“Mujer con velo” es una obra alucinante del escultor Giovanni Battista Lombardi. Forjada en 1869 por el maestro italiano, la escultura de la dama cubierta es hija legítima de los retratos velados del siglo XVIII. Según los aplicados críticos, el velo representa la gracia, la juventud y, al mismo tiempo, el desvanecimiento de la belleza por el irreversible goteo del tiempo. El sabio manejo del mármol blanco y la manera en que Lombardi lo moldeaba con delicadeza casi divina, logra atrapar los detalles más recónditos de la figura humana. Dicen, hasta el alma.

Una foto de la “Mujer con velo” ilustra la portada de V13, el nuevo libro de Emmanuel Carrère. El volumen editado por Anagrama reúne las crónicas que el escritor esculpió puntillosamente para la revista Le Nouvel Observateur, durante los nueve meses  -un embarazo, un año escolar- que duró el macrojuicio por los atentados yihadistas del viernes 13 de noviembre de 2015 en París. Fría autopsia: 131 muertos, 415 heridos y Francia entera traumatizada por el terror.

“El Núremberg del terrorismo” o “El juicio del siglo XXI”, titularon los grandes medios, con velo de clásica inmodestia, cuando comenzó el happening judicial en septiembre de 2021. Más prudente, el autor del fascinante Limónov echó luz sobre la importancia del proceso en la primera entrega de 7800 caracteres para L’Obs: “Centenares de seres humanos que tienen en común haber vivido la noche del 13 de noviembre de 2015, haber sobrevivido a ella o haber sobrevivido a sus seres queridos, van a compadecer ante nosotros y a tomar la palabra. Día tras día vamos a escuchar experiencias extremas de muerte y de vida, y pienso, entre el momento en que entremos en esta sala de audiencia y el momento en que salgamos, algo habrá cambiado en todos nosotros”. En V13, el maestro francés en el arte de la no ficción moldea con dosis desparejas de delicadeza y rigurosidad la cara humana del proceso. Menos Kafka y más Capote, Carrère nos devela el alma de un juicio.

Crónicas judiciales, el regreso de Carrère.
Foto: AFP

¿Y qué se espera de un juicio histórico? “Todo lo que ustedes dicen sobre nosotros, los yihadistas, es como si leyeran la última página de un libro. Lo que habría que hacer es leer el libro desde el principio”. Las palabras son de Salah Abdeslam, uno de los 14 acusados de terrorismo, el único superviviente de entre los militantes del Estado Islámico que participaron en las masacres en el teatro Bataclan, el Estade de France y los restaurantes y cafés de los Distrito X y XI de la capital gala. Carrère ata esas palabras al testimonio de Pierre Sylvain, sobreviviente del ataque en el Bataclan durante un recital de los californianos red necks de Eagles of Death Metal, donde tres pibes kamikazes abrieron fuego con sus kalashnikov antes de volar por los aires como papel picado: “Espero que lo que nos ha sucedido llegue a ser un relato colectivo”. Carrère asume el reto: leer la historia desde el principio y escribir un libro coral, que no es sinónimo de total.

La obra, dividida en tres apartados -Las víctimas, Los acusados, El tribunal- es una deriva que va de los coquetos bulevares parisinos al fastuoso juzgado, de los campos del Estado Islámico en Siria bombardeados por Francia a los barrios de migrantes musulmana de Bruselas, donde se parió buena parte de la noche demencial de París. En sus textos, Carrère teje un patchwork que recupera retazos de la vida de los verdugos, los perejiles, las víctimas, sus familiares, los abogados defensores, los fiscales severos, los héroes que ayudaron a frenar la matanza…Crónicas de amor, de locura y de muerte.

Francés maestro en no ficción.
Foto: JOEL SAGET / AFP

¿Diario de un proceso? ¿Crónicas judiciales? ¿Ensayo novelado? ¿Novela ensayada? Hace años que Carrère se sacó de encima el corsé de los géneros. Hace literatura, a secas. De la buena. Para amantes de la non fiction, V13 es un libro esencial y, sin exagerar, ejemplar.

Periodista todoterreno, Carrère no es virgen en el gremio judicial. El adversario, su ópera prima, es un delgado pero potente libro que cuenta con maestría la historia de Jean Claude Romand, un hombre que asesinó a su familia a sangre fría, un viaje al corazón del horror. En De vidas ajenas se sumerge en el dolor del duelo. En El Reino escudriñó sobre las encrucijadas de la radicalización religiosa. Cuenta Grégoire Leménager, su editor en L’Obs: “Trabajar con un periodista como Carrère es trabajar con un periodista perfecto, que tiene a gala entregar cada semana un texto impecable, perfectamente puntual, sin la menor falta de sintaxis ni el menor problema de legibilidad”. Cualidades elementales, poco frecuentes en las redacciones del nuevo milenio.

El libro fue publicado por Anagrama.

Nadia Mondeguer perdió a su hija Lamia en los atentados. Carrère le agradece su testimonio al final del libro. En el cierre de su declaración ante el tribunal, miró a los abogados defensores y les dijo: “Hagan su trabajo, háganlo bien. Lo digo sinceramente.”Nadia es migrante egipcia. Después de los ataques de 2015, siguió haciendo el trabajo de toda su vida: ayudar a sus paisanos que llegan con una mano atrás y otra adelante a Francia para forjarse un futuro. Le contó a Carrère que viajó a El Cairo en 2018. Había estado en su ciudad natal con su hija un año antes de la masacre: pasearon juntas por el parque Al-Azhar, cerca de la mezquita que es cuna del islam sunita. Se escuchaban los rezos y las respuestas al Allahu Akbar (Alá es el más grande) en el cielo dorado. Pero cuatro años más tarde estaba sola y un policía se le acercó a decirle que el parque estaba por cerrar. Carrère cierra la historia: “Sólo quedaba ella, tenía que marcharse. Nadia quería quedarse un poco más. El policía insistía, pero en lugar de obedecerle, ella empezó a contarle en árabe lo que había sucedido. Las palabras le brotaban de un modo natural, sosegado, y a medida que hablaba comprendía que contar aquello en árabe a un policía egipcio desconocido era esencial, que era lo más importante que podía hacer. Él lo comprendió también. Al final del relato, le dijo a Nadia: tu hija y los demás son shadid, mártires, y oír de la boca de aquel policía que los mártires eran ellos, no los asesinos que se atribuían esa dignidad en su manipulada y crasa ignorancia, era como si el mundo volviera a estar en su sitio.”

Una muestra: adelanto de V13

Se ha repetido muchas veces que este sería el juicio del siglo, un juicio para la historia, un juicio ejemplar. Se ha so­pesado qué marco estaría a la altura de este gigantesco anun­cio publicitario para la justicia. ¿El nuevo juzgado, inaugura­do hace tres años en la porte de Clichy, en la zona más al norte de París? Demasiado moderno, demasiado a trasmano. ¿Un gimnasio? No lo bastante solemne. ¿Una sala de espec­táculos? De mal gusto, después del Bataclan. Al final eligie­ron el venerable palacio de justicia de l’île de la Cité, entre la Sainte-Chapelle, construida por el rey San Luis, y el quai des Orfèvres, donde merodea la sombra del comisario Maigret, y, como ninguna de sus dependencias era lo bastante grande, construyeron en la sala de espera esta caja de contrachapa­do blanco, de cuarenta y cinco metros de largo y quince de ancho, sin una sola ventana, que puede acoger a seiscientas personas y ha costado al Estado siete millones de euros. Como no hay suficiente sitio para que todo el mundo entre el primer día, se ha sorteado qué periodistas serán admitidos. Los de L’Obs somos tres: Violette Lazard y Mathieu De­lahousse, que seguirán el juicio para la web del periódico, al ritmo febril del diario, y yo, que lo sigo al cómodo ritmo del magacín. Siete mil ochocientos caracteres semanales entrega­dos el lunes y publicados el martes, a la vieja usanza. Confia­mos en complementarnos. Violette y Mathieu son miembros destacados de la prensa judicial – ellos la llaman «la prensa judi»–, un gremio unido y cordial en el que abundan las per­sonalidades fuertes; ya he tratado con ellos y me alegra vol­verlos a ver. Me tranquiliza su compañía, y reciben como buenos camaradas al novato que les ponen a su cargo. Del sombrero sale una plaza para L’Obs y me la dan como rega­lo de bienvenida. Me apretujo entre el enviado especial del New York Times y el de Radio Classique. Qué locura que la Classique también envíe a alguien. Aun así, Violette y Mathieu me han avisado: la cosa se calmará pronto. Los equipos de televisión que brincan de impaciencia porque está prohibido filmar dentro de la sala van a recoger su material, el envia­do especial de Radio Classique volverá a sus sinfonías y solo quedarán los auténticos, los especialistas del crimen y el te­rrorismo; ellos lo llaman «el terror». Nuestros bancos son muy incómodos, angulosos, sin el menor tapizado. No hay pupitre ni repisa: nos decimos que va a ser penoso escribir durante meses y meses directamente en el ordenador o, como yo, en un cuaderno, tomando notas sobre las rodillas y cambiando continuamente de postura para estar lo menos mal posible. Y además estamos lejos. Lejos de ese escenario teatral que es la sala de audiencias, tan lejos que lo veremos sobre todo por las pantallas por las que se va a retransmitir. A decir verdad, es como si siguiéramos el juicio por televi­sión. Las 12.25, estremecimiento general. Custodiados por una nutrida escolta policial, los acusados entran en la sala. Ya no se ve el reflejo del cristal, ni a ellos detrás de ese reflejo. Nos levantamos, estiramos el cuello, nos preguntamos: ¿ha venido él? Sí, ha venido. Ahí está Salah Abdeslam. Es él, ese tío con un polo negro, el más alejado de nosotros, el único miembro superviviente del comando. Si está al fondo del banquillo no es porque lo hayan colocado ahí adrede para que no se le vea, sino debido al orden alfabético. Es el pri­mero de una larga serie de aes: Abdeslam, Abrini, Amri, Attou, Ayari. Un timbre estridente. Una voz anuncia: «El tribunal». Todo el mundo se levanta, como en misa. El pre­sidente y sus cuatro asesoras hacen su entrada y ocupan su lugar. Con un leve acento marsellés, el presidente dice: «Siéntense, por favor, se abre la audiencia». Ha comenzado.