¿Hasta cuándo el Coronavirus?, ¿hasta cuándo la pandemia?, ¿hasta cuándo la interminable cuarentena? Si bien, no son las únicas preguntas que como sociedad enfrentamos en este momento (tenemos una larga lista de cuentas pendientes, como para limitarnos a tres preguntas tan irrelevantes y efímeras desde una perspectiva histórica) son sin duda, asuntos que nos preocupan hoy, mientras atravesamos lo que representa la primera gran pandemia del siglo XXI.

No soy ajena a estas preguntas, ni al hastío de estos últimos 16 meses; de la primera onda, la segunda, las diferentes vacunas, el uso de máscaras, el aislamiento, el confinamiento y la falta de nuestros afectos. De las controversias y de los cuestionamientos de algunos -que nada entienden de vacunas, inmunidad o biología viral- acerca de las metodologías utilizadas en la elaboración de las vacunas, de la politización de estos temas, de las proclamadas “libertades individuales” que hay que respetar ante directrices de salud pública.

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Sin embargo, un tema central es que lo que nos pasa hoy a cada uno individualmente, representa lo que nos pasa a todos como sociedad global y globalizada. Nuestros amigos, nuestra familia, nuestro barrio, nuestra ciudad, el país, el continente y el mundo están atravesando una situación semejante e inédita. Y no porque sea la primera vez que surge una enfermedad con alta capacidad infecciosa: enfrentamos a la peste (en el siglo XIV), el cólera (en los siglos XIX y XX), la gripe española (entre 1918 e 1919) y el HIV en los años ‘80, entre otras muchas epidemias locales y globales que tuvieron alto impacto en la morbilidad y mortalidad de la población. Inédita porque somos siete billones de personas en este planeta, vivimos en sociedades compuestas por millones de individuos, amontonamos a los pequeños en escuelas, a los viejos en geriátricos y la gran masa con capacidad de trabajo experimenta horas de trabajo masificado a diario. Invadimos y acabamos con bosques y selvas, alteramos el clima global y viajamos a lo largo y ancho del planeta en pocas horas todos los días, cargando equipaje y agentes infecciosos de un lado a otro del mundo. Creamos las mejores condiciones para que nuevos virus emerjan, produzcan brotes, epidemias y eventualmente pandemias afectándonos a todos.

La buena noticia es que, a diferencia de los casos anteriores, tenemos hoy mucho más conocimiento sobre los aspectos biológicos, inmunológicos y epidemiológicos que las controlan, y nuevas tecnologías para el desarrollo de vacunas. Pero enfrentamos un desafío mayor (sin contar con las fake news): el de responder a esta situación como sociedad, de forma colectiva. Las enfermedades transmisibles, como es el caso del Covid-19, nos afectan a todos y la solución viene de la mano de todos. El uso de máscara, el respeto de la distancia social, y una vacunación que alcance a una alta proporción de individuos son las medidas (las únicas) que debemos continuar adoptando para conseguir el control de la pandemia. Las vacunas han sido y continúan a ser la medida preventiva de salud pública más colectiva y democrática que hay.

O nos vacunamos masivamente, continuamos cuidándonos, usamos máscara, nos mantenemos fuera de aglomeraciones, respondiendo como sociedad al problema que nos toca enfrentar, o seguiremos demorando el control de la pandemia.

Cuanto antes todos tomemos conciencia de la parte que nos toca individualmente, antes saldremos de esto colectivamente. Así garantizaremos salir más rápido de la pandemia y estar mejor preparados para las próximas, que seguramente, vendrán.