Era el partido del morbo. Y de los millones. Se jugaba en el Parque de los Príncipes de París, por la Champions League. Pero era el duelo de los jeques: los qataríes del PSG contra los abudabíes del Manchester City. Y, además, era el choque de Lionel Messi contra Pep Guardiola, el entrenador que más lo hizo brillar.

En todo ese contexto, el equipo parisino mostró su mejor versión. Porque se trataba de una medida, una prueba de carácter después del empate inicial ante el Brujas. El local se puso en ventaja temprano con un gol de Idrissa Gueye. Y luego se refugió en las manos de arquero italiano Gianluiggi Donnarumma y en las corridas de sus tres estrellas, Neymar, Mbappé y Messi.

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El argentino tuvo un buen partido. Y se dio el gusto de convertir: recibió en su clásica posición de wing derecho, cortó hacia adentro y buscó la pared rápida con Mbappé. El francés pivoteó de taco y se la dejó servida a Messi, que mandó la pelota de un zurdazo al ángulo. Festejo y desahogo del número 30, que hasta acá no había podido mostrar su mejor versión y el último fin de semana había seguido el partido desde el palco por una molestia en la rodilla.

Más allá de que fue el primer grito de Leo con otra camiseta que la del Barcelona, fue un martes histórico en la Champions. ¿Por qué? Porque el Sheriff Tiraspol, de Transnistria, una región independiente de Moldavia, un club fundado por dos exagentes de la KGB, que era la cenicienta del torneo, se dio el gusto de ganar por 2 a 1 de manera agónica en el Santiago Bernabéu, ante el Real Madrid. El Sheriff ya lleva dos triunfos en la Champions.