Desde el comienzo de la pandemia muchas cosas cambiaron en el mundo, pero hay un fenómeno que se mantiene vigente e incluso se profundizó: la desigualdad de género. Entre el primer trimestre de 2020, cuando la COVID-19 recién aparecía en las noticias del mundo, y el primer trimestre de 2021, la brecha de ingresos, la diferencia entre el promedio de los ingresos de los varones y las mujeres, se incrementó más de un 10% y pasó de 22,9% a 25,6%. 

Para poder transformar una realidad desigual, es necesario comprender los mecanismos por los que la inequidad se manifiesta, sostiene y perpetúa. En este sentido, es importante pensar la variable de género como un factor fundamental a la hora de evidenciar una sociedad estructuralmente desigual. Y si bien la desigualdad de género tiene su lado más visible en la violencia machista, también tiene su lado económico. 

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La feminización de la pobreza es un fenómeno que nos muestra la sobrerrepresentación de las mujeres en los sectores con menos ingresos de la sociedad. Esto puede observarse cuando ordenamos a la población según su nivel de ingreso y nos encontramos con que, por un lado, los sectores que tienen ingresos más bajos están compuestos mayoritariamente por mujeres (70%) mientras que los deciles de mayores ingresos encontramos una mayoría de varones (64%). Por lo tanto, ocuparse de la desigualdad de género, es ocuparse de la pobreza, así como ocuparse de la pobreza, implica tomar medidas en términos de desigualdad de género.

Todes más pobres

Durante la pandemia, hubo un momento en el que la diferencia entre los ingresos de hombres y mujeres parecía reducirse, pero no por una mejora en los ingresos de las mujeres sino porque se estaba “igualando para abajo”. Los ingresos de los varones cayeron más que los de las mujeres, ya que ellas fueron las principales beneficiarias (por ser estructuralmente las más empobrecidas) de los mecanismos de sostén de ingresos que se implementaron frente a la pandemia.

Si vemos el conjunto, durante la cuarentena estricta se incrementaron a nivel general los ingresos no laborales (como jubilaciones y pensiones, cuotas alimentarias, subsidios, etc.) en relación a los laborales, y así fue cómo las mujeres achicaron la brecha de ingreso en relación a los varones, en un contexto en el que todes perdieron poder adquisitivo. ¿Cómo esto es posible? Porque el 2020 terminó con  los ingresos promedio casi al mismo nivel en el que comenzaron pero con una inflación que acumuló un 36,1% en el año. Por lo tanto, mujeres y varones perdieron más de un tercio de su poder adquisitivo.

La nueva normalidad con vieja desigualdad

En 2021 los ingresos de emergencia se descontinuaron y los datos muestran que la brecha se volvió a ampliar y va en camino a las cifras pre pandémicas. A marzo de este año, las mujeres reciben un 25,6% menos de ingreso que los hombres, más de un cuarto de los ingresos desaparecen para las mujeres en relación a los varones. A su vez, cuando miramos la brecha entre trabajadoras y trabajadores informales, la diferencia asciende al 36% porque la desigualdad de género se profundiza con la vulnerabilidad económica. No deseamos esa normalidad, ni tiene por qué ser nuestro horizonte.

Cuando analizamos los números del mercado de trabajo, además de la desigualdad en los ingresos, vemos que en el caso de los varones, el empleo supera los valores previos a la pandemia mientras que entre las mujeres la tasa actual es menor a la de principios de 2020. Es decir que en términos de empleo las mujeres estamos incluso peor que antes de la llegada de la COVID-19. 

Si nos paramos en el primer trimestre de 2021 tanto la desocupación como la informalidad a nivel general volvieron a valores cercanos a los pre pandémicos  pero cuando desagregamos por género vemos que la desocupación bajó para los varones mientras que aumentó para las mujeres. El dato más alarmante en este sentido es que, al primer trimestre de 2021, una de cada cuatro jóvenes (mujeres menores de 30 años) busca pero no consigue empleo. La diferencia en el acceso a conseguir trabajo se amplió entre trabajadores y trabajadoras, lo que hace difícil, desde los feminismos, llamar recuperación a este panorama. 

¿Y por casa cómo andamos?

Hay un trabajo que aún no mencionamos. Limpiar las verduras, comprar alcohol en gel, hacer la cama y preparar comida todos los días son tareas que consumen horas de los días de la mayoría de las mujeres. Dentro de los hogares, las mujeres realizan el triple del trabajo doméstico que los varones, y esta es una de las razones por las cuales disponen de menos tiempo para realizar trabajo remunerado (o dedicar al estudio, al ocio o a la organización política y sindical). 

A su vez, la necesidad de compatibilizar el trabajo doméstico y de cuidados no pago con un trabajo remunerado provoca que muchas mujeres se inserten en empleos con peores condiciones laborales. Por lo tanto, ser las principales responsables de las tareas domésticas actúa como un factor primordial por el cual la tasa de actividad de las mujeres es estructuralmente 20 p.p. menor a la de los varones, y por el cual la informalidad tiene mayor incidencia entre ellas. 

Durante la pandemia, ante el aislamiento social, preventivo y obligatorio las tareas domésticas y de cuidados no remuneradas se incrementaron sustancialmente, debido a la mayor permanencia en el hogar de parte de todes, la suspensión de las clases presenciales con el acompañamiento escolar que generaron, y las nuevas medidas de higiene necesarias ante la COVID-19. Fueron principalmente las mujeres quienes se hicieron cargo de sostener este trabajo, incrementando la desigualdad de género en la realización de estos trabajos gratuitos esenciales para el sostenimiento social.

La vida que queremos

Si queremos que la normalidad desigual no vuelva, es esencial que revaloricemos y redistribuyamos las tareas domésticas y de cuidado, que son las que sostienen nuestras vidas. Para lograrlo, los servicios de cuidado públicos son un pilar fundamental: la demanda por un Sistema Integral de Cuidados (SIC) es una lucha clave de los sectores feministas en esta dirección. Incluso, el SIC es uno de los compromisos del Ministerio de las Mujeres, Género y Diversidad, aunque por ahora no tenemos noticias de su avance. 

Es desalentador volver a ver un Presupuesto para 2022 que nuevamente dirige las políticas de incentivo y reactivación económica a la obra pública, un sector que emplea mayoritariamente a varones (solo el 3,% de los trabajadores del sector son mujeres). Si bien gran parte es destinado a infraestructura para los cuidados, que planifica más de 200 obras en todo el país, también es necesario dar respuesta al incremento de la desigualdad en el mercado laboral y en los hogares. En este sentido, es vital que las políticas se diseñen teniendo en cuenta que las mayorías de menores ingresos se componen de mujeres y que “empezar por abajo para llegar a todes” involucra empezar por ellas. Explicar las desigualdades también es una herramienta para luchar por medidas que las corrijan.