El rapero peruano-argentino repasó sus discos, estrenó temas y confirmó su crecimiento tras telonear a María Becerra en River. Groove, denuncia social y una banda afiladísima en más de hora y media sin respiro.

Niceto fue el epicentro de una de las propuestas más singulares y contundentes del under. Fernando Iván Terrones Neifert, más conocido como Willy Bronca, rapero y baterista peruano-argentino, tomó el escenario principal en un momento clave de su carrera: recientemente elegido como telonero de María Becerra en el Monumental, una experiencia que marcó un “antes y un después” en su visibilidad. Entre la consolidación de su banda, el golpe de efecto que generan sus canciones y la promesa de un tercer álbum en camino, el show funcionó como confirmación.
Nacido en Perú y criado entre la Capital y el Conurbano, la historia de “El Broncas” es la de una doble pertenencia que se traduce directamente en su música. Su arte nació como un canal para la bronca contra el sistema –de ahí su nombre artístico–, pero evolucionó hacia una propuesta más amplia y poética. Sus letras, de narrativa barrial y fuerte carga social, nunca abandonan la denuncia, aunque se apoyan en una base sonora sorprendentemente rica y ecléctica.
Hay cierta justicia poética en que hoy exista un trovador de su envergadura, después de un lustro de individualismo patológico entre autotune y poses. Bronca descarga su energía directo a las canciones y parece levantar la bandera de muchos que “están en la misma”.
El show comenzó a las 21 con una entrada contundente: sonó “Me re sirve”, junto a Nashy-Nashai, y durante más de una hora y cuarenta el ritmo no aflojó. Hubo freestyle, momentos de jam y hasta breakdance en el recinto de Niceto Vega 5510.
La banda que lo acompañó casi toda la noche estuvo integrada por Mailén Eliges en batería (cuando Bronca se sentaba él mismo), Erika BlueWaters en bajo y coros, Nuni Capano en teclados, JP Sardá en guitarra e Inti García en saxo. Del repertorio de Es un montón (2020) y H.A.R.T.O. (2022) sonó casi todo, con estrenos e invitados especiales.
Quien lo haya visto por primera vez se fue con la sensación de presenciar un show muy logrado: un cantante que encontró el equilibrio entre lo que quiere decir y cómo decirlo. Porque eso es Bronca: una voz necesaria en un mundo urgente que casi nunca deja espacio para lo importante.
Ningún texto solemne podría hacerle justicia a lo que pasó el sábado en Niceto. Si la pregunta es cantidad o calidad, el músico eligió ambas: tiró toda la carne al asador y el resultado fue contundente.
De otro modo sería imposible unir los universos de “Barro tal vez”, de Luis Alberto Spinetta, con la denuncia iracunda de su freestyle. Lo que lo define es esa fusión. Lejos de encasillarse en el rap tradicional, su sonido es un “universo en expansión” donde conviven jazz, soul, funk y guiños al folclore latinoamericano, además del rock nacional y la cumbia. Esa mezcla, ya presente en Es un montón y H.A.R.T.O., lo convirtió en una voz original y respetada, capaz de atraer a artistas como León Gieco, Miguel Cantilo, Miss Bolivia, Ivonne Guzmán y Julieta Laso, con quien versionó “La marcha de la bronca”.
En vivo, la propuesta adquiere una dimensión física e hipnótica. Bronca no solo rapea: asume el doble rol de MC y baterista, marcando el pulso mientras canta, una habilidad poco común que maneja con soltura.
Lo del sábado fue la puesta en escena de un artista en plena maduración que, tras conquistar audiencias masivas, vuelve a su territorio con nuevas herramientas y la promesa de material inédito, trabajado junto a Catriel Ciavarella (Divididos) y Juano Sardá. En Niceto, la calle, el conservatorio, la protesta y la fiesta se fundieron en un mismo ritmo, algo que se percibe con claridad en “No hay plata”, una de sus canciones más resonantes.
Su figura es un rompecabezas incómodo para los puristas. ¿Rapero? ¿Baterista virtuoso? ¿Poeta social? La respuesta más honesta es la más simple: hace lo que quiere. Mientras el indie se debate entre lo etéreo y la pose combativa, él carga con una banda y convierte cada show en una demostración de fuerza física y musical.
Al final, su mayor victoria no es vender entradas, sino seguir siendo ese tipo incómodo, ácido y visceral en escenarios cada vez más grandes. En la era del contenido digerible, Willy Bronca sirve un plato picante y complejo.
El concierto terminó convertido en fiesta y en demostración de virtuosismo colectivo sin perder el mensaje incómodo, esa reflexión que interrumpe el baile solo para darle más sentido. Willy Bronca y su banda no ofrecieron simplemente un recital: presentaron una tesis en vivo, una prueba de concepto con bajo, batería y saxo. En un panorama donde la indignación a menudo se diluye en pose o en producción, ellos entregaron rabia trabajada con precisión, conciencia de clase convertida en groove contagioso.
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