En una China imaginaria que ya cuenta con La Gran Muralla, una civilización de reptiles quiere terminar con la gran civilización que ha construido esa línea de defensa de 9000 kilómetros para proteger un imperio de sabiduría y justicia. Cualquier alegórica similitud con la actual situación de la China neocapitalista y el Estados Unidos de Trump debería ser tomada en cuenta, aunque sin considerar las fronteras geográficas de los respectivos países, sino las de las políticas y de los proyectos económicos.

Esta superproducción es el debut en el tema de Legendary East, filial del estudio hollywoodense Legendary Pictures, cuyo anuncio de creación tiene poco más de doce meses. El objetivo de esta filial con asiento con Hong Kong (territorio administrado por China desde 1997) es realizar películas con contenido para la audiencia global. 

En una época se solía decir que Hollywood vendía películas al mundo para que Estados Unidos le vendiera sus autos y heladeras. En China puede haber muchos pareceres en el Partido Comunista tendientes al mismo sentido. El problema es que el mundo consume Occidente (desde sus ideas hasta sus cánones de belleza) y ese es un obstáculo importante para China, como lo fue en los ’80 para Japón (cuando parecía que se comía a Estados Unidos crudo).

 

La combinación Matt Damon Zhang Yimou (Sorgo rojo, Ni uno menos y La casa de las dagas voladoras, entre muchas otras) resolvió buena parte del tema, pero creó otros. El primero, que el héroe (Damon como William) sea un occidental, pese a que cuenta con la inestimable colaboración de (Jing Tian, como la comandante del ejército que defiende el imperio), y eso despertó alguna protesta en China. El segundo es no hacerla demasiado “china”, no en el sentido de inentendible, como se usa en la Argentina, sino en el de por demás extraña para el gran público consumidor del otro lado del planeta, básicamente, el norteamericano.

Así las cosas, el film muestra a William y su casi inseparable Tovar (Pedro Pascal) como dos mercenarios que antes que mostrarse como tales, se presentan como tipos de negocios (acaso algo no muy distinto) que colaboraron en innumerables batallas siempre a favor de los vencedores, ahora sí en un tiempo más preciso: el de los primeros años de formación del capitalismo, que Karl Marx denominó acumulación originaria. Si bien no es un sembradío de detalles por el estilo, el film disemina unos cuantos en el mismo sentido. Del otro lado son recibidos por los soldados de la defensa del imperio chino, un grupo de estrellas en el cine de ese país que luego no tendrán tanta relevancia (Andy Lau, Zhang Hanyu y Eddie Peng).

Lo que se ve entonces es una película más de aventura, donde la destreza china queda exaltada al tiempo que relegada al despliegue acrobático circense de sus tropas, mientras que la trama y la resolución de los conflictos queda en manos de Damon/William y los suyos. No es poco como para presentarse como un nuevo polo del cine de entretenimiento mundial, pero no suficiente. Por un lado, los chinos ya mostraron ser maestros en eso de la destreza circense y el cine de acción en el que ese tipo de coreografías es central (como la mismísima La casa de las dagas voladoras), por otro, Hollywood no parece muy dispuesto a que se le cuele la cultura china en la construcción de sus imaginarios y mensajes.

De todas maneras, entretenida casi sin descanso, las próximas producciones dirán cuánto de la tendencia tendrá su influencia estética en el cine y cuánto dependerá de los vaivenes de la política internacional en la era Trump.

La gran muralla (The Great Wall. China-Estados Unidos, 2017). Dirección: Zhang Yimou. Guion: Tony Gilroy, Carlo Bernard y Doug Miro. Fotografía: Stuart Dryburgh y Xiaoding Zhao. Con: Matt Damon, Pedro Pascal, Willem Dafoe, Andy Lau, Jing Tian, Zhang Hanyu, Eddie Peng, Lu Han y Lin Gengxin. 103 minutos. Apta para mayores de 13 años.