Cuando todavía no cumplió los cien días en el Salón Oval, el presidente Joe Biden avanza en varios frentes por lo menos arriesgados, en busca de recuperar la hegemonía estadounidense. Mientras fronteras adentro busca apoyos legislativos para incrementar impuestos a las grandes corporaciones para un New Deal del siglo XXI, en las relaciones exteriores se muestra incluso más agresivo que su antecesor, aunque con maneras melifluas que Donald Trump no acostumbraba lucir.

Luego de las últimas amenazas contra Vladimir Putin, que generaron una agria respuesta del presidente ruso, la última jugada fue el documento que emitió ayer, recordando el 24 de abril de 2015 como un genocidio armenio a manos del Imperio Otomano. Es la primera vez que un mandatario estadounidense utiliza esa frase para referirse a la matanza de un millón y medio de armenios en la Primera Guerra Mundial, lo que generó la pronta respuesta del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, acusando al inquilino de la Casa Blanca de “querer reescribir la historia”. Para Turquía, la masacre armenia, el Meds Yeghern, fue un suceso terrible durante los estertores del Imperio Otomano que enlutó también a la nación turca, fundada en 1923. Pero jamás aceptaron la denominación de “genocidio” que reclaman los armenios y que reconoce medio centenar de países en el mundo, entre ellos, la Argentina.

El viernes, Biden mantuvo una cumbre virtual con Erdogan en la que le adelantó el paso que pensaba dar y le pidió un encuentro cara a cara para coordinar “una relación bilateral constructiva”. Sabe que juega con fuego porque Turquía es un socio de la Otan y la inquina de Erdogan con Washington viene de larga data. No acepta la protección a Fethullah Gulen, un líder islámico al que acusa de agente de la CIA, refugiado en Pensilvania desde 1999 y sindicado como responsable del intento de golpe de Estado de 2016.

En el tablero internacional, Biden perfecciona una estrategia de rodear a Rusia que había florecido con Barack Obama. Esta semana lo dijo claramente Putin en su discurso anual ante la Asamblea de la Federación. Los medios occidentales resaltaron la advertencia del mandatario ruso: “No traspasen la línea roja (…) o los provocadores se arrepentirán como no se han arrepentido en mucho tiempo”. Para darle más dramatismo a la frase, aclaró que Moscú definirá qué es línea roja y qué no.

Pero la argumentación venía ligada a los últimos antecedentes de avances de EE UU y la Otan hacia las fronteras de Rusia. Desde el golpe contra Viktor Yanukovich en Ucrania en 2014 hasta la intentona contra Alexandr Lukashenko en Bielorrusia hace unos meses y las operaciones contra Venezuela. “No queremos quemar puentes, pero si alguien percibe nuestras buenas intenciones como indiferencia o debilidad y tiene la intención de hacer explotar estos puentes, debe saber que la respuesta de Rusia será asimétrica, rápida y dura”.

Ni bien Biden asumió su cargo, lanzó sucesivas diatribas contra Putin, al que llegó a catalogar de asesino. En este contexto, la situación de Alexandr Navalny resulta clave. El bloguero convertido en líder de la oposición a Putin fue detenido a su regreso de Alemania luego de un tratamiento médico por un episodio que para los medios occidentales fue un intento de envenenamiento.

Hace tres semanas, Navalny inició una huelga de hambre en el penal de Pokrov como protesta por las condiciones de su detención, entre las que sumaba la falta de atención médica por problemas de columna. Su salud se deterioró de manera peligrosa hasta que este viernes aceptó cesar el ayuno. “No retiro mi petición de ver al médico, que es necesario, pero pierdo la sensibilidad de partes de mis manos y de mis piernas (…) Dada esta evolución y estas circunstancias, comienzo a poner fin a mi huelga de hambre”, escribió en su cuenta de Instagram.

Este hecho coincidió con el retiro de las tropas rusas que hicieron maniobras cerca de la frontera con Ucrania y que para la Otan resultaban una amenaza para Kiev. Si bien los movimientos militares eran en territorio ruso, donde el organismo europeo no tiene injerencia, Moscú alega haber terminado con los ejercicios y organizó la vuelta a casa de los efectivos.

Pero la tensión ahora se traslada a Armenia. Luego de la escalada bélica de septiembre pasado en Nagorno Karabaj, el territorio de mayoría armenia dentro de fronteras de Azerbaiyán, quedó en Ereván el sabor amargo de la derrota. El cese el fuego se logró luego de la intervención diplomática de Putin. Armenia tiene fuertes ligaduras con Rusia, mientras que los azeríes recibieron el apoyo de Turquía.

En este delicado juego, Turquía –tras la declaración de Biden– acumula más razones para dar la espalda a Europa, donde ya sabe que jamás la dejarán entrar en la UE, y ahora incluso para salirse de la Otan. Putin, en tanto, entiende claramente que está en la mira de Washington como no pasaba desde la Guerra Fría, y promete actuar en consecuencia.