“La gramática se parece mucho al boxeo”, escribe Roberto Arlt en una de sus aguafuertes, y ese combate sale al cuadrilátero de la literatura con su primera novela El juguete rabioso, publicada en la editorial Latina por primera vez en 1926, hace 90 años, y que acaba de ser reeditada por el sello Bärenhaus.

Aquella Buenos Aires –lejos de la ilusión de pureza que se pretende incluso para la de hoy– estaba envuelta en “jergas”, mezclas provenientes de la fuerte inmigración de esos años: italiano, idish, francés. Arlt crece en el barrio de Flores, en el seno de una de esas familias de clase media baja sin acceso a la “alta cultura”, y sus personajes y su literatura surgen de ese medio. Transforma la escasez en virtud por medio de la prepotencia, el desenfado y la convicción. Se planta en el centro del ring contra un lenguaje forjado “para exhibiciones pero que para pelear no sirve”. No someterse a un leguaje académico para pocos es una de sus constantes. Enfrenta a un castellano de laboratorio, otro proveniente de las clases populares y en esta acción emerge –junto y entremezclado– la voz de todo un mundo desencantado y marginalizado, las clases medias y populares de los años veinte y treinta.

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Las lecturas tempranas de un escritor marcan su posterior escritura, Julio Cortázar en el prólogo a las obras completas de 1981 se pregunta: “¿Qué leíamos Jorge Luis Borges y yo a los catorce años? La pregunta no es gratuita ni insolente (…). Simplemente, cuarenta años después, dijo lo que jamás dijeron y ni siquiera pensaron muchos escritores o lectores, del grupo de Florida cayeron sobre los libros de Arlt con el fácil sistema de mostrar tan sólo sus falencias y sus imposibilidades.” Arlt, lejos de repudiar esas lecturas, las abraza y las convierte en el mismo combustible literario de sus personajes.

En su tiempo, visto por los exponentes del statu quo literario, lejos estaba de ocupar la posición de preponderancia de hoy: “Arlt no era un escritor sino un periodista, en la acepción más restringida del término. Hablaba el lunfardo con acento extranjero, ignoraba la ortografía, qué decir de la sintaxis”, escribía José Bianco, aún en 1961, en un ensayo publicado por Casa de las Américas. Pero ya en las “Palabras de autor” de Los lanzallamas (1931), el escritor de Flores se había referido a ese tema: “Se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias.”

De ese cosmos popular proviene Silvio Astier –personaje central de El juguete rabioso– que como don Quijote mide su conducta de acuerdo con los libros y folletines que ha leído. En la primera parte su primera gran incursión en el crimen se da con El club de los caballeros de la medianoche, estimulado por el espíritu de los bandoleros que leía en los folletines, como Rocambole. Así, tres adolescentes asaltan nada menos que la biblioteca de una escuela para vender los libros, metáfora de ese acceso prohibido a la educación, la cultura y el dinero. El valor simbólico del crimen apunta al acceso al mundo “civilizado”. El juguete rabioso narra la contracara del relato oficial de una educación igualitaria, de una sociedad inclusiva o, al menos, móvil.

Ricardo Piglia encuentra un parangón para El juguete rabioso: “parece una versión perversa de Recuerdos de provincia. Arlt supo ver en la desigualdad del acceso a los bienes culturales el modelo concentrado de la injusticia política (a la inversa de Sarmiento que veía en la disposición de los bienes culturales la solución de la injusticia política).” Y concluye, “El juguete rabioso es una novela política en ese sentido: contraria a toda ilusión liberal y a cualquier modelo ‘progresista’ de acceso libre a la cultura”.

Una novela política porque muestra no sólo en la propia escritura con un vocabulario y lenguaje popular –y ciertos baches ortográficos, gramaticales ya mitificados– sino, además, carente de “buen gusto literario”, como escribió José Bianco. Involuntario portavoz de aquellos que ven lo cultural como un bien natural de cierta clase y no como producto de una realidad socioeconómica problemática y heterogénea. Sin embargo, lejos de ser un escritor despreocupado por el lenguaje, Arlt se destaca por su interés, discute ferozmente desde las páginas de los diarios, y la misma densidad de su literatura lo evidencia. La llamada rabia de Arlt se va afilando en un estilo cada vez más personal y siempre apuntando conscientemente a no ser un autor para minorías sino que le “habla” al pueblo en su lenguaje.

Hace tiempo que Arlt, ese apellido breve y consonante, ha irrumpido de manera definitiva en el circuito literario. Se ha vuelto un autor de lectura imprescindible. Pero no por haber heredado una biblioteca familiar, sino porque los propios lectores y escritores lo mantienen vigente. “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula”.

Ricardo Piglia es tajante, “Arlt lisa y llanamente inaugura la novela moderna argentina. Porque tiene una decisión estilística nueva, quiebra con el lenguaje de ese momento. Es el primer novelista argentino, y el mayor, por donde se lo mire.”