La censura y el poder sin principios

21 de febrero de 2021

La red social Facebook bloqueó esta semana todos los sitios de noticias (nacionales y extranjeros) en Australia como forma de protesta contra una nueva regulación que exige que pague a los sitios periodísticos por el contenido que extrae (y capitaliza). El docente e investigador Ivan Schuliaquer contó en su cuenta de Twitter que un CEO de la compañía en la región afirmó: "Nos dejaron frente a una decisión difícil: o tratar de cumplir con una ley que ignora la realidad de esta relación o dejar de tener contenidos noticiosos en nuestros servicios en Australia. Con el corazón dolido, elegimos la última". Todas las noticias producidas por medios australianos quedarán vetadas en Facebook, y aquellas elaboradas por medios de afuera no serán visibles para los usuarios de ese país. La ley de regulación aún no está vigente; solo tiene media sanción en el Parlamento australiano.

Recientemente, algunos medios argentinos (entre ellos Clarín, La Nación y Perfil) se sumaron a la iniciativa de Google para el lanzamiento de una plataforma que paga a los productores de noticias por su contenido. La plataforma se llama News Showcase y fue presentada como una nueva herramienta de su aplicación de noticias, que mostrará las producciones de esos medios. Ahora, explican sus impulsores, los editores “seleccionarán el contenido que se muestra, brindándoles una forma adicional de resaltar sus historias más importantes”.

Hacia el final de la contienda electoral en EE UU presenciamos la censura aplicada contra el expresidente Donald Trump por parte de varias plataformas (y medios) que removieron el contenido de algunos de sus posteos o directamente cerraron su cuenta. Por estos días, Twitter suspendió la cuenta de Isabel Peralta, referente de la extrema derecha española, luego de la viralización de un discurso suyo pronunciado en Madrid con un claro contenido nazi y antisemita.

Los dos últimos casos pueden haber generado simpatías entre quienes rechazan las afirmaciones aberrantes del pirómano que ocupó cuatro años la Casa Blanca o de quien fue presentada por medios argentinos como la nueva “influencer” fascista. Sin embargo, sientan un precedente amenazador en el terreno de las libertades públicas y democráticas.

Como afirmó en varias de sus intervenciones, el especialista en industrias culturales y de la comunicación Martín Becerra, estas conductas de las plataformas muestran el fin de una etapa en la que se presentaban como "intermediarias" y el crecimiento de su rol editorial como reguladoras de la conversación pública y hasta como censoras de lo “decible”. Cercenar la palabra al representante de una corriente de opinión existente en la arena política utilizando el poder corporativo guiado por intereses de un monopolio privado nunca puede ser un medio para la defensa o el avance de las libertades democráticas. Con los mismos argumentos y sobre la base de la naturalización de estas prácticas, mañana se puede aplicar a otros referentes políticos que las plataformas consideren muy “extremos” o “peligrosos”, como por ejemplo, quienes opinan que hay que expropiar a los expropiadores, incluidos los monopolios de la comunicación.

Los discursos de odio y las “propuestas” de la ultraderecha se combaten con la refutación, el impulso a la participación y la politización de las grandes mayorías, y con la lucha por el acceso a medios materiales que hagan posible y tangible la “libertad de opinión”. Tras un siglo estamos discutiendo un principio elemental: libertad de prensa (o de opinión) no es lo mismo que libertad de empresa; es más, contienen una contradicción irreconciliable.

En los años en los que ejerció el periodismo, un joven Karl Marx escribió en el periódico La Gaceta Renana (N° 132, 12 de mayo de 1842): “La censura no elimina la lucha [entre verdad y falsedad o buena y mala prensa], la hace unilateral, convierte una lucha abierta en una lucha oculta, transforma una lucha de principios en una lucha entre el principio sin poder y el poder sin principios.”

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