Elvio Gandolfo: la literatura, su único domicilio estable

Por: Tomás Villegas

Publicado por la editorial cordobesa Caballo Negro, el libro de Gandolfo abarca un conjunto de ficciones que van de 1990 a 1971 en las que puede identificarse claramente la marca de identidad de su escritura.

El narrador, poeta, traductor y crítico Elvio Gandolfo nació en Mendoza en 1947; al año, sus padres se trasladaron a Rosario; antes de los treinta, se mudó a Montevideo por un breve lapso; volvió más tarde al país y tuvo que exiliarse, al inicio de la última dictadura cívico-militar, en la localidad uruguaya de Piriápolis. Desde 1994 alterna su estadía entre el país oriental y la Argentina. Más allá de los viajes, traslados, desplazamientos, mudanzas, cualquier lector iniciado sabe que la literatura se le ofrece a Gandolfo como el único domicilio verdaderamente estable.

Animal literario, Gandolfo ha dejado su marca en editoriales, en revistas y diarios de la más diversa factura: de Página 12 a La Nación y de Superhumor y V de Vian a Noticias. Cofundó el suplemento de Cultura del diario El país, de Uruguay, y, desde finales de los ´60 hasta la emergencia del Terrorismo de Estado a mitad de los ´70, dirigió junto a su padre Francisco la publicación rosarina El Lagrimal Trifurca, en la que se animó a sus primeras traducciones.

Luego de reunir sus cuentos en Vivir en la salina (2016), la editorial cordobesa Caballo Negro publica Caminando alrededor y otras novelas breves, conjunto de ficciones que parten de 1970 hasta llegar a 1991 y que rubrican, tanto de manera autónoma como entrelazada, la inconfundible firma y el tono gandolfianos.

Gandolfo, señas de identidad

En “La reina de las nieves”, a pesar de la rutina de su jubilación, Felipe acepta, sin dilucidar del todo por qué, el encargo de un antiguo patrón. Debe regresar después de veinte años a la ciudad en busca de la hija de aquél. Detective errático, el misterio a resolver probablemente encierre menos cuitas de extraños que personales.

En “Caminando alrededor”, el clima de violencia política que se insinuaba en una sola línea en el texto anterior se explicita aquí en titulares de diarios, personajes subversivos y la policía persecutoria de siempre.

 La distopía, diseñada económicamente por el escritor (residuos tóxicos, un trabajo burocrático, repetitivo, absurdo) encuentra en un enorme edificio derruido, sin electricidad en los pisos superiores, y profundamente agrietado, la metáfora perfecta de un hombre y de un país que se está caldeando para darle cauce al Terror de la última dictadura; edificio que habita (que habita momentáneamente, como suelen hacerlo los antihéroes de nuestro autor) un protagonista dividido por la pérdida de su ex mujer y un presente que no sabe cómo abordar.

En “Escamas, piel”, Gandolfo hace gala de una sensibilidad exquisita. Por la vida de Berti, un empleado de ferretería, se cruza una joven que acapara su interés. Luego de idas y venidas, una relación comienza a tejerse para que el hombre descubra, paulatinamente, que su enamorada convive –con ella, dentro suyo– con una criatura terrorífica.

Lejos, de cualquier manera, de recurrir al tópico de la femme fatale monstruosa, Gandolfo pinta un cuadro de pareja sin igual: es que la joven es una reticente prisionera en su propio cuerpo, y Berti, en lugar de desaparecer aterrado, intenta, como puede, sobrellevar un vínculo que, sabe, está destinado al fracaso. “Reté Carótida”, que puede leerse en serie con “Escamas piel”, y “El instituto”, publicado por el escritor antes de cumplir su treintena, componen el resto del libro.    

Muchos de los personajes de Gandolfo se encuentran vacíos y se piensan inútiles. No se trata de una virtud o una mera característica postmoderna o cínica. Algún dolor pasado o un presente anodino y carente de proyectos los empuja a la calle, a la introspección, a la contemplación vacua, a errar sin mucho sentido y a terminar indefectiblemente en bares mediocres, por lo general, por un café pasajero.

Los personajes de Gandolfo se buscan a sí mismos sin saberlo, que cavilan, aunque sin ser del todo conscientes, en reconectar con aquello que alguna vez los distinguió de una sociedad aburguesada por rituales vacuos. Terminan, así, caminando como solo se puede caminar alrededor del trauma: rodeándolo, y tanteando, desde la oscuridad privada, si hay un otro allá, afuera de la soledad.

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