Confieso que he bebido

Miguel Ángel Reigosa, hacedor del Museo del Whisky, un tesoro guardado en 3000 botellas.
Por Nicolás G. Recoaro - @ngrecoaro
23 de Septiembre de 2018

El dueño del Museo del Whisky se toma un cafecito. El sol cae sobre Coghlan, y Miguel Ángel Reigosa hace tiempo en el bar. Aguarda la llegada de los primeros parroquianos.

La sede de la Asociación Whisky Malt Argentina, catedral local de la espirituosa bebida, luce con orgullo su elegancia british. "Lo corrijo: es más bien escocesa. El diseño está inspirado en todos los pubs que recorrí en mis 28 viajes a ese país –detalla Reigosa–. Quería tener bien cerca de mi barrio toda su calidez y afecto, y obviamente las mejores etiquetas."

De un saque, el caballero liquida el contenido del pocillo y confiesa que su corazón se divide en partes iguales –fifty-fifty– entre la humilde Siberia de Villa Urquiza que lo vio nacer y las ricas tierras escocesas que le dieron de beber. "Esta casa es un espacio de culto. Un resumen de mi vida." No le es ajeno al coleccionista que la palabra whisky proviene del gaélico escocés uisge beata: el "agua de la vida".

Desde hace cuatro años, el rejuvenecido caserón inglés del 1900, enclavado sobre la avenida Monroe, es punto de encuentro obligado para la logia de bebedores del scotch y sus satélites. Con más de 3000 botellas, el museo es el segundo a nivel internacional. En sus tres coquetos pisos también hay espacio para una tienda exclusiva y un restaurante-bar con la barra de whiskies más grande del continente. ¡Trescientas etiquetas al alcance de los vasos! "Pero ojo –advierte el especialista–, todo en su justa medida. No hay borrachos en el Museo del Whisky."

La historia que hermana a Reigosa con el brebaje creado en el siglo XV por el fraile John Cor arranca con una curda. "La última, con otro producto –aclara Miguel Ángel–. Era el '78, yo andaba por los 14 años. Había ido a bailar al boliche City Hall. En ese tiempo se tomaban el Séptimo Regimiento, el Chacho… unas bombas. Después del baile terminamos en la casa de mis viejos. Éramos como 12 amigos, con algunos tragos de más. A eso de las cinco de la mañana, apareció mi viejo. Nos miró serio y dijo: 'Mañana vengan con sus padres, tenemos que charlar'". Un día después, volvieron con los papás. Don Reigosa los recibió con dos botellas de Old Parr sobre la mesa. Les sirvió una medida y un consejo: "Cuando salgan tomen poco, pero bueno". ¿Qué recuerda Miguel de aquella cata iniciática? "Fue una maravilla, se me abrió un mundo que recorro hasta el día de hoy." Esa tarde liquidaron una botella. La otra sigue sellada hasta nuestros días. Entre la crème de la crème etílica de su colección, la curtida botellita de Old Parr es la más querida. La joya secreta del ajuar familiar.

Miguel egresó del industrial con el título de maestro mayor de obras. En el '82, estaba bajo bandera y lo mandaron a Malvinas. La guerra fue un mal trago que le dejó muchas lecciones: "Siempre digo que gracias a Dios me tocó ir. Puse el pecho por mi Patria. Los escoceses nos respetan por la guerra. Cuando voy a sus islas, me hacen acordar mucho a nuestras Malvinas".

De vuelta en Urquiza, primero fue vendedor en una casa de deportes y luego entró al mundo de las importaciones: "Cada vez que viajaba me traía una botella de single malt. Ahí se me despertó la veta de comerciante". La muerte del padre fue otro trago amargo que Reigosa digirió como pudo: "Cuidaba mucho a mi mamá, Celia. Por las noches lloraba y no podía dormir. Entonces me hice habitué del Café de Los Incas". En el boliche de Belgrano R encontró pares, amigos que lo sacaron a flote. La copa corta de boca ancha siempre estaba a mano. A principios de los '90 juntó todos sus ahorros, compró Los Incas y pasó del otro lado de la barra. Con sus socios se propuso tener la mejor de la ciudad. Brindaron cuando lo lograron.

Para los 2000, Reigosa ya era una figura mayor en el universo del whisky. Fundó la asociación –que hoy nuclea a más de 5000 socios y tiene seis franquicias en el interior–, arrancó con su programa de tevé Mundo Whisky y conoció y bebió a la par de los popes del arte de las barricas: desde Richard Paterson hasta Colin Scott, maestro mezclador de Chivas Regal. Hasta sacó al mercado el agua oligomineral William Wallace –homenaje al patriota escocés de las polleras– para mixturar con el trago. Sus más de 30 años en el gremio lo alejaron del purismo: "A mí me gusta el whisky con hielo, pero que cada uno lo tome como quiera. En el fondo, la que impone respeto es la botella".

Mensajes en la botella

"Antes de trabajar acá, odiaba el whisky", confiesa sin ruborizarse Patricia, atenta recepcionista y guía del museo. Tras las clases magistrales de Miguel Ángel y mil y una catas, su paladar cambió de parecer: "Me atrapó la diversidad de sabores, los irlandeses son exquisitos. Ahora tengo la costumbre de tomar uno los fines de semana, después de la comida. Fuera del horario de trabajo", sonríe la muchacha, y agrega que son cada vez más las mujeres que se acercan al club y rompen con el estereotipo del bebedor varón y añejo.

El padrón de la asociación –con membresía de 2000 pesos al año– también muestra un incipiente cambio demográfico entre los socios. Los sub 40 vienen ganando terreno. Lejos de la bohemia, en el bar reina un ambiente más familiar.

Otro Miguel, joven abogado, es habitué. Esta tarde comparte mesa y unas copitas de Arran, un malt finísimo, con Vera y Tadeous, una pareja de jubilados llegados desde Londres. "Acá hice muchos amigos. El whisky me suelta, me pone bien, es mi relax después de la jornada de trabajo. En casa lo acompaño con una barra de chocolate, mi ritual sagrado." Los visitantes juegan como de local. "Aunque es una bebida bien escocesa, no hay británico que se le resista. El paladar no sabe de nacionalismos", arriesga el londinense de jóvenes 90 años.

Gastón Gambo, comerciante de la madera y miembro del club, tiene un bosque de conocimientos sobre las cualidades del fiel roble de las barricas: "No es la madera más dura ni la más blanda ni la más estable. Pero, en promedio, tiene las mejores virtudes. Le otorga el sabor, el carácter. El roble americano le impregna ese gustito avainillado al bourbon. El europeo, ese sabor ajerezado y la pigmentación ámbar". Dice que la cata tiene estricta hora de largada, pero que la sobremesa y el diálogo ameno entre colegas pueden estirarse hasta el amanecer. El joven coincide con George Bernard Shaw. El whisky es la luz del sol en estado líquido.

Museo líquido

Los retratos de la dinastía Walker, los caminantes Alexander I y II, dan la bienvenida al museo. La sala es una pinturita. En las vitrinas lucen sus pócimas botellas de todo el globo. Las de fina etiqueta japonesa, la conmemorativa del casamiento de Lady Di y su príncipe infiel y hasta la que degustaron los pasajeros del Concorde en su vuelo de bautismo. Reigosa dice que probó el néctar de casi todas. ¿Su truco? Conseguir siempre dos ejemplares: uno para coleccionar, el otro para compartir con amigos. 

Cuenta que erigir el museo fue más duro que vencer a la peor resaca. Invirtió lo que no tenía y trabajó más de dos años codo a codo con los albañiles para hacer realidad su sueño. "Hace poco, una empresa francesa me quiso comprar la colección. Les pregunté cuánto pagarían por una vida. Porque estaba en juego la mía. Todo esto queda para mi hijito Lorenzo, el heredero al trono." La reina madre de la antología etílica es la Royal Salute 50 años, valorada en más de 40 mil libras esterlinas, una edición especial de 225 botellas.

Párrafo aparte merece la 62 Gun Salute, lanzada al mercado para celebrar el cumpleaños de la reina Isabel. Reigosa asistió al ágape. "Me costó ir. Justo coincidía con el cumpleaños de mi vieja. Además, lo charlé con mis compañeros excombatientes. Me dijeron que fuera, que los hiciera quedar bien." Alquiló un smoking en el barrio y se mandó para la capital del imperio: "Sólo tres argentinos conocemos a la reina en persona: el 'Turco', Adolfito Cambiaso y quien le habla. De Villa Urquiza al Palacio de Buckingham, quién lo iba a pensar".

Al despedirse, Reigosa convida una copa de Dylan Thomas, la etiqueta que rinde culto al brillante poeta que, cuentan las malas lenguas, pasó a mejor vida luego de beber 18 medidas al hilo. Una proeza digna del escritor galés. ¡A su salud! «

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