“Tenía puesto unos shorts y una musculosa. Volvía a casa desde lo de una amiga por un sendero bien iluminado. Eran dos minutos de caminata y pensé que estaba a salvo”, dice uno de los carteles de la muestra de arte “What were you wearing?” (¿Qué llevabas puesto?”), montada el año pasado en la Universidad de Kansas, en Estados Unidos. La exposición reconstruyó la ropa que llevaban puesta las 18 víctimas de abuso sexual, al momento de ser atacadas. Con el fin de romper con el mito de la vestimenta asociada como factor provocador de violencia de género, la muestra colgó joggings, chombas de piqué, pijamas y hasta remeras con dibujitos para mostrar la cruda realidad.

Ese interrogante o la afirmación “tenía la pollera muy corta” son las típicas justificaciones que escucharon de sus abusadores muchas de las víctimas, una vez que éstas se animaron a hablar. Como si el abuso no fuera degradación suficiente, se somete al sexo femenino y se lo responsabiliza como instigador de violencia, acoso y/o abuso sexual por la vestimenta que elige.

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La moda también es política y si estas prendas pudieron ser usadas como excusa para cometer un abuso, también pueden funcionar a modo de empoderamiento. El colectivo ruso punk y feminista Pussy Riot lo sabe y hace uso de su imagen con vestidos de colores llamativos apretados y pasamontañas que cubren sus identidades. 

Lo mismo con las Femen de Ucrania. Más extremistas, se disfrazan de monjas y se desnudan en público para dejar a la vista enormes eslóganes pintados a mano que predican por la revolución de las mujeres. 

Acá también las mujeres tienen sus propias insignias. El 20 de febrero, el Congreso se tiñó de verde en el pañuelazo a favor de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Y cada vez son más las marcas que incluyen entre sus diseños remeras con mensajes más tímidos como “Girl Power”, y otros más explícitos como “puta feminista”, “mi cuerpo, mi elección” o “abajo el patriarcado”.

La moda no está exenta de la coyuntura y, tarde o temprano, hace eco de los movimientos sociales. Ya sea por un compromiso real o para aumentar sus ganancias a partir de una tendencia, cada vez son más las etiquetas que toman al feminismo y a la comunidad LGBQTI como parte de su discurso.

Hace tres años, Chanel cerraba su desfile de verano en París con una puesta en escena que simulaba una protesta callejera por los derechos de la mujer. La siguió la primera diseñadora al mando de Dior, que estampó, en 2016, la cita “Todos deberíamos ser feministas”, de la autoría de la activista africana Chimamanda Ngozi Adichie.

La semana pasada, Christopher Bailey, el director creativo de Burberry, modificó el clásico estampado de la firma británica e incluyó los colores del arcoíris en el escocés y en toda la colección.

Tan acusada de frívola y efímera, la industria de la moda se mueve acompasada de los sucesos sociales. Se evidencia una mayor inclusión, aunque lenta, de distintas edades, etnias, géneros y cuerpos en campañas gráficas y pasarelas. Si la ropa funciona como una segunda piel, hoy la gente (y los empresarios de la moda) se pone la camiseta para defender los valores que considera más apropiados.

“¿Ibas vestida sexi?”

Una joven fue dos veces acosada el lunes en el Subte porteño y en el mediodía del miércoles fue entrevistada por el Noticiero de Telefe. Cuando contaba el relato de como primero un hombre la manoseó y luego, otro se masturbó delante suyo, el conductor del programa, Nicolás Repetto, no tuvo mejor idea que revictimizarla al preguntarle cómo estaba vestida, cómo si eso justificara al accionar de los dos acosadores.

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