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En el medio de una sucesión de gestos de seducción orientados a explotar el afán protagónico del presidente Luis Lacalle Pou y su vocación por conducir las relaciones internacionales como si fueran cosa propia, aparecieron dos diputados norteamericanos que presentaron un proyecto de ley que en sus fundamentos mete miedo. Sin ofrecer pruebas garantiza que Uruguay es un nido de ratas terroristas. Más precisamente de células de Hezbollah que huyeron de su viejo refugio de la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay. El republicano Joe Wilson y el demócrata Vicente González llegaron justo cuando asedian las presiones para que Uruguay se sume a Estados Unidos, Israel y algunas democracias de baja intensidad –Colombia, Paraguay, Honduras, Guatemala– que incluyen al grupo islámico en el rubro “organización terrorista”.

Wilson y González presentaron su proyecto de Ley de Responsabilidad de Hezbollah en América Latina el 13 de agosto, después de que, por segunda vez, Lacalle le hubiera asegurado al American Jewish Committee (Comité Judío Norteamericano) y a la organización B’nai B’rith que estaba considerando la posibilidad de revisar la tradicional posición uruguaya sobre Medio Oriente y mandar a Hezbollah a la lista de los terroristas. “Espero primero cambiar mi opinión, no quiero asegurarlo ahora porque primero quiero decidirlo para luego comunicarlo”, habría dicho Lacalle, según la versión tomada por el diario El País del Semanario Hebreo Jai.

La versión de los legisladores no es novedosa. El proyecto dice que se pretende conocer ahora los detalles de las “maniobras criminales de Hezbollah por ser una amenaza a la seguridad de Estados Unidos (y porque) es fundamental saber el alcance de las redes de apoyo y los ingresos generados a través del tráfico de drogas, el lavado de dinero y otras actividades delictivas desestabilizadoras”. Según Joe Wilson, “la ley proporcionará vías para responsabilizar a líderes políticos cómplices de la proliferación de la violencia”. Es aquí donde surge Uruguay como presunta nueva base del accionar islámico y en acuerdo con la disuelta guerrilla de Colombia y los gobiernos de Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua, que “suministran recursos a Irán para desarrollar armas de destrucción masiva”.

Después de que el semanario montevideano Búsqueda divulgara el sorprendente proyecto, el gobierno no abrió opinión. En los días siguientes Lacalle viajó a México, donde en la cumbre de la CELAC se despachó contra Cuba y Venezuela. De ahí fue a Nueva York, a la Asamblea General de la ONU. Uno y otro evento, ambos de la máxima repercusión global, marcaron el debut internacional del presidente. En la sede de la ONU, además, se entrevistó con Dan Mariaschin, máxima autoridad regional de B’nai B’rith. “Fue una ocasión para hablar de temas importantes: Medio Oriente y las relaciones con Israel y Estados Unidos”, dijo Lacalle. “Fue una reunión muy productiva y volveremos a vernos antes de que regrese. Tenemos que ver temas que nos preocupan”, señaló el director de la organización judía.

En concreto, insistió Mariaschin, “buscamos que Uruguay revise una serie de resoluciones que se pondrán a consideración de la ONU, en especial la votación del presupuesto para la mejora de los derechos palestinos, recursos que terminan en manos de grupos terroristas como Hamas y Hezbollah”. Por ahora, aunque Lacalle no se lo informó ni a su gabinete ni a sus gobernados, por primera vez Uruguay no participó de la reunión anual que recuerda la cumbre de Durban (Sudáfrica, 2001) Contra el Racismo, la Xenofobia y la Discriminación, un hito en las relaciones internacionales boicoteado desde siempre por Estados Unidos e Israel. La B’nai B’rith tuvo la primicia de este primer cambio de principios de Uruguay sobre el conflicto de Medio Oriente).Ya en 2015, en los inicios del segundo mandato de Tabaré Vázquez, los mismos actores de hoy habían tratado de embretar al gobierno progresista. Desde comienzos de ese año, el apacible Uruguay fue atacado con versiones que lo daban como “próximo blanco del terrorismo internacional”. El 28 de junio de ese año El País tituló su tapa con un catastrófico “Pánico por el temor a un atentado”. El pronóstico llegó acompañado por la sugestiva aparición de tres falsas bombas en cercanías de la embajada de Israel. Tel Aviv no tuvo reparos para asegurar que los autores eran “diplomáticos de Irán”. El ex presidente José Mujica advirtió: “Ojo, no sea cosa de que nos quieran meter en un conflicto que no es nuestro y que no tenemos”

El 2 de julio se supo oficialmente que el único sospechoso de haber colocado las falsas bombas –un maletín vacío, un envase plástico también vacío y una latita de sardinas llena de cables– era un funcionario de seguridad de la propia embajada, un agente del Shin Bet, el servicio de seguridad interior israelí, que se fugó rapidito del país. Hasta la aparición de los congresales norteamericanos con su rimbombante versión sobre el presunto financiamiento uruguayo de Hezbollah y el desembarco de Lacalle en el gobierno, el terrorismo verbal se había acallado.

Como carne y uña

Entre 1990 y 1995 Carlos Menem y Luis Lacalle Herrera, padre del presidente uruguayo, coincidieron como gobernantes de los dos países del Plata. En aquellos años, los más viejos diplomáticos decían que, hasta entonces, no habían visto a dos mandatarios con tanta empatía. Más allá de que del otro lado del río no se entendían ni las relaciones carnales con Estados Unidos ni el burdo juego de seducción que desplegaba el canciller Guido di Tella en las navidades y en las pascuas, enviando postales y muñequitos de peluche a los isleños de las Malvinas, lo cierto es que los presidentes, diría la vecina, eran carne y uña.

Pero aunque había empatía a la hora de las mollejas doraditas y el scotch on the rocks bien servido, no había coincidencias plenas. Ya en aquellos años los diplomáticos observaban que Menem nunca obtuvo un sí cuando le reclamaba a Lacalle que lo acompañara en los cambios que le estaba dando a la política argentina sobre Medio Oriente. En eso, Lacalle es muy digno y fiel a los principios de su Partido Blanco sobre la libre determinación y la no intervención, decían, una fidelidad que, sin embargo, los blancos habían hecho añicos cuando sumaron al país al bloqueo de Cuba.

Esos diplomáticos de escuela, duchos en callarse o desbocarse, según la ocasión, nunca compartieron el cambio Menem/Di Tella en la política sobre Medio Oriente (un giro en 21 puntos puestos periódicamente a consideración de la ONU) y a ese cambio le adjudicaron como una lógica derivación los atentados de 1992 y 1994 contra la embajada de Israel y la AMIA. Si la teoría fuera válida, lo que Lacalle padre le ahorró entonces a Uruguay nadie se animaría a decir que Lacalle hijo se lo esté ahorrando a los uruguayos de hoy.