Últimamente los espías de la CIA no han estado muy precisos. Más bien, han estado groseramente imprecisos, y no por ello menos dañinos. Una mañana le dijeron al presidente que había tiempo de sobra para la evacuación afgana, que los talibanes no entrarían todavía a Kabul. Y Joe Biden les creyó y lo repitió. Al día siguiente, la gente se colgaba de las alas de los aviones para salir de Afganistán. Poco antes habían dicho que Marruecos dejaría por un tiempo de chantajear a Europa llenándola con migrantes africanos, y otro día España se desayunó con miles de “intrusos” en su base de Ceuta. La semana pasada le contaron a Biden que la frontera con México estaba tensa, pero bajo control. Ese día, más de 14 mil haitianos vadearon el río Bravo y pasaron a Texas, la tierra mexicana robada en 1821.

Desde entonces, el presidente demócrata que decía avergonzarse hasta de la existencia de Donald Trump, el anterior ocupante de la Casa Blanca, quedó al desnudo. Había mentido a su electorado y al mundo, en su carácter de líder de la mayor potencia, y había estado aplicando, y seguía aplicando, las mismas políticas xenófobas de su antecesor: metralla, garrote y deportaciones para todos aquellos que se dignaran perturbarle la siesta. La misma receta les aplicaría ahora a los haitianos que el sábado 18 se le colaron por el sur, por la frontera México-Texas.

Sumate y apoyá el periodismo autogestivo

ASOCIATE

El domingo, sin escuchar las críticas ni las recomendaciones de propios y extraños, el viejo bonachón de sonrisa eterna se mostró como el mejor halcón, émulo de la bestia apocalíptica que había ordenado la construcción de una muralla para mostrar que en su universo hay un mundo con límites que los haitianos, sin embargo, lograron burlar. Ese domingo despachó hacia la miseria de Puerto Príncipe los primeros de los 135 vuelos con los que piensa sacarse de encima a los haitianos. Y había dispuesto que la Patrulla Fronteriza, con sus caballos, sus lazos y sus látigos, la emprendiera contra esos “extranjeros” que ambicionan un plato de comida. Como si fuera pensado para mostrar hasta dónde está dispuesta a llegar la potencia “cuna de las libertades”, los centauros se dejaron fotografiar de frente y perfil.

Al final de la semana los demócratas reaccionaron, unos denunciando la barbarie, otros renunciando a ser parte de ella, pero los republicanos ya les habían sacado días de ventaja y habían acorralado a Biden. “Esto es lo que le pasa por jugar con la seguridad y abandonar las políticas de  Trump”, dijo el senador ultraderechista Ted Cruz. Para el gobernador de Texas, el ultramontano Greg Abbott, las cosas tampoco se solucionan con el desarrollo y creando fuentes de trabajo, sino reforzando a la Patrulla Fronteriza. Para ello, mientras Biden no envía recursos, él dispuso de una primera partida de U$S 3000 millones para “frenar a las hordas”. Se supo ahora, pero eso no basta a los republicanos, que desde su asunción, en enero pasado, Biden ya ordenó la detención en la frontera de 1,3 millones de migrantes que buscaban asilo en EE UU. Es un nivel nunca visto en 20 años.

Versiones filtradas en los ámbitos diplomáticos y reproducidas por las agencias noticiosas AP y Efe aseguran que Biden está dispuesto a profundizar la política de la brutalidad, pero que algunos movimientos del tablero mundial lo frenan, por ahora. Primero, la solidaridad dada a los migrantes por el gobierno de México, que les permite moverse libremente por su territorio, y por el pueblo mexicano, que asiste a la diáspora centroamericana con alimentos y agua, un bien caro y especialmente cuidado en el país. Segundo, la intervención de la Cepal, que junto con otras 19 agencias del sistema de las Naciones Unidas presentó un paquete de proyectos diseñados para beneficiar a 70 millones de personas de la región. Ambos movimientos están frenando a los “malos consejeros” de Biden que, como su ministro de Seguridad Nacional, Alejandro Mayorkas, advirtió, en el mismo tono ya conocido de otros de sus pares de otros países, que “si vienes te expulsamos y pones en riesgo tu vida y la de tu familia”.

“Disculpe el señor / se nos llenó de pobres el recibidor / y no paran de llegar…”, cantó Serrat después de la caída del Muro, cuando los europeos del Este llegaban en bandadas al reino occidental y cristiano de la Otan. Los de Texas son, como ellos, soberanamente pobres, aunque aquellos eran literalmente rubios y de ojos celestes y estos son negros de pata en el suelo. Ahora, como antes, los amos no afrontan que la emigración no es un mero capricho ni un circunstancial estado de ánimo, sino un fenómeno con raíces tan profundas como las culturas de donde llegan los expulsados de sus tierras, y que en ello tienen demasiado que ver los amos. En estos días se los recuerda hasta la Cepal, que les dice que la emigración se acaba con trabajo y comida, y no con los centauros de Texas arriando pobres.  «

Vergüenza de su propio gobierno

En los últimos días, a Joe Biden le vienen cascoteando el rancho con virulencia creciente y no puede parar las piedras que llueven desde todos las direcciones. Habituados a las masacres, las invasiones frustradas, los daños colaterales que acaban con vidas y haciendas, los presidentes siempre se las ingenian para zafar, pero esto de las migraciones masivas en su propia casa es algo nuevo. Los haitianos y otros llegaron de buenas maneras pero con malas noticias. Se instalaron y, sin proponérselo, son un ejemplo que en menos de una semana llevó a que la secretaria de la Cepal, Alicia Bárcena, le diera consejos a la Casa Blanca, a que el mexicano Andrés López Obrador le enrostrara al presidente sus mentiras y que al jefe de los congresistas demócratas, Charles Schumer, le diera vergüenza su propio gobierno. Y hasta provocó, cosa inusual, la renuncia de un consejero diplomático.

A los postres de la Cumbre de la Celac, a la que EE UU no fue invitado, Bárcena le explicó a Biden que “la marcha de multitudes del sur hacia el norte no es un fenómeno coyuntural sino una condición estructural” que se soluciona arraigando en sus tierras a las poblaciones que hoy migran, y no construyendo muros para frenarla”. AMLO fue más directo aun: “Seguimos esperando los recursos prometidos para crear fuentes de trabajo en la región, estamos hartos, basta de discursos, no queremos helicópteros artillados para reprimir, queremos que la gente tenga recursos para sembrar”. Lo de Schumer dolió mucho, porque llegó de adentro. “Pare ya, presidente, de seguir con la política xenófoba de Donald Trump”. El renunciante Daniel Foote fue igualmente duro: “Dejo mi cargo porque no permitiré que algún día se asocie mi nombre a las políticas inhumanas de su gobierno”.