Construyó una carrera todoterreno en radio y televisión, se presenta en teatros, hace podcast, publica libros y también se le animó al cine. La extensión y variantes de su currículum vitae movilizaría hasta al más anodino de los gerentes de RR HH. Pero, se sabe, lo esencial es invisible a los responsables de este tipo de áreas.

Con Peter Capusotto y sus videos –junto con su amigo y compañero de aventuras Diego Capusotto–, Pedro Saborido logró mucho más que un programa de TV de gran éxito que se ramificó a la radio, el cine, las redes y más allá. En más de una forma intervino en nuestra cultura popular y dejó una marca inexorable. Desde la peronización del humor hasta la caricaturización del rock –con diversas formas y temas en el medio–, entre la acidez y la ternura, contagió y sigue contagiando a gran parte de los argentinos una forma de ver el mundo y de sobrellevarlo.

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Saborido suele desconfiar de las sentencias inapelables y tiene algunos reparos sobre las preguntas y respuestas rápidas. Pero acepta con entusiasmo la propuesta de Tiempo y advierte: “Es lo que yo digo, todo lo contrario o alguno de los infinitos grises que hay en el medio. O más allá, o más acá”.

–¿Qué es el humor?

–Un lugar de encuentro, un espacio de pertenencia. No creo tanto en las técnicas o los chistes malos o buenos. En mi caso pasa más por cierta mirada y ciertos juegos con esa realidad que recorto.

–¿También puede ser una mezcla de provocación y de búsqueda aceptación?

–Es una linda observación. La risa también funciona como un termómetro de aceptación instantánea. Aunque también puede ser efímera.

–¿Qué tanto te preocupa la mirada de los otros?

–Vivo en este mundo, soy un ser humano. No me resulta indiferente. Pero creo en hacer lo que me gusta. Si después le gusta a mucha gente, mejor.

–¿Cuál es el límite entre el humor y quedar mal parado?

–Es muy finito. Podés quedar como un boludo a la vuelta de cualquier chiste.

–¿Existe el humor no político?

–Vaya a saber. En mi caso o con Diego nunca nos planteamos hacer humor político. Pero evidentemente mi mirada de las cosas se mete en lo que hago. De la misma forma que el humor que aparentemente no tienen nada de político, siempre dice, aunque sea por omisión.

–¿Para caricaturizar al rock primero hay que quererlo?

–A nosotros nos vino desde ese lado. De la pasión, del cariño. A tu familia siempre le sacás más fácil los defectos.

–¿Las redes hicieron un mundo peor o nos pusieron frente a frente lo que siempre fue?

–Creo que ni lo uno ni lo otro. Pueden ser terribles, pero también abrir caminos a cosas piolas. Depende de cómo se usen. Como casi todo.

–¿Te preocupa repetirte?

–Como a toda persona de bien. Creo que encontré ciertas formas, pero también siento el compromiso de a eso siempre encontrarle una vuelta de tuerca. Ojalá salga.

–¿El rock murió?

–Cuando era adolescente el rock era una parte muy determinante de mi vida. Los Beatles, Jethro Tull, Led Zeppelin y Serú Girán alimentaban ese mundo. Pero no era para todos igual. No debería preocuparnos tanto si baja la popularidad del rock. Y ojo que también tiene cosas muy feas. Si tomo como rock lo de Cromañón, me dan ganas de decir que se metan el rock en el culo.

–La adolescencia es…

–Una etapa de la vida.

–Suele tener mala prensa y se la usa como adjetivo descalificativo.

–Es verdad. Pero tiene cosas hermosas. Uno boludea, pero también tiene charlas profundas hasta las 4 de la mañana, descubre cosas maravillosas… Violencia Rivas es muy adolescente y yo la quiero mucho.

–Los peronistas sean unidos porque…

–Porque si no, el peronismo pierde y pierde el país.

–¿Qué es más amplio el peronismo o el universo?

–Me gustaría decir el peronismo. Pero es probable que los belgas, por ejemplo, no estén muy al tanto. Igualmente, creo que el peronismo es tan grande y tan determinante que existe desde antes que el peronismo. Pero creo que eso lo podría explicar mejor un politólogo.

–Sigue siendo central en la política argentina.

–Porque también es una forma de ver la vida y una cultura.

–Una cultura que incluye el humor. No pasa con muchos movimientos políticos.

–Sí. Desde Mordisquito, por ejemplo. El peronismo es también un objeto pop. No pasa mucho con otros espacios. No hay muchos chistes que incluyan al Che o a Mercedes Sosa.

–¿Mirás series?

–No, ni una. Pero no por iluminado ni por snob. Casi no miro películas, algo que fue una de mis pasiones. Perdí interés. Le escapo lo más que puedo a las pantallas. No lo digo como una solución a los problemas de la humanidad. Es una dificultad mía.

–¿Qué hacés en tu tiempo libre?

–Leo, escucho música, veo gente, charlo. Me gusta ir a los bares, tomar café, charlar con amigos y no tan amigos.

–¿Te gusta irte de vacaciones o te cuesta?

–Sí, cada vez que puedo me voy a la mierda. Me gusta mucho el sur.

–¿Gerli, Avellaneda?

–También. No sé si tanto Adrogué (risas). Me gusta mucho el sur del país: Bariloche, Esquel y San Martín de Los Andes me encantan.

–¿Creés en Dios?

–Casi sí. Estoy entre creyente y agnóstico. Pero no me sale ser ateo.

–¿Por?

–Me parece demasiado imperativo. Casi igual a ser ultracreyente.

–¿El ateo necesita de los religiosos?

–Claro. De alguna manera todos también nos definimos por nuestros enemigos u adversarios.

–¿Toda identidad implica un conflicto?

–Creo que sí. Sobre todo las más transformadoras.

–¿Creés en un futuro mejor?

–No sé. El futuro no llegó. «