendo más. Cuando me entero de algún femicidio lloro como si las conociera a las chicas. Por eso hay que hablar, yo no le contaba a nadie lo que vivía un poco por vergüenza, cuesta entender que te están psicopateando».
Ludmila tenía 14 cuando su mamá sufrió el intento de femicidio. Recuerda absolutamente todo, más aún del día del intento de femicidio. «La exsuegra de mi mamá me había invitado a almorzar. Después cuando llamó él para decir que habíamos tenido el accidente les dije a ellos y a su familia que estaba segura que él la había intentado matar», detalla a Tiempo.
Dice que todo empezó cuando se fueron a vivir a la casa de él. «Cuando ella vendió la casa que teníamos y se mudó a vivir con él. Ahí se empoderó de que no teníamos otra casa. Como que se empoderaba de que nos podía echar y todas esas cosas», recuerda.
Ella y su mamá tenían un bolsito armado por si tenían que salir rápido de la casa. «Hoy me duele todo lo que pasé pero más me duele por ella, por cómo la veía, y todavía me cuesta olvidar o sanar todo esto. Sentía mucho miedo más por mi mamá por mí, sabía que a mí no me iba a hacer nada pero a ella sí», afirma.
Hace poco, una amiga atravesó una situación de violencia y Ludmila la llevó a su casa para ayudarla, pero en aquel momento, era más difícil. «Hablaba con mis amigas, les contaba, pero hay cosas que no podía contarles. Todavía me cuesta a mí, siento que no me desahogué y a veces me duele cuando recuerdo todo».
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