Aún bajo bloqueo, sanciones, migración masiva y destrucción del salario, las estadísticas  de varias consultoras y los datos de la conducta social, indican que el gobierno de Maduro y el PSUV ganarán la mayoría de los más de 250 cargos y circunscripciones disputadas en las elecciones de este domingo.

El anómalo proceso político bolivariano, dado por muerto por muchos ex seguidores de Chávez, no parece regirse por la tendencia dominante que empuja hacia la derecha el voto en América latina y otros países del mundo.

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El editor chaqueño Rubén Biceglia me contó esta semana al volver de Caracas adonde fue a la Feria del Libro, que al recorrer las calles comerciales, no entendió por qué todo funciona como si no pasara nada. Metió sus impresiones visuales en esta frase: “Clarín diría que es un espejismo del realismo mágico. Sin embargo yo vi un país funcionando”.

Tras siete años en el poder, el chavismo en la versión de Nicolás Maduro, llega a estas elecciones como el sujeto victorioso en por lo menos dos planos: el diplomático de la mano de Noruega, y el militar-social de la mano del gobierno, el PSUV y las FANB.

La oposición derechista en cambio, participará derrotada en ambos frentes. 19 desastres que incluyeron un intento de invasión norteamericana, la dejaron exhausta y dividida, más fraccionada que el chavismo.

Perder o perder

En esas condiciones los partidos anti chavistas tienen dos opciones: Perder participando o perder absteniéndose. Competirán con dos penas en el alma: sin moral de combate y sin Pentágono.

Siguiendo la conducta de cualquier imperio, Washington decidió actuar según la pragmática de los hechos: sus aliados en Venezuela fueron derrotados en 19 intentos de voltear a Maduro con tiros, golpes y guarimbas. El propio EE.UU. fracasó en su plan de invadir el país.

Este domingo se disputa el poder en 24 gobernaciones y 335 alcaldías. Esa es la geometría nacional del poder que garantiza el camino a la presidencia en 2024.

Muchas de esas gobernaciones y alcaldías fueron autorizadas a vender por su cuenta, petróleo, oro y otros minerales. Algo recaudaron. Con esas divisas o canjes financiaron parte del consumo y la campaña contra el COVID.

Con esos mínimos ingresos externos, más algunos préstamos estatales muy baratos e inversiones comerciales de China, Moscú, Turquía, Irán e India, prohijaron  dos fenómenos sociales tan sorprendentes como imprevistos en sus efectos políticos.

Por un lado, calmó la desesperación inicial de  masas trabajadoras sometidas a vivir con salarios de 2 dólares mensuales y precios inflados al millón por ciento anual. Se desarrolló un sentido “vietnamita” de sobrevivencia. Se comenzó a vender y comprar baratijas en los barrios. Creó una reacción de resiliencia que vimos en la diezmada Buenos Aires de los años 2000, 2001 y 2002 y en otros países.

En paralelo, hizo brotar en las grandes ciudades una nueva pequeña burguesía  de escandalosos consumos suntuarios pero aplacadas ambiciones y movilidad políticas.

Ambos “espejismos” son transitorios. Sin embargo, por ahora favorecen la estabilidad gubernamental y nutren el voto oficialista. Biceglia me contó de familias de comunistas anti maduristas que votarán por el gobierno “Porque es lo único estable para negociar con EE.UU.”

Este paradójico sentido de conservación aleja a esa masas de millones de gente media y pobre, en la que se mezclan chavistas y anti chavistas, contra todo lo que pueda alterar ese estado de extraña estabilidad social.

Sobre ese fondo social actuó lo que resta del poderoso movimiento chavista. Asumió esta campaña electoral como las campañas “cuando gobernaba el Comandante”. Esta vez la única amenaza seria es de la Corte de la Haya y los aspavientos del anciano halcón que manda en Washington.

El PSUV hizo su campaña favorecido por un respetable resultado contra la COVID y apoyado en una amplia estructura de movimientos, sindicatos consejos y comunas oficialistas. Aunque bloqueó algunas candidaturas de críticos internos no llegó a los lamentables extremos de Ortega en Nicaragua.

El movimiento chavista votará por el gobierno pero cargado de dos frustraciones: la pérdida de su líder y la interrupción del proceso revolucionario. Se impidió el Estado Comunal, pero sigue gobernando el chavismo. Es una frustración dolorosa, no una derrota. Una contradicción que le aconseja no tirar la ropa junto con el agua sucia.