Lo primero que hay que decir es que la película vence casi todos los prejuicios. Lo hace porque no se lo propone; lo hace sobre casi todos porque hacerlo sobre todos resulta imposible. Y si algo caracteriza al film de Bechini es no intentar imposibles. Como si diera vuelta aquella consigna de Mayo de 1968 que tanto influyó en la generación que lo ocupa -aunque sólo se ocupe de una parte de ella-, que decía: seamos realistas, pidamos lo imposible. En ese sentido (y en varios sentidos más, pero ese es fundamental), Bechini es un director de la modernidad del siglo 21: se plantea lo posible (aunque la publicidad y programas de medios clamen otra cosa), y va tras ello de la mejor manera que sabe hacerlo, que no importa cuán distante esté del ideal, sino que sea propia.

Su objetivo es dar a conocer una historia de amor. La que Rafael Bielsa redescubrió en la novela en la que se basa la película, a partir de una historia real protagonizada por el militante montonero con grado de Mayor, Edgar Tulio Valenzuela (Tucho, su nombre de guerra), y su pareja, Raquel Negro (María como nombre de guerra). Ellos habían salido del país, pero un contacto de la Argentina le dice a él que vuelva, que lo necesitan. Y ellos vuelven.

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 Deciden hacerlo los dos pese a que podía haberlo hecho él solo. Vuelven pese al embarazo de mellizos y un hijo de dos años de ella con otra pareja. Primer dato sobre el pacto: el amor también es un deber, aunque parezca una obligación; suelen confundirse, pero no son lo mismo. Tucho y María entienden que dieron su compromiso con la causa que los une amorosamente a su pueblo, y si los compañeros los llaman, deben responder. Tienen un deber con su pueblo, no una obligación. La obligación se reglamenta, el amor es un acuerdo de pares.

 

Vuelven y los secuestran, porque su cita estaba “cantada”. Bechini resalta los lugares que ocupan los personajes antes que sus características y su “personalidad”: es a partir de diferenciar los lugares que se puede establecer el mejor juicio, que es el que carece de sentencia. 

Por eso los residentes de Funes, la quinta que en las afueras de Rosario montó el Segundo Cuerpo del Ejército durante la dictadura 1976-83 para llevar adelante su experimento de cooptación de militantes montoneros para sumarlos al proyecto político de Leopoldo Galtieri, no aparecen como pusilánimes traidores colaboracionistas, sino como personas que quieren sobrevivir. Y lo quieren hacer a casi tres años del golpe, luego de haber pasado por la tortura, ver decenas de compañeros caer y cuando sus fuerzas han sido prácticamente diezmadas.

Con esa falta de juicio Bechini derriba los prejuicios que cualquiera que haya estado impregnado del espíritu de la época (por más que fuera tangencialmente o por más que fuera muy pequeño), puede decir que a la película le falta. Bechini, más que el libro de Bielsa que le da origen, despeja la maleza y hace foco en lo que es la bajada del título: el pacto de amor. Todo lo demás, lo concerniente a la Operación, es importante; muy importante, súper importante: no habría tal historia de amor sin el marco que le da origen y sin los personajes que protagonizan esa historia. 

Los quebrados y los que resisten, los que no se entregan por nada, los que colaboran con la esperanza de sacar ventaja, los que sienten que la causa es tan importante que sin ella no podrían ser lo que son, los que juzgan desde afuera lo que hacen los que están adentro y acusan a Tucho de traición. Todos son parte del pacto de amor. No habría tal sin ellos. Y Bechini los conecta bien. Más que desde su narrativa, desde el tono (que allí también reside la forma, por supuesto): su falta de subrayado, de énfasis en los planos que resalten a unos sobre otros (que resalten sus lugares, y así sus figuras) despoja a su relato de todo prejuicio. 

Incluso de la conducción de Montoneros, para que quede claro hasta dónde Bechini está preocupado por no juzgar. Los muestra resueltos y con el toque de dogmatismo que los caracterizó. Pero no más que el que, desde otros lugares, tienen otros protagonistas de la historia. El dogmatismo los envuelve a todos, nos es privilegio de nadie, y ahí la película muestra su falta de voluntad de convertirse en una sentencia histórica.

Lo importante es ver que en medio de lo que envolvía a todos, Tucho y María fueron parte de algo distinto; y que lo consiguieron no porque no estuvieran impregnados de la locura, sino precisamente por eso. En vez de plantear antagonismos, visiones binarias, Bechini apunta a mostrar que la costura tiene un reverso que es condición fundamental de su existencia y de su persistencia: en tanto que ese reverso sea fuerte posibilita la costura; en tanto el amor sea el de Tucho y María es reverberancia de lucha, pasión, odio, revancha, revolución, triunfo.

Por eso el film conmueve más allá de sus intenciones de hacerlo. Ubica a quienes disfrutaron/ padecieron el espíritu de época y a quienes lo conocieron a través de padres, abuelos, familiares varios e historia oficial o contraoficial (incluso contrafáctica), en esa galaxia tan particular que fue la Argentina de fines de los setenta.

Es probable que Operación México no resulte una película memorable. Pero sí una que el espectador se llevará en alguna parte de su humanidad, a la manera de un acompañante terapéutico, a forma de un souvenir, un fetiche, algo que se le instalará para comprender, aunque no conscientemente, un poquito mejor el país que habita, el que influyó en su configuración personal y lo llevó a ser lo que es hoy, para bien o para mal. Una película, en definitiva, que ayuda a aliviar el dolor.

Operación México (Argentina). Dirección: Leonardo Bechini. Guion: Bechini, basado en el libro de Rafael Bielsa, Tucho, La Operación México, o lo irrelevante de la pasión. Con Luciano Cáceres, Ximena Fassi, Patricio Contreras y Luis Ziembrowski. 103 minutos. Apta mayores de 13 años.

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