El Topo caminaba por la carpeta que la Organización ponía por encima del césped para poder salir del Arena Corinthians y me miró a los ojos y, con la piedra filosofal que es la ilusión por la pelota, me dijo: “¿Y si se nos da?” Al otro día, iba a ser 9 de julio, iba a ser feriado, Argentina jugaba la semifinal contra Holanda y no cabía otra palabra en el diccionario que no fuera Messi. Todavía me acuerdo su cara, mi cara, la cara sonriente de Alejandro Sabella que un rato antes había dado una conferencia de prensa en la que se reía porque la gente pagaba 2500 dólares para ver el partido. Los argentinos estaban por todos lados en San Pablo, Brasil había perdido 7-1 y esa bestia industrial parecía una noche marplatense. Un rato después, de madrugada, un auto chocó el taxi donde estaba y Topo, Jorge López, murió. Pero vaya uno a pensar por qué la muerte, sin golpes bajos, nunca nos roba a los amigos y ahora, en Nueva York, pienso lo mismo, como si él lo estuviera susurrando.

Mascherano le dijo a Romero que se convirtiera en héroe y el arquero atajó los penales. La generación de los que nacimos en el tiempo equivocado y no pudimos ver a Diego perdíamos nuestra virginidad de finales y lo teníamos ahí: el Maracaná, Messi, Masche vuelto Superman y Lavezzi como sex toy. La de Higuaín que no fue, Palacio pegándole por arriba, Zabaleta que no llega a cerrar a Schurle y el centro para que la meta Gotze y un día en que los alemanes, como en 1990, volvían a justificar la frase de Arrigo Sacchi, que se le suele adjudicar a Jorge Valdano, de que el fútbol es un juego de once contra once en el que siempre ganan ellos.

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Messi llegaba en el mejor momento. Se bajó del avión tras ganar Champions, Liga y Copa del Rey. Apareció en La Serena, Chile. En nada, Argentina ya estaba en cuartos, jugando, en Viña del Mar, un partido insólito: llegó 18 veces y no hizo un gol, pero fue a penales. 

Vi a Jorge Messi a los empujones del estadio Nacional de Chile. Uno de sus hermanos se insultaba con un chileno. El 10, en el entretiempo, se acercaba al costado a ver qué pasaba. Habían chiflado el himno argentino y habían cantado que perdimos las Malvinas por huevones. Era un hervidero. Y la historia, resultadista, se quedó con Alexis Sánchez picando un penal en el último minuto y la conclusión de que los de Jorge Sampaoli habían sido mejores. Vi a Mascherano salir con los ojos tan rojos como si las lágrimas fueran sangre: “Quizás sea yo”, se dijo, ya dispuesto a negociar con algún dios semejante conjuro.

“Esta Copa no se nos escapa”, se repite este grupo de pibes, que se gestiona con un entrenador y una dirigencia recientemente intervenida por la FIFA, sin ningún responsable político que los comande. En el país donde salvo al 10 de Barcelona al resto de los futbolistas ni los conocen, llegaron a la final en un parpadeo, con rivales sin peso y reservando a Messi durante la primera fase. Es un equipo que no para de hacer goles: 18 en 5 partidos. El rival es, otra vez, Chile, pero ahora sin ser visitantes y ante la mirada de inmigrantes y de yanquis que ven el partido como si fuera un partido de béisbol de los Yankees en el Bronx. La sensación es clara: si ganan, será todo, y si pierden nadie sabe si los tipos volverán.

En cada desayuno de los quince hoteles por los que pasaron para llegar acá en los últimos tres junios, los compañeros y el mundo lo miran y piensan cómo se habrá levantado. Entre el juicio fiscal en España, la ida y vuelta al amistosos y los vuelos acá, Messi viajó, literal, más que Gulliver. Pero acá está: Messi está mejor que Messi. Argentina busca reventar una racha de cuatro finales de Copa América perdidas en 23 años. Pero perder nunca roba la siguiente ilusión de fútbol. En cada paso de esta cobertura, pienso en el Topo y le escucho decir la misma frase: “¿Y si esta vez se nos da?” Todos lo escuchamos.