El cine es un acto político. No solo el acto creativo de hacerlo, escribirlo o actuarlo: ir al cine, elegir una película y pagar una entrada para verla es un acto político deliberado. Como lo son casi todas las decisiones en la vida de una persona. En una entrevista con este diario, en una de las primeras ediciones de su nueva etapa cooperativa, la escritora y dramaturga Griselda Gambaro afirmaba que “somos animales políticos, lo querramos o no, y eso está en todas nuestras acciones, aún en las más íntimas. Un hombre que golpea a una mujer ejecuta una acción política. Es lo mismo. Y aún sirviendo el café con leche uno ejecuta una acción política, porque lo que se ejecuta en cada una es una forma de estar en la sociedad”. Aceptado esto, que implica la fe ciega en que todo acto humano es político, queda claro que la cinefilia conlleva una determinación de ese mismo orden. En esa línea pero de un modo mucho más obvio, organizar un festival de cine no solo es un simple acto político sino que se adentra, de manera abierta, en el territorio del activismo.

Programar un festival implica un recorte siempre reducido y parcial de un conjunto de películas que representan una forma de interpretar (e interpelar) a la realidad, que tiene su complemento perfecto en el universo que se ha decidido dejar fuera de campo. El Florianópolis Audiovisual Mercosur (FAM), que se lleva a cabo desde hace 21 años en la tradicional isla balnearia del sur del Brasil y que concluye este domingo 25 de junio, no oculta esa voluntad de provocar a su comunidad, de meter el dedo en la llaga política. Una herida que en estos momentos es muy grande en un país tan convulsionado como Brasil y que no para de supurar. Lo interesante del caso es que la comunidad no solo recoge el guante de ese desafío, sino que utiliza el espacio del festival para pasar a la acción. El público de FAM asume un rol activo que va más allá del simple sentarse a ver, para convertirse en actores que aprovechan cada oportunidad para ser protagonistas. Basta que en la pantalla, antes de cada proyección, aparezca la placa que recuerda que el festival cuenta con apoyo del gobierno federal, para que alguien grite “¡Fora Temer!” desde alguno de los rincones oscuros de la sala y que el milagro del efecto dominó traiga consigo el eco de la adhesión de otras voces que se suman a la consigna, apoyados por un aplauso del que terminan siendo parte casi todos. El FAM es la válvula de escape que una parte de la sociedad florianopolitana aprovecha para descomprimir una presión política que se percibe en todas partes.

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Fora Temer, fora Temer, fora Temer. Toda Florianópolis parece vociferar en contra del hombre que es la cara visible de aquella conspiración que eyectó de su cargo a la presidente Dilma Rousseff hace poco más de un año y que desde entonces ocupa su lugar al frente del poder ejecutivo de la República. Un año en el que las sospechas de corrupción lo fueron cercando pero que, sin embargo, Michel Temer ha conseguido eludir con una mezcla de caradurismo y cintura política envidiable. Fora Temer. Ese pedido, que es una exigencia lanzada al espacio, no es sólo verbal. Contar las veces que la frase se repite, escrita en paredes, bancos de plaza, asientos de colectivo, postes del alumbrado y otras improvisadas tribunas, puede ser una de las formas de amenizar un recorrido por Florianópolis. La gente ha convertido al espacio público en una red social espontánea y en ella se expresa el mandato popular de restablecer un orden institucional al que consideran perdido, cuando no usurpado. Lo cual, si se piensa que Florianópolis es la capital del sureño estado de Santa Catarina, no deja de resultar por lo menos una sorpresa.

Una docente de la carrera de cine, que forma parte de la plataforma académica de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC), que tiene su sede en la isla, recordaba durante una charla que tuvo lugar entre proyecciones que este es uno de los más conservadores de los 26 estados que conforman la unión brasileña, junto con los vecinos de Rio Grande do Sul y Paraná. Los tres limitan con la Argentina. Y mencionaba como prueba fáctica que este fue el territorio en el cuál Aécio Neves, candidato de la derecha, obtuvo mayor porcentaje de votos en las elecciones presidenciales de 2014, en las que ballotage mediante finalmente fue derrotado por Dilma, aunque por escaso margen. En ese contexto, afirmaba la profesora universitaria, el lugar que Florianópolis ocupa como centro político y administrativo de Santa Catarina convierte a la ciudad en un polo progresista dentro de ese panorama general de perfil conservador. Y consideraba que el hecho de ser una ciudad universitaria no representa un detalle menor dentro de esa identidad. No es casual encontrarse acá con una comunidad tan activa y preocupada por las problemáticas sociales y políticas de la realidad brasileña, como tampoco lo es que la UFSC sea el espacio elegido para ser la sede del FAM.

Progresista y todo (Florianópolis es además una de las ciudades capitales más seguras del Brasil), alcanza una mirada atenta para detectar de inmediato la brecha social. Es sabido que los estados sureños se caracterizan por una composición poblacional en la que es muy notoria la presencia de los flujos migratorios europeos ocurridos durante la primera mitad del siglo XX. Las colectividades italiana y sobre todo alemana tienen una presencia muy visible en el perfil étnico de la región. Alguien comentaba, en otra de esas charlas entre películas, que Santa Catarina es la región con más presencia de arquitectura típicamente alemana en el mundo, fuera del propio territorio alemán. Dato tal vez incomprobable, aunque ahí está la ciudad de Blumenau, fundada en 1850 por el filósofo y químico alemán Hermann Bruno Otto Blumenau, para oficiar de caso testigo. Tan importante es esta presencia que si un invitado al festival se limitara a permanecer dentro de la burbuja de la UFSC, le resultaría muy difícil cruzarse con personas de raza negra, quienes constituyen una minoría clara en ese ámbito, en el que sin embargo el abanico étnico no deja de ser notablemente amplio. Incluso puede llegar a pensarse que la población afroamericana más pura no constituye un porcentaje representativo dentro de la composición demográfica de la isla.

Pero alcanza con subirse a un colectivo, ir a los supermercados o recorrer las calles cercanas a las terminales de transporte para darse cuenta cuál es lugar de los negros también acá, en la progresista Florianópolis. Camareras, personal de limpieza en los hoteles o en los espacios públicos, cajeras de supermercado, vendedores callejeros, obreros que van y vienen de casa al trabajo y del trabajo a casa en colectivo. Un paradigma que no se aparta de los patrones del recorte social que es posible reconocer en Buenos Aires, pero al que la diferencia mucho más notoria entre el color de las pieles de unos y de otros, hace que se vuelva evidente a simple vista. Pero eso no debería ser una excusa: igual que en Floripa, en Buenos Aires la ceguera social siempre es voluntaria y esa misma brecha enorme solo puede seguir siendo invisible para quienes sistemáticamente se niegan a verla.