Tras una década de trabajo, el INTA San Pedro logró un hito: colocó sus primeros duraznos en el mercado

El organismo nacional logró que sus variedades Tehuelche, Chamamé y Rosalinda den el salto comercial, tras años de evaluación y estudio. Tienen características locales únicas.

Tehuelche, Chamamé Rosalinda son los nombres de las tres nuevas variedades de durazno desarrolladas por el INTA San Pedro después de más de una década de trabajo técnico, ensayos y decisiones productivas de alto riesgo, que ya comienzan a verse en el mercado.

Tehuelche INTA, Chamamé INTA Rosalinda INTA representan un hito para la ciencia agrícola de la Argentina, a pesar del feroz ajuste y desmantelamiento del Gobierno nacional sobre el organismo.

Estos duraznos son también el punto de llegada de un largo proceso de mejoramiento genético que ahora empieza a traducirse en fruta disponible para el consumidor.

Como siempre en ciencia, la historia no empieza en la góndola o la persona que utiliza el producto, sino mucho antes, en parcelas experimentales y en la articulación con productores que decidieron apostar por materiales nuevos, adaptados a las condiciones locales y con atributos diferenciales en colortamaño y momento de cosecha.

Duraznos con identidad local

Las tres selecciones forman parte de un registro de 30 cultivares de duraznos desarrollado por el INTA San Pedro y presentado en 2017.

Los nombres no son casuales: evocan bailes populares, comunidades originarias, ríos y figuras femeninas relevantes de la Argentina, reforzando una identidad nacional en un cultivo históricamente dominado por genética importada.

No es solo durazno: INTA San Pedro también desarrolló, con una aptitud de conservación superior a 47 días, la primera variedad de nectarina del país y una de las pocas a nivel mundial, con capacidad para soportar un largo período en condiciones refrigerada para su exportación.

Lo lograron tras 11 años de mejoramiento genético.

“En fruticultura, el desarrollo de una variedad hasta su registro demanda al menos 15 años”, explicó a Infocampo Gerardo Sánchez, investigador del INTA San Pedro.

“Hoy la biotecnología permite anticipar comportamientos de la fruta desde su composición molecular, pero aun así, para que una variedad llegue efectivamente al mercado, hacen falta varios años más”, expresó el referente del INTA.

Ese tiempo extra depende tanto de la genética como de la adopción productiva: sin productores que implanten los materiales, la innovación no sale del campo experimental.

El paso clave

La inserción comercial de estas variedades de durazno comenzó a tomar forma en 2021, segundo año de pandemia, a partir de un convenio de cooperación del organismo (en ese momento bajo la gestión anterior) con la Cámara de Productores y la Cámara de Productores y Empacadores de la zona norte de Buenos Aires.

A partir de ese acuerdo, se invitó a los productores a probar los nuevos materiales en condiciones reales de producción.

“Cuatro empresas instalaron cinco plantas de cada uno de los 30 cultivares para evaluar su comportamiento, y otras dos optaron por una modalidad que permitía implantar montes a escala comercial”, detalló Gabriel Valentini, investigador del INTA San Pedro.

Hoy, el 80% de las variedades de duraznero cultivadas en el noreste bonaerense corresponden a materiales introducidos, evaluados o registrados por el INTA San Pedro. El objetivo actual es renovar ese abanico, incorporando cultivares que sintetizan décadas de aprendizajes en la región.

Primera cosecha

El productor que hoy está llevando al mercado duraznos Tehuelche, Chamamé y Rosalinda no es uno de los más grandes del sector.

Se trata de alguien que debía renovar su monte frutal y decidió apostar por variedades nuevas, priorizando atributos clave para el negocio: fechas de cosecha estratégicas, buen comportamiento de planta y, sobre todo, fruta de mayor color y tamaño.

“Para que una nueva variedad llegue al mercado lleva tiempo –explicaron–. Primero el productor debe elegirla; después hay que producir las plantas, que no existen en stock y se generan según la superficie a implantar; y una vez en el campo, hay que esperar entre dos y tres años para obtener la primera cosecha”.

Ese recorrido sin pausa permite hoy encontrarse con duraznos distintos, desarrollados localmente y pensados desde el inicio para responder a las demandas del mercado y de la producción. Innovación genética y producción, en un país donde la ciencia es víctima de ataques oficiales.

Como relató Tiempo este domingo, dando cuenta de las decenas de municipios del conurbano que se están moviendo para frenar la venta de tierras del INTA AMBA, de los 6700 trabajadores que había en el INTA, unos 880 se dieron de baja por retiros voluntarios, cesantías, jubilaciones o renuncias. El Gobierno quiere recortar 1700 puestos más. A principios de marzo se prevé una nueva apertura de retiros voluntarios.

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