Un padre que quiere olvidar; un olvido que se hace inmortal. Adiós a la memoria, la bella, dulce y dolorosa película de Nicolás Prividera (M, Territorio de los padres) especula filosóficamente, indaga en las profundidades del amor y esgrime la memoria como uno de las acciones políticas por excelencia: el territorio en el que se disputa el presente desde la resignificación permanente del pasado.

Originada en la enfermedad degenerativa de su padre, a poco de surgir la idea el triunfo de Mauricio Macri terminó de establecer el eje sobre el que correría el relato en el que un hijo cuenta a su padre: uno que se aleja del legado cultural para inmiscuirse en interrogantes novedosos, fantasías frustradas, empatías candorosas, descubrimientos así de fascinantes como dolorosos.

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“Antes de que se enfermara ya había usado parte de ese material en M (2007) y había pensado que algo había que hacer con eso –rememora, acto que en la película diferencia del recuerdo: la una es voluntaria, el otro asalta–. Cuando él empezó a tener problemas se me ocurrió que el tema era este. Porque las películas familiares son un material muy heterogéneo, pero a la vez muy repetitivo. Me resistía a que fuera una película sobre la enfermedad. El cambio de Gobierno terminó definiendo el eje y casi el título: de alguna manera ahí había otra cosa que se superponía.”

–¿Sería el final de un ciclo, una especie de bisagra?

–La idea era tratar de salir de los lugares comunes, de las imágenes que siempre se usan del mismo modo y tratar también de que bueno, la memoria hay que sostenerla, hay que recordar y eso, pero hay que pensar las complejidades: la dimensión del olvido también está en la memoria. Y también en términos políticos: ese momento posterior, con toda una serie de políticas y declaraciones que vuelven sobre la idea de cuántos desaparecidos y demás, que tampoco es exclusiva del Gobierno de Macri: es característica de distintos sectores ya desde los primeros años de la democracia. Eso nunca se había ido, estaba latente y ahí apareció con más fuerza. Porque cuando la memoria se vuelve repetitiva, marmórea y unidimensional se contribuye al olvido, paradójicamente. Incluso contribuye a generar una reacción contraria a esa memoria. Tiene que ser pensada y trabajada como un organismo vivo, no se trata de repetir como una consigna, sino en cada presente ver cómo recordamos, qué tipo de memoria necesitamos, cómo reconstruir esa memoria, porque la memoria no está fija, no es un reservorio de cosas a la que vamos a recurrir como un cajón, sino que la estamos recreando todo el tiempo para los problemas y las necesidades del presente.

–Precisamente no es una película nostálgica.

–Busqué escapar de eso todo el tiempo. En general, el uso del material 8 mm y películas familiares en el cine, incluso en el de ficción, tiene que ver con construir una escena de nostalgia; cuando aparece ese material lo que aparece es el pasado, una imagen nostalgiosa de la infancia o de lo que sea. Con lo cual es un material muy predeterminado por todos esos usos anteriores que me obligaba todo el tiempo a estar pensando en evitar ese uso predeterminado. Adiós a la memoria es un título irónico, no estoy proponiendo el olvido, sino de tratar de encontrar, en el presente, las huellas y la fuerza de ese pasado para enfrentar desafíos nuevos para un presente totalmente distinto. Si algo necesitan las ideas de la memoria es encontrar una energía nueva vinculada a ese pasado que no se quede mirando con nostalgia ese pasado, sino tratando de recrear esas instancias desafiantes del pasado.

Algunos creen que las redes sociales operan sobre las personas a la manera de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos: dejando de lado lo que duele o molesta, privilegian otros recuerdos o lecturas del presente y del pasado.

–Para mí las redes son una versión sofisticada de lo que ya eran las películas familiares: tal vez la gente estaba discutiendo y el tipo solo firmó cuando estaban brindando. También ahí hay “construcción” de un recuerdo falso. Esto ya lo vio Freud: la verdad también está en la apariencia pero hay que hacer un trabajo de no tomarla literalmente. Como todo: leer un diario con desconfianza, ver la televisión con confianza y las redes sociales, por supuesto. Tanto el recuerdo como el olvido. Toda memoria está trabajada desde un punto de vista, se recuerda desde algún lado por algo. Y así como los periodistas confrontan fuentes y también lo hace el historiador, un poco el trabajo de todos debería ser ese, aunque sería un trabajo full time: hay momentos en los que necesitamos creernos la película, como cuando vamos al cine. Pero hay que sostener esa incredulidad general en un momento donde no solo hay fake news sino que hasta las propias imágenes en la era digital pueden ser falsas. La falsedad asoma por los cuatro costados y la manipulación también, como sabe cualquier cineasta que tiene que elegir un encuadre y ver qué va a filmar y qué no. Hay que tener una mirada crítica, empezando por la propia historia, la propia memoria.


Adiós a la memoria

Dirección y guión: Nicolás Prividera. Estreno 4 de noviembre.