Nacido en Parque Patricios, con la desenvoltura que le dio recorrer las calles del barrio y su talento natural para encontrarle la gracia a todo Martín Campilongo, más conocido como Campi, hizo un largo recorrido del teatro under a la popularidad. En la tele, pasó por Videomatch, Peligro: sin codificar y muchos más. En el cine y entre otros, el año pasado estrenó La panelista, y ahora se encuentra filmando El amor después del amor, una serie biográfica sobre Fito Páez que se verá en Netflix. Mientras disfruta del éxito de Los Bonobos, la obra que lleva adelante junto a Osqui Guzmán y Peto Menahem en el teatro Lola Membrives, Campi también goza de la vida en familia, sin renegar jamás de su curiosidad “obse” ni de hacer su propios disfraces para los personajes.

–¿El verano lo asocias con vacaciones o con trabajo?

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–Hace años que hago temporada acá en Buenos Aires. Me tomo unos días en las fiestas y arranco.

–¿Pero muchos monólogos tuyos no hablan de San Clemente?

–Sí. De chico me pasaba tres meses en la costa.  Eso eran vacaciones. Mis viejos tenían negocio allá

¿Cuál era tu aventura favorita de esos años?

–Tenía una banda de amigos. Íbamos a pescar a Punta Rasa, a caminar por los médanos. Ya de más grande, empilchaba para ir al centro a la noche. Era maravilloso. Vimos cómo apareció Mundo Marino y todo.

No tocas de oído cuando hablas o incorporas a tu trabajo algo de aquello, ¿no?

–Uno se nutre de toda experiencia vivida. De esta también. La costa chica la conozco mucho.

¿Como actor te tocó?

–En plan laburo nunca me tocó el partido de la costa. Me gustaría, pero hay tantas cosas que me gustaría hacer… Hago lo que me toca.

¿Qué hiciste justo antes de esta entrevista?

–Fui al médico.

¿Prevenido consciente o hipocondriaco?

–Soy de cuidarme, pero en este caso me dolía el hombro, y en el teatro soy muy físico, así que trato de estar bien a punto.

Uno no se da cuenta, pero los años pasan, ¿no?

Sí, lo bueno es que canas no voy a tener.

¿Algún hobby desconocido?

–La jardinería. Tiene muchas aristas interesantes. Es que soy curioso, así que averiguar y aprender siempre me gusta.

¿Es verdad que empezaste hacer humor para levantar minas?

–Sí, me ayudó. Pero en realidad, no terminé el secundario y me gustaba cagarme de risa. Y se dio. Estudié un año Diseño Gráfico en la UBA, pero me pedían el título y no pude bicicletear más el asunto. Me faltaba una materia y como siempre digo, el teatro me encontró.

¿Dónde se encuentra la clave del humor?

–Después de treinta años en esto, a cualquier cosa le encuentro un remate. Mirás todo con esa lupa. Como un arquitecto que mira edificios, yo miro eso que es ridículo, o la forma de manejarse de ciertas personas, o las salidas rápidas para contestar. Hay que divertirse para que el otro también se divierta. Pero yo esencialmente soy actor, y hay que estar aceitado para tocar cualquier nota.

¿La clave es la observación?

–La comedia me sale natural. Encuentro lo gracioso en todo, y te podés enviciar. Trato de practicar una mirada más general para poder ser capaz de transmitir desde otro lado. Aunque me especialicé en comedia.

¿Por qué querías ser camionero de chico?

–La ruta me llamaba la atención, ir de lugar en lugar. Estar solo, manejando y despertar en un sitio distinto cada mañana. Era una fantasía. Pero la vida me llevó para otro lado.

¿Por qué habrá sido?

–La curiosidad me hizo observador, entonces notaba cosas graciosas que otros no veían y jugaba con eso. En el colegio imitaba a los profesores y todos se mataban de risa.

¿Nunca te engancharon?

–Miles de veces. Pero les divertía. Me mandaban a marzo para divertirse.

¿Te aprobaban?

–Sí, yo iba sin estudiar y me aprobaban. No es lo ideal, pero fue así.

Quizá reconocían el esfuerzo, porque sos meticuloso. ¿De dónde viene, si no, ese cuidado que tenés con la estética de tus personajes?

–Viene del hambre, de no tener para comprar una peluca para un personaje. Entonces me la fabricaba, o buscaba ropa o me armaba mis prótesis, por no poder pagarlas. Soy experto en eso de armar uno todo, y un obsesivo del laburo y detallista, entonces mejor me lo hago yo. Lo aprendí más de grande.

¿Lo que más te gusta es el teatro? ¿O el cine?

–Si, estar con la gente, escucharla reír o llorar o el silencio. Es magia.

Pero de la tele no podés renegar…

– Es como mi casa, hace 25 años que trabajo y me siento cómodo en pantalla. No puedo ser ingrato con la tele, no puedo negar que es parte importante de mi carrera.

¿Pero lo tomas con humildad?

–No hay otra forma, no me puedo sentir más que otro por salir en la tele. Nunca me creí nada especial. El compañero que pone las luces es tan importante como yo. Así que cada uno a lo suyo.

–¿La fama es puro cuento?

–Una vez salía de Telefe y me agarra una señora y me dice que era un genio, que miraba el programa por mí. Me voy y hago unos metros y vuelvo porque me olvidé de algo. Me encuentro a la misma señora diciéndole a Yayo que era un genio y que miraba el programa por él.

Lo único que vale es la pasión por la tarea.

Sí. A mi me cae mal la gente que va arriba de una moto o un caballo, creyéndose no se qué. No da.

Foto: Télam

¿Delfor Pasión Almada es tu personaje más musical?

–Todos tienen algo, pero ese es un cantante venido a menos con el que yo venia jodiendo con eso desde Videomatch. Pero lo mostré recién después de que hice Tu cara me suena. Estudié canto, y salí segundo detrás de Laura Esquivel. Y perdí el miedo a cantar. Con ese personaje en Sin codificar cantaba con todos los invitados. Estuvo bueno.

¿Era caos o libertad Sin codificar?

–Éramos amigos cagándonos de risa.

– No sos de tentarte, ¿pero alguien lo logró?

– Siempre estoy concentrado y me creo que soy ese que me toca. Pero ellos me buscaban. Un día cuando menos se lo esperaban, Pichu y Yayo no se qué dijeron, y lograron. ¡No podía hablar de tan tentado!

¿Qué fue lo peor que te pasó en un escenario?

Me pasó de todo. Olvidarme la letra, que nadie se ría o que no haya nadie. Pero si me apuras, me acuerdo que salí a telonear antes de María Marta Serra Lima, en una revista que hacíamos con Jorge Guinzburg en Carlos Paz. Cuando se apagan las luces, saliendo, tropecé y me rompí la pierna.

Terrible dolor, ¿no?

–Era la primera función de la temporada. Un verano en muletas.

La moraleja es que….

–Nada te tiene que detener si algo te gusta. Eso le digo siempre a mis hijos.