El nuestro es un país que nos somete a postergaciones tan prolongadas que, muchas veces, se vuelven permanentes. De la mano de esa costumbre fue que numerosas promesas terminaron en mejoras incumplidas y, lo peor, es que terminamos por aceptarlas y naturalizarlas en su condición de proyectos irrealizables. Soy de los tiempos en que una familia que recibía la instalación de una línea telefónica se emocionaba tanto que escribía a la sección de Cartas de lectores de algún diario agradeciendo a ENTel e invocando a todos los santos por haber recibido, por fin, ese adminículo doméstico que parecía provenir del cielo. Del mismo modo, hubo que soportar infinitos riesgos y lamentar demasiadas víctimas hasta que la ruta 2, que conduce a los principales balnearios bonaerenses, se convirtiera, finalmente, en una autovía de doble mano. Está claro: las necesidades de los ciudadanos y los tiempos de las realizaciones políticas y la concreción de las obras públicas no siempre coinciden. Pensemos también en las postergaciones, disgustos y mentiras por los que miles de vecinos pasaron- y aún pasan – para poder gozar del asfalto de una calle que era de tierra desde el siglo pasado. Y ni hablar de la tan declamada y prometida urbanización de los barrios populares. Para ellos siempre falta algo. Y cuando, en ocasiones, la obra se concluye empiezan a saltar carencias básicas: terminaciones inadecuadas, poca nobleza de los materiales de construcción utilizados, baja conectividad y lamentable ineficacia en la provisión de los servicios más elementales. Hasta el fin de mis días apoyaría al funcionario capaz de ponerle un punto final a estos importantes desencuentros y convirtiera en beneficios sociales a semejantes maleficios colectivos. Dilaciones semejantes nos convierten en hijos de mil decepciones.

Del mismo modo elegiría eternamente a aquel economista que pudiera modificar una de las más perversas usanzas nativas: que cualquier operación de compra o venta de importancia significativa deba liquidarse en dólares. Pienso que este debería ser el capítulo inicial del libro sobre la tan mentada batalla cultural, imaginado y firmado por alguien, que desafíe sin prejuicios ni compromisos políticos y le falte profundamente el respeto a la divisa norteamericana. Con idéntico entusiasmo ungiría entre mis favoritos al especialista que recuperara con certeza las aguas del Riachuelo. Y apartara del papelón a aquellos antecesores que prometieron su limpieza en vano. ¿Cuántos más de los mil días abusivamente planteados como plazo en alguna ocasión ya pasaron y el saneamiento sigue teniendo entidad de fantasía? Y, por qué no, de paso, encarar la posibilidad de curar las agüitas del Río de la Plata que durante décadas fueron espacio de recreo y esparcimiento para millones de personas. Si, por lo que fuera, un proyecto semejante tuviera carácter de impracticable, volvería a una idea incumplida de María Elena Walsh. Inolvidable por su obra poética y musical, ella se fue de este mundo acicateada por cercanos que veían en la cantautora a una magnifica (por entonces) intendenta porteña. Ella acariciaba el propósito de convertir a la 9 de julio en una línea de agua y que cada barrio porteño contara con una pileta de natación pública para paliar los veranos rigurosos, como este que estamos soportando. Fina ironista, es de imaginar que hubiera dicho del actual alcalde capitalino que allí donde ella fantaseaba con una sofisticada Venecia ciudadana el plantó para siempre un metrobús o que propuso como natatorio un engaña pichanga, pintado en el suelo de color azul y sin una gota de agua para que los chicos pudieran tirarse estilo bomba, como a ellos les gusta.

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Problemas de gestión, de desidia, de ese auténtico oxímoron que es la llamada voluntad política (que, a fin de cuentas, no es ni una cosa ni la otra) contribuyeron sistemáticamente a que haya menos jardines, escuelas, institutos educativos y vacantes que el sentido común exige y la ciudadanía demanda. En idéntica dirección celebraría que un Estado presente le diera escolaridad, apoyo de salud y trabajo genuino y formal a travestis y trans y a cartoneros a los que se pretende conformar con el eufemismo “recuperadores urbanos”. Así como ya tenemos claro que ninguna mujer nació para prostituirse, aceptemos de una vez que nadie nació para sobrevivir recogiendo lo que muchos tiramos a la basura. Un tema lleva a otro. Los que se quedaron sin nada y su refugio nocturno es la dura calle no cuentan con edificios estatales desde los que puedan empezar a rearmarse o, al menos, poder descansar dignamente y recibir contención. Los hospitales públicos están llenos de profesionales admirables (con demasiada frecuencia muy mal remunerados) que volvieron a demostrar vocación y entrega durante la pandemia. Esos centros médicos, probablemente únicos en la región, son eficaces, gratuitos y sirven a sectores importantes de la población, pero podrían ser de ensueño si los horarios de atención de cada jornada fueran más amplios y si obtener un turno para una intervención especial no se prolongara durante meses en modo dramática odisea. Cuánta necesidad de ir descubriendo aspirantes políticos que se dejen abrazar y vuelvan propios a estos temas, presuntamente, menores. Aunque, para mi gusto, de una importancia gigantesca.

Alguien podrá alegar que ninguna de las contingencias apuntadas, son comparables al daño que provocan los destratos de un sistema judicial en donde jueces operan a la manera de partidos políticos, tardan años para desentrañar entre el bien y el mal y en numerosos casos terminan equivocándose, sin que nadie logre hacerles pagar sus errores. O frente a la acción permanente de una oposición que solo propone encerronas y que se especializa en correr el arco permanentemente, propiciar daños psicológicos y morales y no dejar gobernar. Tal vez estén en lo cierto que todo lo aquí planteado no sean otra cosa que burbujeantes inocentadas, coloridas ilusiones propias de un cambio de año. Pero darle lugar en estos tiempos a ciertos pensamientos, así de simples y sencillos, resulta muy necesario, para, como decía el siempre recordado Jorge Guinzburg , “volver a darle una oportunidad al milagro”.