“El mito del igualitarismo maoista, promovido por las autoridades del Partido durante tantos años, se estaba desvaneciendo como un sueño borroso”, escribe Qiu Xiaolong en las primeras páginas de El dragón de Shanghai, su última novela policial. Nacido en esa misma ciudad en 1953, pero con residencia en Estados Unidos desde 1988, el escritor chino se ha convertido en una suerte de lectura recomendada para los que buscan, desde la ficción, una mirada menos complaciente sobre la sociedad china contemporánea.

Si bien su saga del inspector Chen Cao ya lleva nueve títulos publicados en más de 15 idiomas, y su presencia ya es casi una costumbre en los principales festivales de novela negra, Qiu Xiaolong rechaza que lo comparen con el español Manuel Vázquez Montalbán o el sueco Per Wahloo, a quienes prefiere citar como sus referentes en el género policial. “Escribo sobre la China de hoy con todos los conflictos y contradicciones de este período de transición”, explica a Tiempo desde la ciudad de St. Louis, Misuri, en cuya universidad dicta clases.

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–En su último libro El dragón de Shangai critica la figura de Mao Zedong, a la Revolución Cultural y a la corrupción de la política china. ¿Cree que es su novela con mayor carga ideológica?

–Pienso que sí. En el comienzo de mi serie de novelas policiales, el inspector Chen era todavía un hombre idealista, que mantenía su esperanza por el sistema y creía que podía hacer alguna diferencia desde su rol de policía e integrante del Partido Comunista. Pero en El dragón de Shangai ya está desilusionado y se da cuenta de que en un sistema en el que el Partido privilegia sus intereses por encima de todo, no hay lugar para un policía serio que se esfuerza por hacer justicia. Entonces, se pone mucho más crítico que antes.

–El libro apela a la historia de corrupción del dirigente chino Bo Xilai (ver recuadro), ¿por qué eligió este caso en particular?

–Si bien se basa en el caso, la novela no es sobre esa historia en su totalidad. Es más un trabajo de ficción. Pero una de las razones que me hicieron elegirla fue que Bo era un alto miembro del Partido oficial. Y todos los detalles sucios sobre su caída hablan del hecho de que no existen controles para la extendida corrupción en un sistema de partido único.

–¿Es un libro autobiográfico sobre lo que vivió en China?

–No directamente. Cuando estudié en los años ochenta en la Escuela de Graduados de la Academia Social de Ciencias de China, Bo Xilai era mi compañero. Había muy pocos como él, que hoy están en la cima del sistema de Partido. Debo decir que no me sorprendió su forma de actuar y pensar. Recuerdo aquellos años de estudiante, cuando en una oportunidad Bo tomó prestada mi paleta de ping pong pero nunca me la devolvió. Es un detalle pequeño, pero típico de la mentalidad de los Príncipes Rojos que creían que tenían derecho a todo lo querían.

–¿Cree que su mirada crítica sobre China lo han convertido en una suerte de antítesis del premio Nobel de Literatura, Mo Yan?

–Sin dudas, soy diferente a Mo Yan. Como escritor miembro del Partido, en un momento también del ejército, y actual vicepresidente de la Asociación de Escritores Chinos, con todos los beneficios de un funcionario de esa posición, seguramente sabe qué escribir y qué no escribir bajo la sombra de la censura china. Habiendo dicho eso, también quiero agregar que no es fácil para él, un escritor que vive y escribe en China, haber escrito todos esos libros.

–¿Mantiene algún tipo de contacto con otros escritores chinos?

–Sí, claro. Conozco a bastantes escritores chinos, con quienes suelo reunirme cada tanto para debatir sobre literatura china. En 2014 escribí una pieza sobre el poeta chino Wang Xiaolong, que fue publicada en Los Ángeles Review of Books. Anteriormente, ese mismo año compartí con otros escritores chinos un panel de debate en Shanghai, donde también hice un programa en la Televisión de Shanghai sobre mi escritura en inglés.

–Si bien lo contó en alguna oportunidad, me gustaría que nos recuerde cuándo y cómo descubrió su vocación por la literatura.

–Precisamente cuento esa historia en mi próxima novela policial, Convirtiéndose en el Inspector Chen, de próxima aparición en Nueva York y Francia, pero cuya versión en español todavía no tiene fecha de salida. La historia sobre mis comienzos literarios tiene relación con una confesión pública de mi padre ciego en el hospital, que naturalmente él no podía escribir y yo debí hacerlo en su lugar. Era una especie de castigo que recibían las “clases enemigas” durante el período de la Revolución Cultural. Aquella confesión escrita debía ser aprobada por los Guardias Rojos y recuerdo que para mi fue una experiencia muy humillante, pero irónicamente también me dio seguridad para escribir.

–¿Qué es lo que quieren contar sus libros sobre la China contemporánea?

–Escribo sobre la China de hoy con todos los conflictos y contradicciones de este período de transición, pero para entender qué está ocurriendo en la actualidad, tenemos que comprender también qué ocurrió hace 35 años. Es por eso que siempre trato de escribir mis novelas desde el presente, pero siempre con una perspectiva histórica que ayude a entenderlas.

–¿Por qué eligió una saga de novelas policiales para describir a la sociedad china?

–Inicialmente, el género policial me suministró el marco para mi historia sobre la transición que hoy atraviesa la sociedad china, con una estructura de rápida resolución que me permitió introducir cualquier cosa que quisiera decir. Pero luego, descubrí que también me servía para mis propósitos de tipo sociológico. Después de todo, para un policía es realmente conveniente poder caminar a lo largo de una ciudad, golpear la puerta de cualquier casa, y explorar los problemas de la sociedad. Como habrá advertido, cada una de las historias del Inspector Chen tiene un contexto social muy específico, por lo que la escritura sobre diferentes crímenes también es sobre distintos aspectos de la sociedad. Si le parece, podría llamarlo como una “aproximación sociológica” a la ficción criminal.

–¿A qué atribuye la actual popularidad del género policial?

–En esta era globalizada, la gente quiere saber qué está pasando realmente en el mundo, indagar en el porqué y el cómo de lo que ocurre en otras culturas y países. Las historias policiales satisfacen esta curiosidad de la gente y, al mismo tiempo, también permiten descubrir el interior de sociedades desconocidas, ingresar al exótico contexto social en el que se desarrolla el crimen.


–¿Cuál es la diferencia entre su personaje Chen Cao y otros conocidos detectives de la literatura?


–Específicamente, usted puede decir que Chen Cao es el único detective de la literatura que escribe poemas durante sus investigaciones, combinando en sus investigaciones sus perspectivas de policía y de poeta. Es una tendencia que lo hace más complicado, montado en sus contradicciones. Un crítico italiano también me dijo que Chen era el único detective de la literatura que visitaba con cierta frecuencia a su madre. Tuve que explicarle que eso tenía mucho que ver con las tradiciones chinas de devoción familiar.

–Vive en Estados Unidos desde 1988, pero en sus novelas describe las calles de Shanghai y sus problemas de tránsito, como si nunca hubiera abandonado su país. ¿No teme perder en algún momento esa perspectiva?

–En la actualidad, gracias a Internet no es difícil seguir las cosas que ocurren en China. En cierta manera, mi situación es más sencilla en comparación con los escritores que viven y escriben en China, a causa de los controles gubernamentales sobre los contenidos de Internet. Por supuesto, también regreso a China con cierta frecuencia, una o dos veces al año y tengo la posibilidad de ver programas de la televisión china. Puedo hablar con la gente de China todo lo que quiero. La distancia me da la ventaja de poder observar todo de una manera más independiente, por lo tanto, más objetiva.

El caso Bao, un escándalo made in China

El caso Bo Xilai fue uno de los mayores escándalos de corrupción de la política china de las últimas décadas. El ex dirigente del Partido Comunista, miembro del Politburó y considerado uno de los 25 hombres más poderosos del país, fue condenado a cadena perpetua, en septiembre de 2013, después de ser declarado culpable de los delitos de malversación de fondos, aceptación de sobornos y abuso de poder.
Todo comenzó con Gy Kailai, la esposa de Bo, quien fue condenada por el asesinato en 2011 de Neil Heywood, un influyente hombre de negocios británico a quien le habrían pedido sacar fuertes sumas de dinero del país. Apenas trascendió lo ocurrido fue imposible tapar el escándalo. Wang Lijun, asesor de Bo y ex jefe de la policía de Chongqing, incluso buscó refugio en el consulado de Estados Unidos en Chengdu porque temía ser asesinado después de informar a Bo que tenía pruebas sobre la culpabilidad de su mujer.
A partir de esta situación, Bo fue acusado de aceptar sobornos por más de 20 millones de yuanes y malversación de unos cinco millones de yuanes de fondos estatales. También fue condenado por abuso de poder al despedir a Wang como jefe de policía, en un vano intento de frenar la investigación del asesinato cometido por su esposa.

Tanto los críticos como los seguidores del gobierno chino utilizaron la condena para sacar ventajas políticas. De un lado, hubo una natural condena a la corrupción enquistada en los máximos cargos del Partido. En respuesta, hubo un también natural reconocimiento de los resultados de las campañas anticorrupción impulsadas desde el poder.