Juan Matías Loiseau, conocido popularmente como Tute, es uno de los humoristas gráficos más reconocidos e influyentes de nuestro país. Desde 1999 publica Tutelandia, una viñeta diaria en La Nación. Poco después sumó una tira de página completa en la revista dominical del mismo medio.

Lanzó más de 15 libros en la Argentina y varios de ellos también fueron editados también en España, Francia, México, Colombia y Brasil. Su primera novela gráfica fue Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más (con prólogo de Quino). Le siguió Diario de un hijo, un retrato de la relación que lo unía con su padre, el inolvidable Caloi, y el dolor por su muerte.

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Hace un mes fue distinguido como «personalidad destacada de la Ciudad de Buenos Aires en el ámbito de la Cultura» por la Legislatura porteña.

–El humor gráfico suele ser desdeñado. ¿Es mejor que se mantenga en el rubro cultura popular?

–No sé si es mejor, pero sí es seguro que está marginado de la alta cultura, de los museos y de la Academia de las Bellas Artes, donde la pintura, la escultura, la fotografía, la danza, la música, el teatro y las letras tienen su sitial, y el humor gráfico y la historieta, no. Existen concursos y premios para todas las artes a nivel nacional, provincial y municipal, menos para el humor gráfico. Definitivamente, el humor gráfico se inscribe dentro de la cultura popular. Y nuestro premio-desagravio es la atención de la gente, dibujamos para la gente y la gente nos lee. La tenemos de nuestro lado. 

–¿Humorista gráfico se nace o se hace?

–Las dos cosas. Uno nace con la capacidad de dibujar. Junto con la palabra, aparece el dibujo. El humor, en cambio, es una construcción intelectual, viene después. La unión de las dos cosas se aprende.

–¿Qué es el humor y para qué sirve?

–Es muchas cosas. Pero para definirlo sintéticamente, diría que el humor es un mecanismo de defensa que tenemos los seres humanos tanto individual como colectivamente. Sirve para protegernos, para hacer más llevadera la vida. Y, arriesgaría a decir, para salvarnos. Una vida sin humor no sería vida.

–¿Cuánto marcó tu estilo el tocadiscos familiar en el comedor de tu casa en Mármol?

–Mucho. Para mí, es en los primeros años que se define la sensibilidad que te va a acompañar toda la vida. Y la música estuvo ahí, con sus poetas, moldeándome. Todas las elecciones artísticas que uno hace con el tiempo creo que están definidas por aquella escuela sentimental e inconsciente.

–¿Cuánto te influyeron Perón y Evita?

–Mucho, también. Porque en aquel tocadiscos, además de música, ponía los discursos de Perón y Evita siendo un adolescente. Mis viejos fueron militantes y en mi casa siempre se habló de política, era una música más.  

–¿Qué fue tu viejo en tu vida y en tu obra?

–Fue una figura central. Un gran padre y un gran artista. Aprendí muchísimo de él sin que nunca me dijera cómo tenía que hacer algo. Fue muy sabio: me dejó que me acercara a él estilísticamente y, también, que me alejara. Me dio mucha libertad y me arrimó muchos libros. Encontrar mi propio estilo fue un camino que tuve que recorrer no sin dificultad. Por suerte, pude encontrarlo.

–¿Qué es Clemente para vos?

–En mi casa había de todo de Clemente. Desde muñecos, remeras, buzos, sábanas y cepillos de dientes, hasta pelotas, figuritas o chocolatines. Clemente nació un año antes que yo, en el ’73. Y siempre fue el personaje de mi viejo, un dibujo, hasta que murió. A partir de ese momento, de alguna manera se resignificó para mí. Hoy es una forma más de encontrarme con mi papá. Lo veo y veo sus gestos, su pensamiento, sus pasiones, sus berretines…

–Tu mamá era pintora. ¿Tuvo un impacto en tu forma de dibujar?

–Era una gran pintora. Creo que no directamente, pero sí a través de lo que aprendí gracias a ella. Tenía un taller artístico en el que se daban clases de pintura, grabado, escultura… y mis hermanos y yo íbamos a todas. También fue la primera en poner en mis manos un libro de poemas. Era devota de la poesía.

–¿Cuándo sentiste que tenías un estilo propio?

–Creo que cuando volví a la revista de los domingos de La Nación –después de una interrupción de tres años por la crisis–, allá por 2005, ya tenía un estilo bien definido. Empecé a publicar los bocetos con tachaduras y dibujos desprolijos pero frescos. Fue un antes y un después para mí. 

–¿El amor romántico es una droga legal, una ilusión peligrosa o un estándar inspirador?

–Mmm… Difícil. Tiene de las tres opciones que me das. Es legal, ilusorio e inspirador. Pero creo que el amor romántico es la parte tonta, falsa e impuesta del amor. Otra cosa es el enamoramiento, una etapa idílica y arrebatada; y otra, el amor, que es una construcción hecha de luces y de sombras en el tiempo.

–¿Qué es lo más ridículo que hiciste por amor?

–Hacer muchos kilómetros de ruta, chocar, dejar el auto y seguir en bondi.

–¿Qué es el tango en tu vida?

–El tango sonaba en mi casa de la infancia. Y lo adopté o me adoptó a mis 17 años, de la mano de Goyeneche y Julio Sosa. Rápidamente se sumaron otros y otras: Gardel por supuesto, Miguel Montero, Nelly Omar, Edmundo Rivero, las orquestas de Pichuco, Salgán, Pugliese… Me hice tan tanguero, que a mis 18 iba solo a las tanguerías de San Telmo, en una época en la que no estaba de moda. Me hacía amigo de los músicos y recorría los bolichitos con ellos.

–¿Y el rock?

–El rock llega de la mano de una radio que pusieron a la vuelta de mi casa en José Mármol, FM Suburbana. Ahí apareció un pibe más grande que yo, Javier Barrera, del que me hice muy amigo y que tenía una discoteca tremenda de rock. Yo tenía 15 años y empecé a laburar en la radio como operador técnico y después empezamos a hacer programas. Teníamos canje con el kiosquito de diarios de la esquina por la revista Pelo.

–¿El psicoanálisis es una ciencia, un arte o una fe?

–De nuevo, tiene algo de las tres. Pero lo identifico más con el arte. El descubrimiento del inconsciente es un prodigio. El psicoanálisis tiene su técnica, sus libros de estudio, etcétera, pero en la práctica se apoya en una escucha sensible por parte del analista y en una intervención que está más cerca de lo artístico que de lo científico. La fe la tiene que poner el analizante (jajaja).

–¿Te interesa el fútbol?

–Me interesa jugarlo. Me encanta jugarlo, todo lo que puedo. Una o dos veces a la semana juego al fútbol con amigos, desde hace muchos años. El fútbol profesional lo miro cada tanto y sin fanatismo. A la cancha dejé de ir cuando se retiró El príncipe Francescoli. 

–¿Practicás algún otro deporte?

–Jugaba al tenis con mi viejo, hace mucho que no juego. Es un lindo deporte.

–¿Mirás series?

–Poco. La última que vi fue Casi feliz y me gustó mucho, sobre todo la segunda temporada. Me dieron ganas de escribir una. Veremos. Durante la pandemia estuve escribiendo algunas cosas.

–¿Escuchás radio?

–Hago un salpicadito. Sobre todo escucho en el auto. Radio Con Vos, Urbana Play y algo de Folklórica. Históricamente soy oyente de La venganza será terrible, del Negro Dolina. Lo escucho desde los 13 años (se llamaba Demasiado Tarde para lágrimas).

–¿La muerte es…?

–Una porquería.

–¿El mundo fue y será?

–También. Pero no me quiero bajar. «