Mientras el cumpleaños de Charly García copaba la banda de sonido del sábado y su música se expandía desde el Centro Cultural Néstor Kirchner a tantas casas, en otro espacio del CCK Moira Millán, weychafe (guerrera) mapuche, hablaba de Terricidio en el Festival Proyecto Ballena. Y el equipo de comunicación del programa de Lanata planeaba otra jugada, parte de una campaña de larga data basada en el odio, la criminalización de identidades, y la desinformación con fines políticos.

“Indios al ataque: son los nuevos terroristas, incendian y tienen en jaque a poblaciones enteras” arrancaba el anuncio del programa. La violencia mediática del aviso, de la emisión y de un engranaje de medios no es nueva, pero viene in crescendo y está desatada en las últimas semanas.

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Si usara el lenguaje que suele emplear Lanata podría decir cosas como “una vez más el ‘pseudo periodista’”, pero no me interesa meterme con cómo cada quién quiere denominarse. Menos aún copiarle las mañas a alguien que en algún momento admiré y con quien trabajé en una de las experiencias periodísticas más opacas de mi camino, el diario Crítica. Igual se la agradezco, me abrió los ojos.

Sí me interesa compartir la inquietud acerca del inmenso peligro que encierran este tipo de coberturas y el desafío que nos plantean a quienes trabajamos en el campo de la comunicación desde diferentes roles. Porque los discursos de odio no aparecen de manera casual, se trate de pueblos indígenas o de personas LGBT+, por citar dos de los colectivos que suelen tener como blanco. Tampoco parece casual que Lanata ya haya tenido denuncias en la Defensoría del Público (desde el domingo llegaron más de 20, algunas de ellas colectivas) y el INADI por discriminación, hace unos años, al hacer comentarios transodiantes por la identidad de género de Flor de la V.

Puede fallar pero existe cierta dinámica. Estos ataques desde la violencia mediática suelen coincidir o anticiparse a ciertos escenarios legislativos. No es sólo en Argentina sino en muchos países y tampoco exclusivamente de América Latina (en España se vio el avance transodiante cuando se discutía modificar legislación de identidad de género), que escalan a su punto más alto – y a sus argumentos más bajos- cuando toca debatir una ley o avanzar en algún derecho postergadísimo. El odio mediático es la punta de lanza de un paquete basado en aliados cruciales: política y justicia. En Perú, por citar un ejemplo para salir lo local, el avance de los discursos LGBTodiantes de movimientos con fines políticos como “Con mis hijos no te metas” llenaron de carteles ciudades las calles y puentes cuando por primera vez los feminismos y colectivos LGBT estaban por alcanzar un puñadito de victorias que luego no prosperaron con la misma fuerza.

Aunque existen diferencias y singularidades de las violencias por prejuicios, la definición de la Comisión interamericana de Derechos Humanos arroja luz sobre el terreno complejo en que operan. “Es un fenómeno social y no sólo un hecho individual o aislado”, dice la CIDH. Algunos de los rasgos que la definen: comprenden la racionalización o justificación de reacciones negativas, apuntan a grupos sociales específicos, tienen un impacto simbólico y requiere un contexto y una complicidad social”. Cuando se materializan en hechos de extrema violencia, estamos hablando de crímenes de odio. 

Aunque en otras gradaciones más leves, la violencia simbólica y mediática no es inofensiva. Abona el terreno para la discriminación, los prejuicios y estereotipos sociales y culturales. Y en este caso lo hace justo en la semana en que arranca el tratamiento de la Ley de Emergencia Territorial Indígena esta semana en el Senado. Hay varias organizaciones de ddhh exigiendo su prórroga y explicando por qué es importante que siga vigente para que no sa agrave la violencia ni los desalojos.

La complicidad salta a la vista en la cantidad de medios que se hicieron eco del informe de Lanata. Que más allá de proponer desde su promoción y contenido un enfoque estigmatizante, no resiste el análisis del quehacer investigativo (fuentes, contextos, abordajes, datos, terminología). 

Entre mis demasiados pasatiempos, algunos a mi pesar, no puedo evitar tomar capturas de pantalla cuando veo determinado tratamiento mediático. Enseguida pienso “es un buen ejemplo de buenas o (la mayoría de las veces) malas prácticas” para el próximo taller de periodismo con perspectiva de derechos humanos. De algunas personas y medios tenemos demasiados ejemplos. Pero hay notas de Lanata y Clarín tan didácticas. Hace tres semanas había tomado esta, donde aludía a la situación de Cuesta del Ternero: Conflicto mapuche: qué hay detrás de la defensa del Gobierno a los usurpadores en la Patagonia. 

Parece idéntica a otras noticias que compartimos en un taller que coordinamos desde Presentes y donde Moira Millán, Elena Corvalan (periodista) y Constanza Oviedo (comunicadora de Paraguay) nos compartieron acerca de cómo abordar estas coberturas. En Argentina muchos de los malos ejemplos (no los únicos) tenían que ver con la criminalización de identidades mapuches en noticias sobre la desaparición de Santiago Maldonado y al asesinato de Rafael Nahuel (por un integrante de Prefectura). Y en su despliegue pasa lo mismo que con los temas LGBT+ (que en los últimos años al menos lograron mayor visibilidad): no sólo estamos hablando de enfoques sino de malas prácticas periodísticas. 

¿Cómo y qué noticias se cuentan acerca de pueblos indígenas? ¿Quiénes las cuentan? Son algunas de las preguntas sobre las que aprendimos en aquel encuentro. Y lo que aparece es que se cubren poco, mal, con profundos sesgos racistas, colonialistas, patriarcales, supremacistas, binarios. 

Binarismo: indígenas buenxs y malxs

En ese taller Moira habló del binarismo que se ve en los últimos tiempos en los medios de comunicación respecto de determinadas figuras indígenas, y a los intereses detrás de esta caracterización positiva o negativa. Y que se ve con fuerza estos días. “El fenómeno del indígena bueno y el indígena malo. Toda vez que aparece un sector indígena que demanda, que reclama, que lucha, es necesario estigmatizarlo para que no consiga apoyo. Se lo coloca en otro lugar, que es el del terrorismo. Entonces: o somos las pobrecitas, indefensas, inca- paces de agenciar nuestro derecho o nos convertimos cuando lo logramos, cuando nos hacemos visibles, en terroristas”.

Hace varios meses que el Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen vivir trabaja intensamente para difundir una campaña de concientización para decir Basta de chineo: “una práctica colonial que continúa existiendo en manos de los criollos, las empresas transnacionales que operan en nuestros territorios, las fuerzas de inseguridad del estado y el patriarcado que nos atraviesa”. 

¿Cuántas noticias nos llegan a través de los medios sobre chineo o delitos sexuales contra mujeres indígenas?¿Cuántos medios informaron acerca del juicio a Gloria Colihueque Catriman, acusada ante un tribunal en Esquel , y tantos conflictos como este de los que casi no nos enteramos?¿En qué medidas las agendas de noticias ambientales visibilizan la lucha de los pueblos indígenas como defensores y defensoras de la tierra o se enfocan en otro tipo de actores (jóvenes, blancos, cis) y prefiere ceñir lo indígena a la lucha por el territorio (que en esta cosmovisión implica una idea completamente diferente)?

Sobre algunas de estas cuestiones volvió Moira el sábado en el proyecto Ballena en el CCK. “No se trata solo del territorio mapuche sino del planeta tierra”, aclaró. Habló de una matriz civilizatoria racista sexista patriarcal especista individualista en crisis. Y de esa palabra con la que hace pedagogía: Terricidio. “Es un modo de ponerle nombre al dolor de un ecosistema tangible e intangible, porque el ecosistema espiritual también está siendo atacado. Y la destrucción del territorio es un crimen que debe ser juzgado y condenado”. 

Moira dice que lo que está en juego es mucho más que un tema de tierras, que tampoco se soluciona con propiedad colectiva ni con mensuras. “Venimos a plantear otro modelo”, insiste. Habla de recuperar la espiritualidad de las naciones indígenas. De una epistemologia de la vida y no de la muerte. “La puesta en escena mediática es muy fuerte y parece muy grande. Pero si pensamos en las luchas ganadas, no es tan poderosa. Se está emplazando agenda”.

Parece increíble pensar que en otra sala del CCK al mismo tiempo Charly García y su música estremecían. Y en ese laberinto algorítmico mental me cruzaron otras imágenes, como ese video que circuló hace unos días donde Lanata le cuestionó a García su identidad como artista (¡!). La mejor parte de ese video no me parece cuando Charly le dice que es un pelotudo. La mejor parte es el remate:

-Y aparte nunca me traicioné- le dice Charly.

-Este pelotudo tampoco- responde Lanata. 

-¿De quién me hablás?- pregunta el músico. 

-De mí

-Ahhhh.