El 13 de noviembre de 2017, en el Giuseppe Meazza, la selección italiana tocó fondo. Empató con Suecia y quedó afuera del Mundial de Rusia. Era la primera vez que se rompía una tradición desde 1958, un campeonato que se jugó justo en la tierra de sus verdugos. “Un Mundial sin Italia, pero sobre todo una Italia sin Mundial –escribió Massimo Gramellini en Il Corriere della Sera–. Adiós a las noches más o menos mágicas, a los espectadores con un pedazo de pizza o una cerveza, a la ilusión de servir para algo, al menos en el fútbol”. Italia, su fútbol con cuatro copas del mundo, tuvo que empezar una reconstrucción.

La transición, una vez que se fue Giampiero Ventura, la inició Luigi Di Biagio, técnico de la Sub 21. Dirigió solo dos partidos amistosos, uno de ellos contra la Argentina en Manchester. Sin Lionel Messi, la Argentina ganó 2-0. Era marzo de 2018. Dos meses después, asumió Roberto Mancini, autor del equipo que empezó la Eurocopa con dos 3-0, contra Turquía y Suiza. Lleva 29 partidos sin perder, los últimos diez sin recibir goles. Este domingo, con un lugar ya asegurado en los octavos, jugará con Gales. Le falta medirse con rivales más poderosos, pero muestra un camino. El equipo que armó Mancini le devolvió la autoestima a una patria que respira fútbol.

Si Francia asusta por esa acumulación de estrellas con cláusulas millonarias, Italia es un equipo alimentado por su liga, la Serie A. Ya no es una propiedad de los grandes, están Sassuolo, Atalanta, Nápoli y también Juventus, Inter, Roma. Hay que mirar la conexión Sassuolo del último partido: Manuel Locatelli, 23 años, por quien los grandes de Europa ya hacen cuentas, y Domenico Berardi, 26. Quizá Italia no gane la Eurocopa, no lo hace desde 1968, pero comenzó a construir una base con un estilo contracultural para la nación que inventó el catenaccio. El rock de Italia, tituló días atrás Il Corriere della Sera.

Es mucha la distancia que se ve entre la Eurocopa y la Copa América. Ver en paralelo a los dos torneos continentales de selecciones es pasar del color al sepia, y no porque haya tribunas con hinchas en uno y estadios vacíos en otro. Es el juego: el ritmo, la velocidad, los talentos individuales, las sociedades, los movimientos y, sobre todo, la precisión. El partido que jugaron ayer Alemania y Portugal fue una muestra. Los últimos tiempos, la pandemia, la imposibilidad de juntar a futbolistas que juegan lejos de sus países agrandaron esas diferencias. La excepción puede ser Brasil, parada muy arriba del resto de Sudamérica. En sus argumentos para jugar como sea y donde sea, la Conmebol tiene un punto a tener en cuenta y es que debe generar competencia para que Europa no siga escapándose más de lo que ya se escapó. Primero vimos cómo se alejaban los clubes, ahora vemos cómo se alejaron las selecciones. Se van a cumplir 20 años del último campeón mundial que tuvo Sudamérica, Brasil en Corea-Japón 2002. En Rusia 2018 las semifinales fueron europeas.

Brasil también tocó fondo con el 7-1 de Alemania en su Mundial. Siguió el tropiezo de la Copa América 2016, eliminado a manos de Perú, con Dunga de entrenador. Llegó Tite para una reconstrucción que empezó con la Sub 23 en Río 2016. Es una máquina de ganar. La última vez que perdió fue contra una selección europea: cuartos de final de Rusia 2018. La Argentina está muy lejos todavía. Tiene a Messi activado y eso hace la diferencia. También a jugadores que van encajando con buen nivel. Pero a pesar de tener buenos momentos y triunfos vitales como el de Uruguay, Lionel Scaloni todavía no termina de definir un equipo ni un estilo, que cambia a veces de un primer tiempo a otro. Contra Uruguay hubo buenas señales, picos altos de rendimiento en Rodrigo De Paul, Giovanni Lo Celso y Marcos Acuña, también en Cristian Romero y en el arquero, Emiliano Martínez.

Argentina ya no es una selección de grandes estrellas. Y ahí puede escuchar el rock de Italia. Es cierto que son contextos distintos. Una selección tiene una liga de la que puede alimentarse. La Argentina, no. Pero sí puede saber que hacer un equipo no implica juntar estrellas. La Argentina tiene una, se llama Messi, y el viernes en Brasilia dio un festival. Podés pretender que el equipo no dependa de él, pero tenés que saber que él te hace diferente. Esta selección, excepto por Messi, es una selección de jugadores terrenales. Muy buenos, pero hombres comunes.

Se puede ganar todo así. Se puede jugar todo así. Se puede jugar bien. Es junio y entonces atravesamos el recuerdo de México 86, el último paraíso del fútbol argentino. El tótem fue Diego Maradona, rodeado de esos hombres comunes. “Cuando Maradona entra en hibernación y Argentina se queda sin su lazarillo de ataque, la clase trabajadora se carga el partido sobre los hombros –escribe Andrés Burgo en el libro El Partido–. Futbolistas samaritanos y menospreciados, parias sobre los que pesará una eterna sospecha (‘Si Maradona hubiese jugado para Canadá, Canadá habría sido campeón del mundo’), casi como si fueran parásitos del prestidigitador”. Y sigue en esa descripción: “Jóvenes menores de 29 años que no son hijos de un talento sobrenatural, pero sí del esfuerzo, y también —como Maradona— de biografías agitadas”. Pasaron 35 años de ese Mundial que esta semana nos va a volver a emocionar con el mejor gol de todos los tiempos. Con Diego. Pasaron ya generaciones de grandes futbolistas. Y mucho tango y nostalgia. Eso estará siempre ahí, en la memoria colectiva. Que empiece el rock de Messi y los comunes.