El título de la película de Paz Encina es altamente significativo: la memoria como un ejercicio, una práctica, una voluntad. En ese sentido, se diferencia con la más convencional y tradicional de que la memoria es un hecho inmanente, y más que mágico: una fuerza de la naturaleza imposible de evitar. Podría resumirse en la frase todo está guardado en la memoria. La película de Encina dice más: para que esté ahí lo que ahí se aloja, hay que guardarlo con cierto orden para poder encontrarlo cuando se lo busque y requiera; y esa acción no se da por simple acumulación, sino que, precisamente, se trata de un ejercicio que, como todo ejercicio, requiere una aprendizaje, una práctica y la voluntad de que esa práctica tenga la suficiente frecuencia como para convertirse en un ejercicio.


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Es a partir de este concepto -que Encina no enuncia pero pone en práctica desde el primer plano- que consigue el efecto de un truco de magia: lo ya visto tantas veces se convierte mágicamente en una película de una profundidad abrumadora.

Lo que se propone reconstruir Encina es el periplo final de Agustín Goiburú, el más importante opositor político al régimen de Stroessner en Paraguay, desaparecido en 1976 en Paraná, en la provincia de Entre Ríos (Argentina), donde se había exiliado. Bajo persecución, Agustín y su familia cambiaron 15 veces de casa, tres de ciudad y siete de barrio. Casas, ciudades y barrios durante un temprano exilio en Argentina.

Con poco pero muy bien trabajado (el material fílmico es prácticamente inexistente, el de audio es mucho mayor pero tampoco es tanto), el film no sólo explica para cualquiera no informado algo de lo que se tiene poco registro (Stroessner quedó tan naturalizado que poco se lo recuerda como uno de los principales dictadores de Latinoamérica), sino que consigue transmitir lo que sintieron sus familiares directos (mujer e hijos) durante esos años y los posteriores.

En ellos también se nota, y la película no hace esfuerzo alguno en negarlo -de ahí también su voluntad, un esfuerzo por recordar. Incluso el film parece exigírselo. Por dos motivos: el primero es que tanto relato de desaparición y oprobio acostumbra al oído (toda sensibilidad se forma y por lo tanto se acostumbra, por más que tengan mejor prensa que la racionalidad cerebral) y no le permite escuchar; por otro -en parte por el mismo acostumbramiento-, lleva a los testimoniantes a cierto relato mecánico de los hechos, algo que aumenta el efecto acostumbramiento. En Ejercicios … parece como que lo contaran por primera vez: aún se les siente la conmoción y el dolor por la desaparición de Goiburú. La pulcritud con la que pueden volver a hablar de esos tiempos demuestra que también ellos hicieron un ejercicio de memoria para conseguir la magia de producir el mismo asombro y el mismo impacto, 40 años después.

Encina se propuso contar el viejo cuento del dolor particular de un grupo que formó parte de una historia mayor que le dio sentido a esas vidas y sus dolores. Algo tan viejo como la lucha por un mundo más justo. Ese cuento que por el momento no se puede dejar de contar, la directora paraguaya consigue hacerlo una vez más con el encanto suficiente como para conmocionar como la primera vez.

Ejercicios de memoria (Paraguay-Argentina-Francia-Alemania-Qatar/2016). Guión y dirección: Paz Encina. Fotografía: Matías Mesa. Sonido: Guido Berenblum. Edición: Pablo Giorgelli y María Astraukas. Distribuidora: Compañía de Cine. Duración: 70 minutos.